
Si te dicen que caí, sigue adelante y no quieras saber cómo. No te detengas bajo ningún concepto. Acelera el ritmo de tus pasos y no mires atrás. Apresúrate. Corre lo más rápido posible para alejarte lo suficiente de mi realidad. Piérdete y más adelante busca un nuevo espacio donde habitar. El tiempo -testigo de cargo de nuestra pequeña azaña- llamará un día a tu puerta y te hará partícipe de los detalles, si entonces quieres oírlos. Escúchale lo imprescindible, no dejes que sus argucias melancólicas te generen dolor. Mientras tanto procura hacer camino, que el peso del recuerdo más próximo no cause en ti más mella de la necesaria. Sé fuerte y aleja de tu mente todo pensamiento dubitativo. Atente a lo convenido sin ambages. Aquello que tú y yo juramos cumplir sí o sí. Tenlo presente en los momentos de confusión y cuando sientas deseos de tirar la toalla. Y que eso te sirva de luz para alumbrar tu camino, que estará lleno de sombras, de trampas, de pasadizos laberínticos, de sendas que no conducen a ninguna parte. No te detengas, sólo para pensar en cómo continuar. Elige un destino a conciencia y avanza con pie firme. Lucha por ello hasta quedar sin fuerzas, hasta la extenuación. Hazlo por ti. Yo ya no estaré a tu lado ni estaré observándote ni velando por ti en la distancia ni estupideces de esas en las que nunca creímos. Luego recomponte como puedas. Piensa más que nunca en ti, reinvéntate de acuerdo a tu nueva realidad. Búscate con el fin de que puedas encontrarte. Y nunca dejes de seguir adelante. Procúrate la felicidad. Y olvídame como es debido.

