26 septiembre, 2006

Regalo de aniversario



Susan lo tenía todo planeado. Aprovecharía la hora del almuerzo para darse un salto. La tienda estaba situada en Lexington Avenue, a cinco paradas de metro desde Union Square. Se habían conocido allí exactamente hacía un año. Ambos ojeaban objetos de regalo, se tropezaron, se pidieron disculpas, se sonrieron y habían terminado tomando café. Y lo que ocurrió luego perdura hasta hoy. Así que para Susan aquel lugar guardaba un significado especial, allí su vida había cambiado para siempre, al menos eso es lo que le gustaba pensar cuando los fantasmas del pasado acechaban su equilibrio emocional. Calculó minuciosamente cuánto tiempo le tomaría la travesía subterránea. Deseaba comprar allí el regalo de aniversario, sentía que haciéndolo así todo adquiría un carácter mágico. Estaba feliz y hacía un día que parecía hecho a su medida: el cielo despejado, la plenitud del sol, el aire limpio y el bullicio de las calles llenas de gente que iban y venían.

Primera parada: calle 23, y Susan pensaba en él. Lo imaginó trabajando en su bufete de abogados, ajeno al plan que ella había trazado, mediante el cual supuestamente habían quedado para ir al cine, sólo que al encontrarse ambos en la taquilla Susan le diría que se sentía un poco mareada y que la acompañara a algún sitio a sentarse y tomar un vaso de agua, con la sorpresa de que justo al lado del cine se encontraría el restaurante francés en el que ella misma había realizado una reserva para celebrar que llevaban un tiempo juntos: doce meses de citas amorosas, de escapadas improvisadas, de confidencias y de complicidad mutua.

Próxima parada: calle 28, y Susan recordaba como algo lejano aquella pesadilla en que se había convertido su vida anterior: el desánimo, el cielo a menudo gris, el llanto infinito, las malditas pastillas, elementos todos de una nube negra que gracias a él se había disipado. No le importó que el resto de pasajeros la observaran riéndose sola mientras decretaba que su vida se dividiría en antes de él y después de él. Del antes de él ya no quería saber nada, y del después de él quería pensar que duraría siempre porque sentía que estaba disfrutando plenamente. Sólo el ruidoso golpe de las puertas del vagón la ausentaba por instantes de su mundo de dos, haciendo que fijara su vista en la pegatina roja que advertía de lo peligroso de apoyarse allí con el tren en marcha.

Próxima parada: calle 33, y Susan decidió qué ropa se pondría esa noche: tal vez el vestido negro con aquel precioso broche dorado en el escote, o algo más sencillo -una falda y una camisa con la chaqueta a juego- aunque pensaba que quizás desentonaría con el elegante traje y corbata a juego que llevaría el guardián de sus sueños. Deseaba estar guapa para él, veía muy justo complacerle hasta en los detalles más insignificantes, hacía por entregarse totalmente al amor entre ambos. También recordó que había pedido hora en la peluquería, confiaba en que su estilista recordase cómo la había peinado justamente hacía un año, aquel día en que él se había fijado justamente en su cabello y le había dicho lo hermoso que lo tenía, y ella -acusando timidez y coquetería- había omitido darle explicaciones al respecto, acompañando su sonrojo con una sonrisa.

Próxima parada: Gran Central, y Susan soñó con que tal vez él le diría durante la velada eso que ella tanto ansiaba escuchar: le pediría que fuera su esposa y le confesaría que la amaba más que a nada en el mundo y que deseaba tener niños y criarlos junto a ella en una casita familiar a las afueras, quizás en New Jersey. Más de una vez en todo este tiempo había jugado a fantasear fabricándose una película muy ajustada de cómo sería su vida con él: la casa familiar, las travesuras de los niños, las vacaciones, y también la navidad, una fecha que últimamente sólo deseaba que pasara lo más pronto posible.

Fin de trayecto, y antes de poner un pie en la calle Susan se detuvo un instante justo al final de las escaleras de Lexington. Alzó la cabeza dejándose calentar por el sol que lucía entre los edificios de Manhattan, respiró profundamente y -sintiendo pasar la gente a su lado- cerró los ojos y se prometió a sí misma que nunca más renunciaría a la felicidad, ese estado de plenitud que tanto se había hecho esperar pero que al fin había alcanzado al conocerlo a él, ese ser maravilloso que le había devuelto las ganas de despertar cada mañana, que le había hecho perder el miedo cuando se aproximaba la noche, que le había devuelto las fuerzas para enfrentarse a la vida. Y Susan estaba orgullosa de haber seguido sus lecciones con dedicación. Tanta, que se había acostumbrado a esperar su llamada telefónica en el trabajo, y mientras se decían cosas bonitas ella sacaba del bolso un frasquito conteniendo el perfume tan masculino que usaba él -solía llevarlo a todas partes porque la hacía sentir segura-, lo destapaba, y se dejaba impregnar por su fragancia, sintiendo que estaba junto a él.

No había muchos clientes en la tienda a mediodía, así que no hubo problema en que la encargada -a quien Susan se tomó la molestia de contar la historia del feliz encuentro-, le fuera mostrando objetos que podían ser de su interés. A Susan le gustaba ojear con detenimiento, analizar las posibilidades de cada elección, hasta que dio con un lujoso estuche de complementos vinícolas que pensó que él adoraría, pues era un gran amante de la buena mesa y de los mejores vinos. La encargada puso su mejor sonrisa e hizo la previsible observación de que la elección había sido todo un acierto y luego le pidió que la acompañase al mostrador. Al salir del pasillo para dirigirse a la caja central Susan miró hacia la derecha por pura inercia, en uno de esos barridos visuales que uno hace cuando se dirige a un lugar determinado y de camino distrae la mirada unos instantes. Al fondo estaba la sección de joyería, justo el rincón de la tienda que ella tenía grabado en su memoria. Se detuvo un momento ensimismada, dándose tiempo a rememorar detalles del feliz encuentro. Mientras pensaba embobada no pudo evitar fijarse en una escena muy concreta: había una pareja de espaldas examinando bisutería. Contemplando aquella pareja Susan esbozó una sonrisa al trazar un paralelismo imaginario con su propia historia. Unos segundos después la pareja se dio la vuelta y Susan pudo ver sus caras. ¡No por Dios! —exclamó sobresaltada alzando la mano izquierda hasta su boca para atenuar el eco del grito. Se quedó paralizada unos cuatro, cinco segundos, no más. Su cuerpo parecía incapaz de moverse, como si sus extremidades desatendieran cualquier orden de su cerebro. Tenía el rostro desencajado. Se dio media vuelta y avanzó hacia la caja aparentando tener una entereza que acababa de perder de súbito. Le temblaban las piernas, la frente se le calentó y su cara se ruborizó por completo. Abonó el regalo sin mediar palabra, haciendo esfuerzos para no dirigir la mirada hacia el lugar señalado, debatiéndose entre la incredulidad y el deseo huir sin que nadie la abordara ni se dirigiera a ella. ¿Se encuentra bien? —preguntó la encargada al entregarle la bolsa de la compra. Susan no podía articular palabra. Se puso las gafas de sol con torpeza y salió corriendo sin recoger el cambio. Camino del metro sintió vértigo y le invadió un sudor frío, con un vacío inmenso en el estómago y un sentimiento de dolor como si le arrancaran las entrañas. Entonces un millón de lágrimas —compañeras de batalla esperando la ocasión de intervenir— se derramaron de sus ojos, precipitándose por toda la extensión sus mejillas. Siguió andando y entre sollozos se desprendió casi sin fuerzas de un "¿por qué…?" que le salió del alma.

Aún tuvo tiempo de depositar la bolsa conteniendo el regalo en una papelera -con ese gesto conmovido de quien deja unas flores sobre la tumba de un ser amado que se ha ido para siempre- antes de perderse por las escaleras del suburbano, como animal asustado que huye a refugiarse en su madriguera hasta que pase la tormenta.
©Ignatiusmismo 2006.

11 comentarios :

Gir dijo...

....como quien de un salto, del cielo se hunde al infierno....triste historia...
...saludos!

::: Isis ::: dijo...

Holaaa, grs por tu visita... muy interesante tu blog...

Y la historia muy buena me quede pegada leyendola... pero como todo lo bonito tiene su otra cara... la que no vemos a simple vista pero esta.

Salduos, muy interesante tu blog.-

jorge angel dijo...

vine a devolver la gentileza de tu visita, un gusto leerte, me encantó el subtítulo de tu blog.

abrazos

Herel dijo...

Empezaba muy bonita la historia, me recordó a cuando estuve enamorado de verdad... hace ya mucho.

Las comparaciones son odiosas... ¿va por ahí el final?

David dijo...

Es uno de los dolores más desgarradores que existen, junto con el de la muerte. Por eso símil del regalo en la papelera, con las flores sobre la tumba, me ha parecido muy acertado.

Yokas dijo...

Me gusta…tiene tu peculiar estilo…despiertas la curiosidad de tal forma que a través de tus palabras nos vamos creando mentalmente las imágenes…
A través de una historia de amor, nos paseas por la dicha de la vida…la felicidad por sentimientos encontrados, las emociones…el riesgo del amor…desazón, angustia, soledad…lo absurdo de la vida…
Duele el final, sientes ese dolor en el alma…el jugar con los sentimientos de los demás es de personas indignas y despreciables…
…Nos volviste a dejar con la miel en los labios…
Besos.

David dijo...

He leído el post de la miss, pero no puedo postear en él, así que este comentario es para ese post.

El relato está bien estructurado y tiene un buen ritmo. En general me ha gustado. Pero tienes que tratar de evitar esas frases largas, que no aportan nada nuevo al relato.

Sigue así, amigo.

Treiral_ dijo...

Me ha encantado =P una vez escribi un relato con un ritmo parecido, pero este es mucho mejor, precioso :P

de cenizas dijo...

¡Cuántas calles, sin número pero con nombre, quizás peor porque son más fáciles de evocar, hemos recorrido!

un abrazo¡

bRo dijo...

Hola
gracias por la visita a mi blog....triste historia, me gusto mucho que se estrudcturara en esas paradas muy interesante...salu2

Psiquiatra Peruana dijo...

Quer terrible no??? Me encantó como has escrito el texto.