
Detesto la actitud condescendiente de los poderosos sobre los débiles; a los Lobbys -icluidos los de carácter religioso-, porque su objetivo es dominar nuestras vidas; a los trepas, gente que tiene que pisotear al de enfrente antes de que el de enfrente lo haga con ellos; a las mismas caras, los mismos gestos, las mismas conversaciones en todas partes, en la tele, en los periódicos, en la calle; a los comentaristas deportivos, con su verborrea barata de fanático de folclóricas; a Almodóvar, sólo por el hecho de que les guste a los franceses; estar detenido en un semáforo y que el "bakala" del vehículo de al lado tenga la música a todo volumen y las ventanillas abiertas; los centros comerciales, venga familias enteras para elegir el detergente; a la gente que dice “mira un negro” pero no dice “mira un blanco”; a los “pijos” porque ellos lo valen, te lo juro por el cocodrilo de Lacoste; a los tipos que exigen que les hables de usted porque no te conocen o no te han otorgado la confianza para hacerlo; a las reuniones de vecinos, donde todos sacan al parlamentario que llevan dentro; a los presentadores de las noticias, con esos gestos impostores mientras piensan dónde esquiar el próximo fin de semana; a Catherine Deneuve, toda una vida en ese espacio indefinido que hay entre "puta o princesa", que diría Esquitín; a las series de ficción españolas, tan mediocres que hacen que el culebrón venezolano parezca Twin Peaks a su lado; a la masa de turistas que entorpecen el paso en el mercado los sábados, sólo van a fisgonear (eh jefe, el género no se toca); a quienes no paran de pisarse en una conversación, porque no conocen el sagrado valor sintáctico del silencio; a los niños que parecen viejos, espoleados por unos padres muy estúpidos; a la gente rica que lo es por ser miserable con los demás no porque les haya tocado la lotería; a la impunidad de los abusos policiales, aunque sea un cállese o le denuncio por desobediencia a la autoridad; a quienes con información sesgada quieren lograr que yo deteste o idolatre a otros; a los bancos que cierran los cajeros automáticos de noche para que “ningún pobre de mierda” duerma en ellos; a las pegatinas de los autobuses que te exigen amablemente que les cedas el paso por el morro; al anochecer de los domingos, porque me hace sentir desamparado; a los camatas, esos dechados de cultura, cuando se ponen confianzudos con la chica de la mesa de al lado; a los turistas que en el Louvre prefieren fotografiar a la Gioconda para enseñársela a sus suegros que disfrutar de la sensación única de estar ante ella; al consumismo gracias a una publicidad machacona y mentirosa, con precios desde, y ofertas 3x2; a los camareros de roma, que dicen que degradan los platos de los turistas y les cobran más caro que a un romano; a las estrellas del fútbol, orgullosos de ser tan adinerados y tan incultos a la vez; a la marrullería de los balcánicos en competiciones internacionales de baloncesto, y la de los italianos en fútbol; al concejal de un municipio pequeño que chupa cámara en una televisión local; a los listos que hablan por el móvil cuando el avión ya está entrando pista; a los taxistas que, en vez de apuntarse a un curso CCC de buenos modales e higiene, se aprovechan de que eres turista para dar mil rodeos y así estafarte; a las cajeras de supermercado que sin haber tenido conocimiento carnal tuyo te llaman “cariño” y te dejan a deber un céntimo; a esas parejas presuntamente bien avenidas que juegan con las palas en las playas, haciéndose la ilusión de que alguien atiende a su crucial partida; a la puta canción del verano y los Caribe Mix, por qué no la canción del otoño o la del frío invierno; a las viejas que llevan los perros a la peluquería y los visten conjuntados y les dan de comer chuletones del club del gourmet; a esas fiestas de los pueblos donde las fuerzas vivas recrean en la plaza mayor retazos de la historia del lugar, y siempre terminan con fuegos artificiales; y a mí mismo claro, por no ser más tolerante a veces con este jodido mundo que me ha tocado vivir.
