29 marzo, 2008

Aguas de marzo


Sofia Waters - Aguas de Março (Antonio Carlos Jobim)

29 noviembre, 2007

Merrill & Sonia



Merrill está sentado en la mesa de la cocina leyendo el diario. La gata le hace compañía. Se dirige a ella por su nombre —Sonia— y sin quitar ojo del periódico le dice que Brenda realmente le gustaba. Y añade que cree que esta vez la gata se ha equivocado. Sonia está echada en el interior de una cesta de mimbre acondicionada con unos cojines estampados. La cesta está instalada en el suelo, enfrente del ventanal que tiene las cortinas recogidas, dejando entrar un generoso rayo de sol que calienta gran parte de la estancia. La actitud de Sonia es de no inmutarse lo más mínimo ante las palabras de su dueño. Merrill insinúa que desearía que se le escuchase cuando habla.

—Sobre todo si se trata de un asunto importante —reclama.

La gata se incorpora lo justo para lanzar una mirada sobre Merrill y vuelve a esconder la cabeza regresando a su dulce estado de reposo. Merrill pasa varias páginas del diario ayudándose con el dedo índice previamente ensalivado y luego se alza las gafas desde la punta de la nariz usando el mismo dedo.

—¡Fíjate en esto Sonia! —dice Merrill con las comisuras de los labios humedecidas por la espumilla—, han publicado cinco demandas de empleo nuevas. ¡Es excelente! —asegura.

El hombre toma un lápiz de la mesa y marca con un círculo uno de los anuncios. Luego pronuncia un nombre en voz alta —Sara— y le dice a la gata que espera que esta vez se muestre atenta con la chica. Merrill explica que procede de Wisconsin y que es estudiante de leyes.

—¿Sabías que adoro las leyes, Sonia? —comenta excitado.

Sonia actúa como si la cosa no fuera con ella. Permanece tendida, reposando la cabeza sobre su costado izquierdo, prácticamente enroscada. Merrill abandona la lectura del diario, lo dobla cuidadosamente y lo deja sobre la mesa. El viejo reloj de cuerda del salón señala de un modo afónico que es mediodía. Merrill observa su reloj de pulsera.

—¡La una y media! —exclama—. Es hora de comer, Sonia —anuncia dirigiéndose al frigorífico. Extrae una pieza de pescado, la unta con mantequilla de cacahuetes y la coloca sobre una sartén.

—Hoy te he comprado lenguado, gatita —dice colocándose el delantal.

El olor a pescado asado llama la atención de la gata, que se despereza para llamar la atención de su amo. Merrill, ensimismado, murmura cosas ininteligibles mientras cocina. La gata acude al borde de su plato vacío esperando la inminencia del banquete y desde allí observa a Merrill, que ha terminado de cocinar y aparta la sartén del fuego. El hombre se dirige hacia donde está la gata y deposita el lenguado en el plato. La gata se relame. Merrill se quita el delantal y le pide a Sonia que espere para comer juntos. Abre la despensa y saca una lata de conservas. La gata se toma su tiempo antes de aproximarse al plato, disfrutando del aroma que desprende el pescado humeante. Merrill retira la pestaña del bote y lo abre por completo. Luego coge un tenedor y se sienta a comer. En la etiqueta del bote puede leerse: “alimento completo para gatos”. Merrill le dice a Sonia que está delicioso, y le desea buen apetito.

Durante la comida Merrill explica que piensa citar a la chica por la tarde, y que dedicará el resto de la mañana a los preparativos.

—Ya sabes, hay que tener lista la habitación de invitados —apunta.

La gata dedica toda su atención a dar pequeños mordiscos al delicioso lenguado.

Son las ocho en punto. Llaman a la puerta. Merrill se asoma al espejo para colocarse la pajarita. Antes de abrir echa un vistazo por la mirilla. Es la chica. Abre la puerta y se queda callado al verla. La chica se presenta y sonríe. Merrill le devuelve su mejor sonrisa y la invita a pasar y sentarse. La chica parece tímida, a tenor de lo sonrojadas que tiene las mejillas. Merrill se muestra muy amable, si bien los primeros instantes del encuentro están llenos de silencios mutuos.

Tras unos minutos de charla Merrill se disculpa para ir a la cocina. La chica permanece sentada, examinando la vetusta decoración del salón. La gata no ha abandonado su lecho, ajena por completo a la visita. A Merrill se le ve agitado, como si fuera un colegial que regresa de una excursión y necesita contar los detalles. Coge a Sonia y la deposita sobre la mesa. Se sienta a su lado y se dirige a ella con mimo. Le dice que la chica le gusta y que desea presentársela.

—Esta vez sí, Sonia —expone poniéndose serio—. No podemos seguir así por más tiempo. La chica me gusta y creo que yo también le gusto a ella. Así que quiero que la conozcas y colabores conmigo para conquistarla.

La gata se limita a mirarlo fijamente con unos ojos que irradian todo su verdor amarillento. Merrill insiste, tratando de ofrecerle razones, pidiéndole una respuesta. Pero la gata se muestra indiferente.

—¡Si piensas que me tienes dominado te equivocas!, ¡maldita rata callejera!, —explota Merrill, agarrándola por el abdomen y zarandeándola, exigiéndole su aprobación.

La gata se eriza completamente y lanza una salva de maullidos, enterrando sus garras en los antebrazos de Merrill. El hombre la deja caer en la mesa, asustado, retrocediendo unos pasos. Luego se sacude los brazos y se adecenta el jersey, dándose un poco de tiempo para calmarse.

—Está bien, Sonia… tú mandas —balbucea antes de dar media vuelta para regresar al salón.

La chica ha dedicado los últimos minutos a ojear una de las revistas sobre gatos que hay en la mesa. Merrill se disculpa por la demora, le ofrece una limonada a la chica y se sirve otra. Se sientan a charlar. Merrill le pide que le hable de ella. La chica le cuenta algunos detalles de su vida. Merrill pregunta la razón por la cual abandonó Wisconsin para venir a Detroit. La chica responde que lo hizo porque deseaba marcharse de Phillips, su ciudad natal, y por el prestigio de la Escuela de Leyes de la Universidad de Michigan.

—Apuesto a que ha venido usted sola —se aventura Merrill.

La chica contesta que sí. Merrill especula con la posibilidad de que la chica eche de menos a su familia.

—Muchísimo —responde la chica—. Me considero una persona muy familiar —agrega.

Merrill añade que espera que pronto los considere a Sonia y a él como parte de su familia. La chica sonríe y no puede reprimir ruborizarse. Merrill también sonríe y a continuación guarda silencio. La chica da un trago de limonada y pregunta en qué consiste el trabajo. Merrill contesta que el trabajo es ameno y que consiste básicamente en hacerse cargo de la casa y cuidar de la gata en su ausencia.

—Sé que no es mucho dinero —reconoce Merrill—, pero le resultará muy grata la compañía de Sonia. Es una gata muy especial.

La chica dice que le parece bien y sonríe.

—¿Por qué vive usted solo? —pregunta la chica.

—Bueno, verá… —Merrill se queda callado un momento. La pregunta le ha cogido por sorpresa y por la cara que pone no le ha sentado muy bien—. Vivo solo desde que murió mamá —responde sacando las palabras a trompicones—. He consagrado mi vida a cuidar de ella —añade—. ¿Acaso le parece mal? —se defiende contrariado desviando la mirada hacia la librería.

La chica no dice nada, cabizbaja y abochornada. Se hace un silencio. Merrill resopla y cierra los ojos apretando los párpados con fuerza.

—¡Ya basta de preguntas! —profiere encolerizado—. ¡No estoy aquí para hablar de mí mismo! —prosigue con aspaviento.

La chica le pide disculpas trastabillando. Merrill se revuelve en el asiento, le suda la frente y hace por no mirarla a los ojos. Transcurren unos instantes. Merrill murmulla sin parar, como si mantuviera una disputa interna. La chica empieza a incomodarse. Merrill levanta la vista y la clava sobre la chica. La observa unos instantes y luego le pide de un modo dramático que lo acompañe para mostrarle la habitación de invitados. A la chica se le cambia el semblante, desapareciéndole de súbito el color. Al levantarse le tiemblan las piernas. Da unos pasos hacia la puerta del pasillo y luego se detiene, en un amago de dar media vuelta sugiriendo que tal vez sería mejor dejar los detalles para otro día ya que se le va a hacer tarde. El hombre se ha situado detrás de ella, de modo que la chica no tiene más remedio que avanzar por el pasillo.

—Entra en tu habitación —dice Merrill, y la chica se queda paralizada.

—¡Te he dicho que entres en tu habitación, quiero enseñártela!

—¡Por favor, déjeme marchar, quiero irme! —suplica la chica muy asustada.

—¡Hazlo de una maldita vez! —Merrill está completamente trastornado—. ¡Es la voluntad de Sonia!, ¡entra en la habitación ahora mismo! —ordena.

La chica sufre un ataque de nervios y rompe a llorar. Merrill está detrás de ella sumido en un delirio. Tiene las venas de los brazos tensas como cables de acero, el rostro desencajado, con la mandíbula aprisionando los dientes de ambos maxilares y los labios hinchados escupiendo espuma. La chica no deja de llorar, inmovilizada por el pánico. Se ha tapado la cara con las palmas de las manos. Merrill alza su mano derecha y la deposita en la espalda de la chica, y ejerce la presión suficiente como para obligarla a atravesar la puerta. La chica está tan asustada que no ofrece oposición. Padece convulsiones y se ha orinado encima, sus zapatos de ante están empapados. Merrill entra y pega un portazo pero la puerta se queda abierta. De repente un silencio. Desde afuera no se oye nada. Al momento se escucha llorar a la chica, suplicando a Merril que no le haga daño. Al hombre no se le escucha. La gata se asoma al pasillo, que visto desde el salón está a oscuras. Las orejas de la gata, súbitamente erguidas, delatan que la chica se ha puesto a chillar. Se la percibe moviéndose y forcejeando violentamente dentro del cuarto. El silencio queda roto por los ruidos, golpes y gritos. La gata avanza unos pasos y se detiene a la mitad del pasillo. El único rastro de su presencia en la oscuridad lo constituyen sus ojos, que brillan como dos potentes balizas. Desde el lugar donde está, Sonia aprecia un fino rayo de luz que procedente de la habitación se ha proyectado sobre el suelo a través de la rendija que ha dejado la puerta entreabierta. Los gritos de espanto de la chica no causan perturbación en el rostro del animal, que apenas sí parpadea, graduando la intensidad de su hipnótica mirada ante la suerte de sombras que cubren la mancha de luz del suelo. A Merrill no se le oye decir nada, al menos nada que sea audible desde afuera, o si ha dicho algo sus palabras han quedado sepultadas por los quejidos de la chica, que ahora revelan dolor. La gata no se mueve. Los gemidos de la chica, perpetrados desde el cansancio, pasan a ser más débiles hasta extinguirse en un silencio aliviador. La gata sigue en el mismo sitio. Sólo gira la cabeza unos grados en señal de que sus oídos han captado una brusca interrupción del ruido. A la chica ya no se le oye. La sombra del pasillo, antes agitada, ahora vuelve a ser blanca y uniforme, como el encefalograma plano de un organismo vencido por la muerte.

Han transcurrido unos minutos. Se abre la puerta. La luz de la habitación aclara en parte la oscuridad del pasillo. La gata ya ha visto suficiente y desaparece.

Merrill asoma por la puerta de la habitación y se abre paso por el pasillo. Parece un muerto viviente. Lleva las manos y la ropa teñidos de sangre y el rostro arañado. Se detiene a la entrada del salón. Está aturdido, sumido en un zumbido que le impide captar el sonido de ambiente a su alrededor. Mira a un lado y a otro y llama a Sonia.

—¡Soniaa!, ¡Soniaa!

La llama una y otra vez, aumentando el tono del sollozo en cada intento, como si fuera un niño extraviado. Sonia no se deja ver. Merrill alza la voz para que la gata lo oiga dondequiera que esté.

—¡Te has salido con la tuya! —se lamenta. Y lo repite con un hilo de voz.

El hombre recorre unos metros hasta la entrada. En su rostro se refleja el dolor que le produce la brecha en una de las piernas, seguramente a causa de un mordisco. Se asoma a la puerta de la cocina y dirige su mirada hacia donde está Sonia. La gata está descansando en su cesta. Merrill balbucea intentando decirle algo. Sonia se levanta y se acerca a él muy lentamente. Da un salto hasta la mesa y de la mesa se encarama al hombro del hombre. Merrill la recoge y la sostiene entre sus brazos, arrullándola.

—¡Sonia!… ¡Sonia!… ¡mi gatita!… —le dice mientras la acaricia.

Luego la coge con ambas manos y se la pone delate de la cara para observarla sin decir nada. La gata mira a los ojos de Merrill, y mantiene su mirada dejando que haga mella en el hombre, que enseguida la deja sobre la mesa. Todavía aturdido, Merrill llena el plato de Sonia con pienso hasta rebosarlo, pone agua en la taza y se da media vuelta y se va a su habitación.

La casa permanece en silencio. Sonia se asoma por la puerta de la cocina. Su mirada se dirige al salón. Se queda observando el terreno por espacio de unos segundos. Luego avanza con cautela y se detiene en la entrada del pasillo, lugar desde el que había asistido al espanto. Seguidamente la gata atraviesa el pasillo, lo hace con la seguridad de que nada ni nadie va a perturbar su visita al lugar de los hechos. La puerta de la habitación de Merrill está cerrada. Sonia se aproxima a la mancha de luz que sale de la habitación de invitados, aún no puede ver el interior de la misma. Se detiene y se queda ensimismada antes de iniciar la exploración.

La gata asoma la cabeza por la puerta. Desde el interior puede apreciarse el movimiento inquieto de sus pupilas al observar los restos del horror. Atraviesa la puerta. Sus pasos parecen estar medidos para no pisar ni una gota de sangre en su paseo macabro. Recorre cada rincón, se encarama a los muebles, sigilosamente, sin alterar un ápice la escena. Su seguridad y parsimonia dan qué pensar, como si se tratase de un ceremonial repetido. El cuerpo de la chica está semidesnudo, con el estómago abierto en canal y las tripas asomando. La gata se detiene justo delante del rostro y lo observa deliberadamente. La cara está desencajada, con una mueca de dolor prolongado. Acerca el hocico llegando a rozar la tez con los bigotes. Saca la lengua y da varios lametones y otras tantas relamidas para limpiar casi por completo los restos de sangraza de su morro. Más tarde abandona el lugar en medio del silencio sepulcral que domina toda la casa.

Han transcurrido casi dos días. En todo ese tiempo Merrill no ha salido de su habitación. Sonia, por su parte, no ha abandonado su lecho.

Merrill está sentado en la mesa de la cocina leyendo el diario. La gata le hace compañía. Merrill se dirige a ella sin quitar ojo del periódico, le dice que Sara realmente le gustaba. Y añade que cree que esta vez la gata se ha equivocado. Sonia está echada en su cesta de mimbre. La actitud de Sonia es de no inmutarse lo más mínimo ante las palabras de su dueño. Merrill insinúa que desearía que se le escuchase cuando habla.

—Sobre todo si se trata de un asunto importante —añade.

La gata se incorpora lo justo para lanzar una mirada sobre Merrill y vuelve a esconder la cabeza regresando a su dulce estado de reposo. Merrill pasa varias páginas del diario ayudándose con el dedo índice previamente ensalivado y luego se alza las gafas desde la punta de la nariz usando el mismo dedo.

—¡Fíjate en esto, Sonia! —dice Merrill—, han publicado tres demandas de empleo nuevas. ¡Es excelente! —asegura.

Merrill toma un lápiz de la mesa y marca con un círculo uno de los anuncios. Luego pronuncia un nombre —Laura— y le dice a la gata que espera que esta vez se muestre atenta con la chica. Merrill explica que procede de Massachussets y que es enfermera.

—¿Sabías que adoro los hospitales, Sonia? —pregunta excitado.

Sonia actúa como si la cosa no fuera con ella. Permanece acostada, reposando la cabeza sobre su costado derecho, prácticamente enroscada. Merrill abandona la lectura del diario, lo dobla cuidadosamente y lo deja en la mesa. El viejo reloj de cuerda del salón señala que es mediodía. Merrill mira su reloj de pulsera.

—¡Vaya!, ¡la una y media! —dice—. Es hora de comer, Sonia —anuncia dirigiéndose al frigorífico. Extrae una pieza de pescado, la unta con mantequilla de cacahuetes y la coloca sobre una sartén.

—Hoy te he comprado salmón, gatita —exclama mientras se coloca el delantal.

El olor a pescado asado llama la atención de la gata, que se despereza para llamar la atención de su amo. Merrill murmura cosas ininteligibles mientras cocina ensimismado. La gata acude al borde de su plato esperando la inminencia del banquete, y desde allí observa a Merrill, que ha terminado de cocinar y aparta la sartén del fuego. El hombre se dirige hacia donde está la gata y deposita la pieza de salmón en el plato vacío. La gata se relame. Merrill se quita el delantal y le pide a Sonia que espere para comer juntos. Abre la despensa y saca una lata de conservas. La gata se toma su tiempo antes de aproximarse al plato, disfrutando del aroma que desprende el pescado humeante. Merrill retira la pestaña del bote y lo abre por completo. Luego coge un tenedor y se sienta a comer. En la etiqueta del bote puede leerse: “alimento completo para gatos”. Merrill le dice a Sonia que está delicioso, y le desea buen apetito.

Durante la comida Merrill explica que piensa citar a la chica por la tarde, y que dedicará el resto de la mañana a los preparativos.

—Ya sabes, hay que tener lista la habitación de invitados —apunta.

La gata permanece impasible, dedicada por completo a dar pequeños mordiscos al delicioso trozo de salmón.

Son las ocho en punto. Llaman a la puerta. Merrill se asoma al espejo para colocarse la pajarita. Antes de abrir echa un vistazo por la mirilla. Es la chica. Abre la puerta y se queda callado al verla…
© ignatiusmismo, 2007.

15 abril, 2007

Cornish, New Hampshire


La camioneta está estacionada junto a la acera en Commons Park. A unos metros del vehículo hay un teléfono público. Los faros delanteros, mal montados sobre la defensa, marcan las diez y diez. La parte trasera está cubierta por un toldo raído de color verde bosque, fijado a la carrocería mediante unas cuerdas deshilachadas. En ambos laterales del vehículo lucen unas pegatinas desgastadas en las que no sin dificultad puede leerse “Very Private Investigations 800-755-SWIN”. El único limpiaparabrisas que funciona se afana en despejar la luna de cristal delantera del tremendo aguacero que está cayendo. Desde afuera puede intuirse la presencia de dos individuos en el interior. Están sentados en el asiento delantero de una sola pieza.

—El plan es perfecto, John Joe —aseguró el hombre situado al volante—. Colocaré una cámara del tamaño de la cabeza de un alfiler en el botón derecho del cuello de tu camisa, de modo que la imagen muestre lo que ven tus ojos de sapo.

—¡Caracoles jefe Swindler! qué ideas tan macanudas tié usté en el tarro —añadió el muchacho mientras bajaba la ventanilla—.

—Cierra esa ventanilla ahora mismo, maldita sea, nos pueden oír —profirió airado el hombretón—. Es un material endiabladamente bueno que recibí hace un par de semanas contra reembolso en mi apartado postal secreto número 1345. No hay que dejar rastro, ya sabes. El tipo que me lo vendió me aseguró que lo usan los del FBI para infiltrar a polis en organizaciones criminales… je,je… esos tipos saben lo que se traen entre manos, John Joe.

—¿1345, jefe? —dijo el chico mientras se apresuraba a subir la ventanilla—. No sé si recordaré una cantidá tan retorsía. Nunca he visto tantos pavos juntos, ja.

—No tienes que recordar nada, maldita sea —espetó el hombre haciendo aspaviento—. Olvida esa maldita combinación secreta ahora mismo, muchacho.

—¿Cuál? —preguntó el muchacho— ¿1345, jefe..?

—¡Maldito bocazas! Quítatelo ahora mismo de esa cabeza de chorlito que tienes o tendré que volarte la tapa de los sesos para que lo olvides. ¿Sabes lo que hacen los tipos duros como yo con quienes meten las narices donde no deben?

—Oh sí, jefe Swindler —se apresuró a contestar el chico con ademán de tenerse la lección bien aprendida—. Según usté jefe, los tipos duros son capases de descuartisarte, meté tus trositos en una bolsa de plástico y almasenarlos en el arcón frigorífico del sótano, sólo porque te hayas ido de la lenbua…

—Pues ya sabes, en boca cerrada….

—Descuide usté jefe, que ya me metío en la cocorota que no vuelvo a recordá el apartao de correos 1345 ese…

—¡Maldición! ¡Estúpido muchacho! —bramó Swindler aporreando el volante con ambas manos hasta que hizo sonar el claxon—, ¿no te he dicho que cierres esa maldita bocaza de una vez? No sé por qué diablos me fijé en ti. Debí dejar que siguieras recogiendo tuercas para Barnie el chatarrero. Cuando le dije a Thelma que iba a darte una oportunidad no quieras imaginar la cara que puso. No la había visto así desde que nos arruinamos por completo en el 78, debido a una mala racha de suerte durante nuestra luna de miel en las Vegas. Y todo por culpa de aquella furcia que paseaba sus tetas delante de mis narices durante la partida. La muy ramera permaneció a mi lado toda la maldita noche hasta que lo perdí todo y luego desapareció. El tipo de seguridad que me sacó de allí a puñetazos me dijo que ella era un gancho del propio casino, antes de dejarme caer en un charco.

—Diantre jefe, qué mala suerte la suya de usté —masculló el muchacho cambiando de posición la visera de su gorra —.

—Tuvimos que regresar a casa en autobús —espetó Swindler—, después de empeñar el dichoso anillo que le había regalado a Thelma. Estuve a punto de cortarle el maldito dedo para quitárselo mientras dormía. El reverendo que nos había casado dijo que eligiéramos: o le entregábamos el anillo o anulaba el matrimonio para devolvernos sólo 150 dólares de los 500 que le habíamos pagado —refunfuñó mientras observaba en el salpicadero una reliquia con la imagen petrificada de Thelma en cuyo pie podía leerse: “menos mal que yo pienso en todo, querido”—. Y aquí estoy yo, poniendo mi golpe más elaborado en manos de un paleto que no sabe ni hacerse el nudo de los zapatos como dios manda. Pero estás de suerte, chico. No te preguntes por qué pero te has topado con la grandeza de los tipos importantes. Ya sabes —dijo cambiando de humor— solemos ser generosos de cuándo en cuándo con los pobres desgraciados como tú. Después de todo, forma parte del sueño americano, ¿no?... América fue fundada con la sangre derramada por tipos intrépidos como yo.

—Estoy aquí pa seguirle en too, jefe —dijo el chico—, pero el jefe Barnie no ma tratao mal que dijéramos. De ves en cuando me daba algo caliente pa comer. Ni que fuera un potentao…

—Ahora trabajas para mí, muchacho —sentenció Swindler hurgándose la nariz—. Tú limítate a seguir al pie de la letra mis instrucciones y tal vez algún día llegues a parecerte a mí. ¿Lo has entendido?

—Entendío jefe, lo que usté mande. Recibío cambio y corto. Me se pone la carne de gallina na más de que imaginarme metío en el ajo, ja.

—De acuerdo. Repasemos el plan —Swindler sacó unas notas escritas en un puñado de servilletas de papel—. Recuerda que irás vestido como vestiría el afeminado ese de la novela que te di a leer el otro día, ese tal Caulfielfd, ¿recuerdas? La tomé prestada de la Librería Pública del Condado con nombre falso, je, je. Le dije a la señora Banister que yo era un miembro destacado del Club Estatal de Lecturas Americanas, y lo cierto es que se mostró muy interesada en nuestras actividades.

—Disculpe usté, jefe Swindler —interrumpió John Joe rascándose la cabeza sobre la tela de la gorra—. He ojeao el susodicho libro y no me he enterao de na, si quiere que le diga. El menda en cuestión es un refinao de esos que van a escuelas caras y le dan mucho al tarro.

—Por suerte trabajas con profesionales, chico —alardeó Swindler—. Mi mujer se ha ocupado de todos los detalles. Ella misma ha confeccionado la ropa que usarás para el golpe. Nos gusta hacer las cosas a lo grande. Llevarás la camisa sin abrochar, así el viejo podrá ver con total claridad la palabra “Phoebe” estampada en tu camiseta blanca. No me preguntes lo que significa, no tengo ni idea. Thelma dice que conseguirá que le inspires confianza. ¿Sabes cuánto tiempo ha invertido para coser las enormes letras de color púrpura? Menos mal que la costura se le da bien a mi mujercita. Y no veas los pasteles de manzana que prepara, umm. Si todo sale bien muchacho, celebraremos el éxito zampándonos un enorme y delicioso pastel con un gran vaso de batido de chocolate mientras pensamos cómo gastarnos la pasta, je, je. Las manzanas solemos tomarlas prestadas del jardín de los Bloomberg, ya sabes, nunca se han dado cuenta de nada. Dedican todo su tiempo a la televisión por cable.

—Con permiso de usté, yo prefiero el batío de fresa, jefe Swindler —dijo el chico—. Después de too, pa entonces ya seré millonario y podré pedí lo que me plasca, ¿no?

—Por mí como si te zampas toda la maldita carta del Dessert’s Lullaby, John Joe. Para entonces Thelma y yo nos habremos esfumado del condenado Springfield. Con nuestra parte del botín pensamos comprarnos una casa en California. Thelma odia el clima de Vermont, con este asqueroso invierno haciéndole añicos los huesos. Además, estoy hasta las narices de que me pregunten si soy familia de ese tipo, Homer Simpson, válgame diós. ¿Acaso tengo yo algo que ver con un estúpido dibujo animado?... Una vez leí en el diario local que hay 53 malditos lugares llamados Springfield repartidos en 34 estados de todo el país. ¿Por qué diablos iba a ser aquí?...

—Pos a mí nunca me han confundío con nadie, jefe. Bueno, sólo una ves un tipo tarjeao que sabía mi nombre me pidió que subiera a su coche, desía que pa llevarme a casa, ja…

—Así que nos largamos. He oído que en la Costa Oeste las tías van todo el santo día en bikini y, ¡qué demonios!, tendremos las lujosas mansiones de Hollywood a nuestra disposición… je, je. Y tú muchacho, podrás comprarte ese estupendo Plymouth del 58 con el que tanto has soñado, sí… las tías se volverán locas por dar un paseo en él.

—¡Caracoles jefe! Ya me estoy imaginando sentao al volante, y el asiento de atrás bien surtío de chorbas toas pa mí je, je… ¿oiga jefe, pué uno condusir sin carné?

—¿Ves esto chico? — Swindler le muestra un sobre recién extraído del bolsillo de su cazadora—. Es tu carné de conducir, John Joe. En cuanto acabemos el trabajo, será tuyo.

—¡Vaya jefe!, ¿de ande ha sacao usté eso? —preguntó alborotado el joven dando vueltas sin parar al ala de su sombrero—.

¿Te gusta eh, muchacho? —el jefe soltó una carcajada escandalosa—. No quieras saber quién es el difunto. Además, nunca revelo mis fuentes, chico, es algo que aprendí trabajando para un tipo llamado Jimmy di Francesco en Las Vegas. Mafia italiana, ya sabes. Esos tipos no se andan con chiquitas. ¿Capice…?

—¡Ostras jefe!, parlotea usté el italiano que se sale…

—Al tajo chico, sigamos con los detalles. Lo haremos a última hora de la tarde. He oído que a esa hora el viejo realiza sus malditos ejercicios Zen. Así que lo encontraremos muy relajado, justo antes de cenar según mis cálculos.

—¿El viejo practica artes marciales, jefe? A vé si por ayudarle a usté voy a salí mal parao…

—¡Cierra la boca, ignorante! Son unos malditos ejercicios de relajación. Hace algún tiempo que se le fue la cabeza y le dio por hacer cosas raras. Ya sabes, fue Marine o algo parecido durante la segunda guerra mundial, y no es necesario que te explique cómo vuelven esos tipos del frente.

—¡Madre mía jefe! El viejo está majareta perdío… Buenos mal que no me he alistao jefe, pos mira que han venío veces a buscarme los muy pringaos esos —suspiró el chico haciéndose el importante—.

—Mejor así hijo, no sea que perdamos la próxima guerra por culpa de tu incompetencia —contestó Swindler carcajeándose hasta concluir con eructo atronador—. Bueno, a lo que iba, chico. Saldremos a las tres en punto. Avanzaremos por Highland Road camino de Bugbee, hasta tomar la interestatal 91, así alcanzaremos antes Windsor. Atravesaremos el maldito puente sobre el río Connecticut ya en New Hampshire. Calculo que llegaremos a Cornish a eso de las seis. Una vez en Sander Hill Road, me detendré a dos manzanas de la casa en cuestión. Tú bajarás de la camioneta y seguirás a pie. Cuidado con la maldita lluvia, no quiero que lo eche a perder todo. Y no olvides llevar el ejemplar de “El guardián...” bien visible. Confío en ese endemoniado libro, muchacho, y en el efecto psicológico que pueda causarle. Un loquero muy puesto en el asunto escribió en el Reader’s Digest que los buenos recuerdos aplacan la ira de los chalados.

—¡A ver si el viejo chalao ése va y me pega un tiro, jefe! Acuérdese que yo quiero condusí con las chorbas en mi coche nuevo, eh…

—¡Si vuelves a poner una sola pega, condenado arrapiezo, el que te pega un tiro en el trasero soy yo! ¿Lo has entendido?

—Entendío, cambio y corto, jefe. Usté a mandar y yo a sus órdenes de usté.

—Sigamos. Cuando llegues a la altura de la casa, procura actuar sin miedo, mostrando todo el maldito valor que se supone que llevas dentro, chico. Que el viejo tenga claro que estás allí porque él lo desea. Y no hagas caso del maldito letrero que dice "propiedad privada, cuidado con el perro”, aquí todo el mundo tiene uno como quien tiene una barbacoa o un buzón para el correo.

—Lo que usté diga jefe, pero si sale el perro me van a faltar piernas pa salí corriendo dando alaríos…

—¡Paparruchas, chico! Matusalén lleva cuarenta años encerrado sin salir de casa. Es más que probable que si tiene un perro el maldito chucho esté criando malvas en el jardín desde hace dos décadas… Así que tú subes las escaleras sin hacer demasiado ruido y tocas a la puerta —explicó Swindler—. Tienes que estar concentrado, John Joe. ¡Diablos!, un error por tu parte y todo se iría al infierno. Se supone que el tipo está con una pata en la tumba, así que se tomará su tiempo para arrastrarse hasta la entrada. No insistas demasiado, ¿entiendes?, aporreas la puerta un par de veces y permaneces allí hasta que se abra y aparezca él en mismísima persona. Yo estaré en la parte de atrás de la camioneta asegurándome de que la grabación es buena. Y procura no moverte demasiado o la imagen quedará echa un asco y nos quedaremos sin California y sin coche, ¡maldita sea!

—Tranquilo usté jefe, que en cuanto me abra la susodicha puerta yo me queo congelao ahí sin mover ni un deo, ja.

—¿Recuerdas tu diálogo, muchacho?... “Hola J.D... soy Holden… he vuelto” —espetó Swindler tratando de imitar una voz juvenil—, le dices eso mientras le enseñas muy claramente el maldito libro y permites que te examine de arriba a abajo por unos instantes como si fueras miss América. No creo que sea tan difícil de hacer, chico. ¿Cuántas veces lo has leído?...

—Pos una, jefe, y no pasé de la primera página. Demasiao complicao pa mí cabesa de chorlito. Lo único que me se queda en la memoria son las orasiones de la parroquia cuando hago de monaguillo, y porque si me equivoco el reverendo Wildborn me suelta un cogotaso, el muy pringao…

—¡Por mil rayos, John Joe!, ¿sólo una? Puede que el viejo te haga preguntas. Estarás delante de las malditas narices del escritor del condenado libro, ¿recuerdas?... ¿y qué diablos le vas a contestar si te pregunta algo sobre ti y la respuesta sólo está en la dichosa novela?

—Usté tranquilo, jefe, que si hace falta me leo el libro en un santiamén cuando el viejo se qué dormío, ja. Cuando hago las cosas como a él le gustan, el jefe Barnie siempre dice que tengo las tuercas de la chaveta bien apretás...

—Los de la tele han dicho que no nos molestemos en llamarles a menos que tengamos un buen puñado de imágenes que ofrecerles. ¡Malditos bastardos! ¡Sólo piensan en sacar dinero! Qué tiempos aquellos de Walter Cronkite, sí señor. Nunca aceptes dedicarte a la televisión, hijo, no es más que un nido de comunistas corruptos. Aún siguen forrándose de pasta a costa mía. ¿Recuerdas aquellas imágenes tomadas con cámara oculta a O. J. Simpson cuando escapó de la justicia?

—No recuerdo na jefe, el jefe Barnie no tié tele en la chatarrería, se pasa el día en la mesedora mascando tabaco y riéndose solo…

—Fue un gran trabajo el del 95, muchacho. Lo único que tenía que hacer era colocar una microcámara en el collar de su perro. Pasé dos malditos meses siguiendo al condenado jugador de Fútbol por todo el país, no creo que ese tipo haya recorrido tantas yardas en todas sus malditas temporadas en la NFL. Hasta que se detuvo a poner combustible y atraje al chucho hasta mi camioneta. Levantó la pata para mearme la rueda trasera y… zas, le endosé el aparatejo. Luego lo acaricié y le ordené volver con su dueño. Tenía el presentimiento de que el sabueso estaría de mi parte, je,je.

—¡Madre mía! Un chucho teledirigío, eso si que es… ¿me enseñará usté a poner una cámara de esas en el retrovisó del plymouth, jefe? Así vería bien a las chorbas mientras le doy al volante, ja.

—Cierra la boca y mantén bien abiertas esas orejotas… Una vez se percate de que eres el maldito chico, el viejo te invitará a pasar, apuesto a que lo hace. Entonces habremos dado el primer paso, hijo. Tú intenta moverte por la casa, así tendremos una visión mas detallada de su guarida. Un juntaletras de un periódico importante de Nueva York dijo que es muy probable que ese tipo tenga dos malditas novelas inéditas listas para publicar. Si pudieras hacerte con una de ellas, muchacho, no sé cómo pero si pudieras hacerte con una sola de ellas John Joe, jejeje… pediríamos el doble de pasta, maldita sea. Ya me conoces, hay que pensar a lo grande. Algún día tal vez llegues a ser como yo, es cuestión de que te fijes mucho en mi forma de actuar, chico.

—Prometío, jefe, yo me fijo en usté too lo que me tenga que fijá. Es cosa de un par de golpes más y fijo que me miro al espejo y sale usté mismamente, ja.

—¿Sabes? —confesó Swindler— Si me hubieran dado a tiempo el soplo de lo de Washington en el 97, ten por seguro que le habría metido una maldita cámara a Monica Lewinsky entre las tetas, je, je. Ese si que habría sido un señor golpe. ¿Te imaginas a toda la maldita nación viendo por la tele cómo se las gasta el mismísimo Presidente en el condenado despacho oval?

—¡Lo siento jefe! No sé qué es eso de ová…

—Ni falta que hace chico, no es más que un maldito despacho de la Casa Blanca que siempre está en el punto de mira de los condenados misiles rusos…—se carcajeó Swindler—. En fin, Thelma siempre dice que no hay que perder la fe, que unos trabajillos te conducen a otros mayores. Y es verdad muchacho, siempre que esos desgraciados de los federales no sueñen las veinticuatro horas con tu maldito trasero.

—¡Caracoles jefe! La jefa Thelma los tié bien puestos, ja…

—No lo sabes bien, chico. Ha visto La ley del silencio por lo menos una docena de veces. Una vez le dio un puñetazo a un tipo de la oficina de empleo sólo porque la llamó “ama de casa”. Desde entonces trabaja para mí, le encanta administrarme el billetero, je. De todas maneras, si quieres un buen consejo, nunca te cases muchacho, es algo que sólo trae complicaciones.

—¡Puag! ¿Casarse? Ni hablá de eso, jefe. Yo lo que quiero es acostarme con toas las chorbas que se suban al coche, sabe usté. Pa eso voy a poné un cuaderno en el salpicadó ande llevar la cuenta y que no me se olviden los nombres, ja.

—Volvamos a lo nuestro, muchacho, no trae buena suerte vender la piel del oso antes de cazarlo. Bien, así que estás dentro y dominas la situación. Tú siempre a lo grande, siguiéndole la corriente. No olvides que eres un muchacho educado y sensible, no vayas a soltar alguna de las tuyas o se te vaya a escapar una de esas palabras que confundes y que dices al revés. Y sobre todo no tartamudees maldita sea, el viejo podría darse cuenta y seguro que tiene la escopeta cargada desde 1955. Ah, y nunca, bajo ningún concepto muchacho, saques a relucir el nombre de Joyce, aquella mujerzuela que sacó los trapos sucios del viejo en la maldita prensa. Eso le haría enfurecer más que ninguna otra cosa.

—¿Escopeta, jefe? A vé si el muy pirao va y saca un fusil desos que usan los marines con bayoneta y lanzallamas y too…

—¡Tonterías chico! Al maldito viejo no le quedan fuerzas ni para sacudírsela –Swindler lanzó una risotada alternándola con una salva de eructos—. Así que tú a lo tuyo, te llamas Holden Caulfield y has venido a saludar al viejo J.D., y por lo que más quieras chico, tienes que sacar al maldito niño que ese tipo lleva dentro, aunque haya perdido el condenado juicio y esté más loco que una cabra. Una vez lo hayas conseguido, el resto será pan comido. ¿Entendido?

—¡Entendío jefe! Recibío cambio y corto. Me se pone la carne de gallina na más de que…

—Apuesto a que lo conseguiremos, John Joe —añadió Swindler—. Oh maldita sea, quería decir Holden, chico —el hombre descendió de la camioneta y se dirigió al teléfono público—.

—Al loro, jefe Swindler… soy Holden, he vuelto, ja…

—¡Aleluya chico!—exclamó Swindler desde la acera—. Empiezo a pensar que tal vez no me equivoqué contigo —descolgó el aparato, marcó un número de teléfono y esperó a que alguien contestase al otro lado de la línea, mientras vigilaba los alrededores-. ¿Thelma?... ¡Todo listo!.... sí, espero que los tipos del FBI tengan mejores cosas que hacer hoy… yo también… hasta luego pillina… ve preparando las maletas…

—¿Qué ha dicho la jefa Thelma, jefe? —preguntó John Joe dándole giros a su gorra— Me tié usté entrigao…

—¿Sabes lo que ha dicho mi santa, John Joe…? —Swindler arrancó la camioneta, observó al chico de reojo y luego pisó el acelerador a fondo soltando el freno de mano— ¡Que tenemos un plan endiabladamente bueno!... ¡Yeehaah!

—¡Yeehaah!
©Ignatiusmismo, 2007. Publicado originalmente el 03-09-2006.

04 marzo, 2007

Poesía de la desazón








Te regalaré una rosa, una rosa roja para pintar cada cosa, una rosa para cada lágrima tuya consolar, y una rosa para poderte amar. Te regalaré una rosa, una rosa blanca como si fueras mi esposa, una rosa blanca que te sirva para olvidar, cada pequeño dolor.


Me llamo Antonio y soy un loco, he nacido en el '54, y vivo aqui desde cuando era un niño, creo hablar con el demonio, así que me han encerrado cuarenta años dentro de un manicomio. Te escribo esta carta porque no sé hablar, perdona la caligrafía de primero de básica, y me sorprendo si intento de nuevo una emoción, pero la culpa es de la mano que no deja de temblar.


Yo soy como un piano con una tecla rota, el acorde disonante de una orquesta de borrachos, que día y noche se asoman, en la poca luz que traspasa los vidrios opacos. Me lo hago de nuevo encima porque tengo miedo, porque en la sociedad de los sanos tenemos siempre la condición de basura, peste de orina y serrín, esta es la enfermedad mental y no existe cura.

Te regalaré una rosa,una rosa roja para pintar cada cosa, una rosa para cada lágrima tuya consolar, y una rosa para poderte amar. Te regalaré una rosa, una rosa blanca como si fueras mi esposa, una rosa blanca que te sirva para olvidar, cada pequeño dolor.



Los locos somos signos de interrogación sin frase, millones de astronaves que no vuelven a la base, soy de los muñecos iguales a secar al sol, los locos son apóstoles de un Dios que no los quiere. Me fabrico la nieve con el poliestireno, mi patología es que me dejaron solo, ahora toma un telescopio... mide las distancias, y mírate a través de mí y de ti. ¿Quien es más peligroso?


Dentro de los pabellones nos amábamos a escondidas, recortando un rincón que fuera sólo el nuestro, recuerdo los pocos instantes en que nos sentíamos vivos, no como las carpetas clínicas amontonadas en los archivos. De mis recuerdos serás el último en esfumarse, eres como un ángel conectado a un radiador, no obstante todo yo te espero ahora, y si cierro los ojos siento tu mano que me roza.

Te regalaré una rosa, una rosa roja para pintar cada cosa, una rosa para cada lágrima tuya consolar, y una rosa para poderte amar. Te regalaré una rosa, una rosa blanca como si fueras mi esposa, una rosa blanca que te sirva para olvidar, cada pequeño dolor.


Me llamo Antonio y estoy en el techo, querida Margatita hace veinte años que te espero, los locos somos nosotros cuando nadie nos entiende, cuando realmente tu mayor amigo te traiciona, te dejo esta carta, ahora debo irme, perdona la caligrafía de primero de básica. ¿Y te sorprendes de que intente de nuevo una emoción? Sorpréndete de nuevo porque Antonio sabe volar.
-Letra y música de Simone Cristicchi.

03 diciembre, 2006

Aeropuerto 77


El 27 de marzo de 1977 trajo un precioso amanecer a las "islas afortunadas". Era domingo, uno de esos días en que se supone que sólo cosas buenas deberían suceder...


07:42 horas (GMT). El vuelo PA1736 de Pan American -un Boeing 747-121 procedente de Los Angeles- parte de Nueva York con 378 pasajeros a bordo, después de una parada técnica para repostar, recoger otros 103 turistas e incorporar una tripulación de refresco.

09:00 horas (GMT). Un boeing 747-206B de KLM fletado como vuelo charter KL4805, con 234 pasajeros y 14 tripulantes, despega del aeropuerto de Schiphol en Amsterdam.

Ambas aeronaves tienen como destino la isla de Gran Canaria.

A las 12:30 horas, al tomar contacto con la Torre de Control de Gran Canaria, el comandante del PA 1736, Victor Grubbs -un piloto con 21.000 horas de vuelo- recibió la noticia de la explosión de un artefacto en la terminal de pasajeros del aeropuerto, concretamente en la zona de los mostradores de facturación. A causa del incidente y ante la alerta provocada por una llamada telefónica comunicando la existencia de un segundo artefacto explosivo, el tráfico estaba siendo desviado a Tenerife. Pensando que disponía de combustible suficiente, Grubbs solicitó mantenerse en el aire entretanto el tráfico fuera restaurado, pero las autoridades aéreas se lo denegaron y le dieron la orden de aterrizar en el aeropuerto de Los Rodeos, un aeródromo en el que habían recalado ya por las mismas circunstancias al menos otros cuatro vuelos internacionales.

El vuelo charter KL4805 también tomó tierra allí. Había sido fletado por la Royal Dutch Airlines KLM para el turoperador Holland International Travell Group, especializado en organizar viajes de turismo de sol y playa en las Islas Canarias para clientes deseosos de escapar del frío invierno del norte de Europa. El comandante Jacob Van Zanten era el jefe de instructores de los Boeing 747 de KLM, compañía en la que volaba desde 1951, cuando con sólo 24 años había comenzado como primer oficial en los viejos DC-3. Algunos pasajeros quedaron gratamente sorprendidos al cruzarse por los pasillos del enorme avión con el hombre cuya fotografía encabezaba la publicidad de la revista que la compañía había situado en el bolsillo del respaldo de sus asientos. Los otros tripulantes eran el primer Oficial Klass Meurs y el ingeniero de vuelo William Schreuder.

La explosión ocasionó varios heridos y el segundo artefacto estaba pendiente de ser inspeccionado por la policía española. Se trataba de un atentado terrorista obra del Movimiento para la Autodeterminación e Independencia del Archipielago Canario (MPAIAC), liderado por Antonio Cubillo, una organización con base en Argelia que reclamaba la independencia de las islas con respecto al estado español.

La situación meteorológica en el aeropuerto de Los Rodeos no hacía justicia a la fama de buen tiempo reflejada en los eslóganes turísticos del archipiélago. Ese día había nubes bajas, lluvia y una densa niebla que envolvía completamente la zona. Un fenómeno singular que en ocasiones afectaba al aeródromo debido a su emplazamiento en un lugar al norte de la isla, rodeado de montañas y a 700 metros sobre el nivel del mar.

La zona de aproximación, así como parte de la pista de rodadura, estaban ocupados por distintas aeronaves estacionadas. Así que la Torre de Control ordenó al 747 de KLM salir de la pista por la última intersección y estacionarse en un área de espera junto a un Boeing 737 noruego. Poco después, un 727 de DanAir y un DC-8 de Sata aterrizaron y fueron situados en la misma zona. Al principio el pasaje no fue autorizado a descender del aparato, pero después de una espera de 20 minutos fueron transportados en autobús a la terminal.

El vuelo de Pan Am tomó tierra en Los Rodeos 30 minutos después, quedando estacionado justo detrás del vuelo de KLM. El viaje había sido largo. El comandante Grubss anunció a los pasajeros que permanecerían a bordo en previsión de un inmediato permiso para salir hacía Gran Canaria. La espera duró dos horas.

Una vez que el aeropuerto de Gran Canaria quedó operativo, la Torre de Control de Los Rodeos lo anunció inmediatamente a las tripulaciones de todos los aviones que habían sido desviados. El vuelo de Pan Am estaba situado en quinto lugar para acceder a la pista. Los tres primeros aviones -un 737, un 727 y un DC-8- recibieron permiso para despegar y fueron saliendo con normalidad. Cuando le llegó el turno a la aeronave de KLM -cuarta en la cola- la cadena de despegues se interrumpió inesperadamente. El comandante Jacob van Zanten había solicitado llenar los tanques de combustible para así no tener que respostar en Gran Canaria, pues debía regresar a Amsterdam lo antes posible para que el aparato pudiera prestar otro servicio. Además, los pasajeros debían embarcar desde la terminal. Mientras, la tripulación holandesa, preocupada porque posiblemente no tuvieran tiempo de completar su vuelo hacia Holanda, contactaron con Amsterdam mediante la banda de Alta Frecuencia (HF). Según las normas de KLM, las tripulaciones debían solicitar a la base el establecimiento de un nuevo limite horario. Los capitanes estaban sujetos a esta normativa, y podían ser enjuiciados si excedían su horario de trabajo. Desde Amsterdam se les comunicó que si despegaban de Las Palmas a las 19.00hrs no excederían su límite de horas de vuelo diarias. Esta notificación se recibió también por escrito en el aeropuerto al poco tiempo.


El capitán Victor Grubbs se comunicó con el capitán Van Zanten, para preguntarle cuánto tiempo tardaría en terminar sus operaciones. Van Zanten respondió que unos 35 minutos. El controlador explicó a la tripulación, que aunque no había retrasos por causa del trafico aéreo, debían esperar, dado que la pista de rodadura paralela a la principal se encontraba totalmente obstruida por otros aviones, y en la entrada a la pista principal se encontraba el aparato de KLM. Las otras aeronaves situadas en la zona de espera habían conseguido pasar al KLM (debido a su menor tamaño) pero el Pan Am se encontraba bloqueado sin poder pasar. Grubbs pidió a su copiloto, Robert Bragg, y al ingeniero de vuelo, George Warns, que descendieran y midieran la distancia entre ambos aviones para verificar si era posible intentar salir antes que el KLM. Los dos miembros de la tripulación hicieron la medición y determinaron que no era posible maniobrar sin el riesgo de colisionar con la otra aeronave. Esto hizo que el vuelo de Pan Am tuviese que esperar a que el avión de KLM finalizara sus operaciones y saliera primero. Dos empleados de la compañía se unieron a la tripulación para realizar el corto vuelo entre ambos aeropuertos, alcanzándose un total de 396 pasajeros.

El aeropuerto de Los Rodeos está situado a 2000 pies de altitud, entre montañas, con presencia habitual de nubes bajas lo que reduce la visibilidad. Con niebla, la humedad hace que la visibilidad permanezca más o menos estable, pero con nubes bajas, la situación puede cambiar en cuestión de minutos. Existía el riesgo de que el tiempo empeorara, retrasando aún más los despegues, y la iluminación de la línea central de la pista se encontraba inoperativa, complicando todavía más la situación. Dado que también había mucha humedad, los aviones necesitaban utilizar los limpiaparabrisas para rodar. La niebla empezaba a dominar toda la extensión de la pista.
Eran las 16:30 horas y la tripulación americana llevaba 10 horas y 45 minutos trabajando. El cansancio ya hacía mella y sólo pensaban en los 25 minutos que les separaban del merecido descanso una vez aterrizaran en Las Palmas. La tripulación del KLM llevaba 8 horas y 45 minutos, pero aun les quedaba un vuelo hasta Amsterdam. Solo tenían tres horas más para despegar de las Palmas, pero con el tiempo empeorando, este límite de horas podía quedar comprometido. Si la tripulación se pasaba de horas, el avión de KLM debía quedarse en Las Palmas, causando unos cuantos problemas al personal de tierra de la compañía. Para empezar, encontrar 250 camas en Las Palmas en tan poco tiempo iba a ser imposible, por lo que el pasaje tendría que dormir en el aeropuerto. Además, la tripulación también llegaría tarde a Amsterdam, y el avión no podría cumplir con la ruta del día siguiente.


Una vez los pasajeros volvieron a subir al avión, el KL4805 inició las maniobras de salida. Robina van Lanschot, una empleada de la compañía charter que había fletado el vuelo, había decidido quedarse a pasar la noche en Tenerife. A las 16:45 horas, el comandante firmó el registro de combustible y a las 16:51 horas empezó con las comprobaciones previas al inicio del vuelo y solicitó la puesta en marcha. Atentos a las comunicaciones, la tripulación del Pan Am recibió con agrado la noticia, el avión holandés estaba listo. Poco después ellos también recibirían la autorización para la puesta en marcha. Dado que había viento de componente noroeste, ambos aviones entraron desde el punto de espera en la pista 12, rodando hasta el final de la misma y despegando por la pista 30.



Lo que sigue es la reproducción de las comunicaciones mantenidas en las operaciones de salida por las cabinas de ambos aviones y la torre de control, transcritas a partir del registro sonoro obtenido en las cajas negras de los aparatos:

PANAM2: ... Tenerife, aquí Clipper uno siete tres seis...
Torre: ... Clipper uno siete tres seis, aquí Tenerife...
PANAM2: ... Eh... tenemos instrucciones de contactar con usted y de inicar rodadura...
Torre: ... Afirmativo, inicien rodadura y abandonen por la tercera calle, tercera hacia su izquierda...
PANAM2: ... Tercera hacia la izquierda, Ok...
PANAM1: ... Dijo tercera...
PANAM2: ... Tres...
Torre: ... La tercera a su izquierda...
PANAM1: ... Creo que dijo primera...
PANAM2: ... Le preguntaré otra vez...
PANAM1: ... ¿Qué ocurrió allí realmente hoy? (en referencia al incidente en Gran Canaria)
PANAM2: ... Pusieron una bomba en la terminal, señor, justo en los mostradores de facturación...
PANAM1: ... Bueno, les preguntamos si podíamos esperar y, eh... supongo que sabes la respuesta, aterrizamos aquí...
Torre: ... KLM 4805... ¿a qué altura de la pista de rodadura están?...
KLM: ... Creo que acabamos de pasar Charlie cuatro ahora...
Torre: ... Ok ... al final de la rodadura giren 180 grados e informen que ... estan listos para permiso de tránsito de vuelo...
PANAM2: ... El primer giro es de 90 grados...
PANAM1: ... Sí, Ok...
PANAM2: ... Debe de ser el tercero ... le preguntaré otra vez...
PANAM1: ... Ok
PANAM2: ... ¿Puede confirmar que quiere que clipper 1736 gire a la izquierda en la tercera intersección?...
Torre: ... uno, dos, tres, tercera, la tercera...
PANAM1: ... Eso es lo que necesitamos, de acuerdo, la tercera ... haremos el giro...
Torre: ... Eh ... 1736, informen al abandonar la pista de rodadura...
PANAM1: ... ¿Flaps?...
PANAM2: ... diez, Indican diez, las luces de borde principales están en verde...
(se suceden las órdenes del procedimiento de comprobación de mecanismos de la aeronave)
PANAM1: ... Chequeo de rodadura del ingeniero...
PANAM3: ... Chequeo de rodadura completo...
PANAM1: ... ¿Plan de despegue y aterrizaje?...
PANAM2: ... Ok ... será estandard, vamos a salir directos hasta subir 350 pies entonces vamos a hacer esa inversión y bajaremos a 140 pies...
Torre: ... 8705 y clipper 1736, para su información, la iluminación de la línea central está fuera de servicio...
KLM2: ... Copiado...
PANAM: ... Clipper 1736 ... no tenemos marcas de la línea central ... necesitamos 800 metros si no disponemos de esa línea central...
KLM2: ... Eh ... el KLM 4805 está ahora listo para despegue ... eh y esperando permiso de tránsito de vuelo...
Torre: ... KLM 4805 eh permiso de despegue para ruta Papa Beacon y manteniendo nivel de vuelo nueve cero giro a la derecha despues del despegue con rumbo cero cuatro cero hasta interceptar la radial tres dos cinco desde Las Palmas VOR...
KLM2: ... Eh recibido, señor, tenemos permiso para Papa Beacon nivel de vuelo nueve cero, giro a la derecha cero cuatro cero hasta interceptar la tres dos cinco y saliendo...
KLM1: ... Saliendo...
PANAM2: ... No ... eh...
Torre: ... Esperen para despegue, se lo comunicaré...
PANAM2: ... Nosotros estamos aún rodando por la pista, el clipper 1736...
(Las comunicaciones del Panam y de la Torre causan un ruido estridente en la cabina del KLM, y los mensajes no pueden ser escuchados por su tripulación)
Torre: ... Gracias...
PANAM1: ... saquemos el avión de aquí...
PANAM2: ... Sí... está ansioso, no?
PANAM3: ... Sí, sobretodo después de que nos ha hecho esperar hora y media...
KLM3: ... ¿Aún no ha abandonado la pista entonces?
KLM1: ... ¿Qué dices?...
KLM3: ... ¿Aún no ha abandonado la pista el Pan American?
KLM1: ... Oh, sí (enfático)
(El comandante del KLM ve las luces de posición del boeing de Pan Am a unos 700 metros. Levanta el morro del avión, que va lanzado a toda velocidad, intentando despegar)
PANAM1: ... Ahí está... míralo... maldito... ese hijo de puta está viniendo...
PANAM2: ...¡Apártate!... ¡apártate!... ¡apártate!...
(sonido de los motores del KLM aproximándose)
KLM1: ... (grito)
(se produce la colisión de ambos aparatos)



Los instantes finales resultaron dramáticos. Unos segundos antes de impactar contra el avión de Pan Am, el comandante Van Zanten observó las luces de aproximación del otro avión a unos 700 metros e intentó levantar vuelo inmediatamente. Al sentir la aproximación del avión de KLM, el comandante Grubbs aceleró bruscamente e intentó girar a la izquierda para apartarse, sin conseguirlo. En el desesperado intento de despegue, el morro y las ruedas delanteras del KLM lograron evitar al 747 de Pan Am pero el motor número uno rozó la punta del lado derecho del otro avión y desató la catástrofe. El avión no pudo elevarse lo suficiente y unos 450 metros más adelante se estrelló contra la pista partiéndose en pedazos y ardiendo en llamas. El comandante Van Zanten había repostado 55.000 litros de combustible adicional para no tener que hacerlo en Gran Canaria. Este factor fue determinante para que el avión de KLM no pudiera elevarse lo suficiente como para evitar el impacto con el de Pan Am, el peso influyó en la capacidad de levantar vuelo del aparato. Con los tanques llenos de combustible, las consecuencias del impacto contra la pista del avión de KLM fueron devastadoras.

En el avión de KLM ninguno de sus ocupantes sobrevivó. Un fuego inmediato y violentísimo debió impedir las operaciones de emergencia, por lo que todas las puertas de evacuación del avión permanecieron cerradas tras el impacto contra el suelo. Había abordo 234 pasajeros y 14 tripulantes. Un total de 248 víctimas, entre las que había 51 niños, tres de ellos de menos de un año. La mayoría de los pasajeros eran holandeses, pero también volaban 2 australianos, 4 alemanes y 2 americanos.
En el avión de Pan Am la situación fue distinta. No hubo una gran fuerza de impacto, por lo que al pasaje les pareció que la causa era una explosión. Como consecuencia del choque, desaparecieron el salón de primera clase así como la mayor parte superior del fuselaje. El suelo del salón de primera se derrumbó, por lo que los tripulantes tuvieron que saltar a primera y desde allí salir al exterior por un agujero a través de la pared izquierda. Este agujero constituyó la principal vía de escape de los pasajeros situados en la parte delantera del avión, los cuales debieron arrojarse a la pista desde 6 metros de altura. Se sucedieron las explosiones y el fuego se extendía con rapidez. Se sabe que que el primer oficial Braggs intentó apagar los motores en cuanto tuvo conciencia de la situación, pero no pudo hacerlo debido a que el techo de la cabina -donde estaba situado el control de encendido- había sido arrancado de cuajo durante la colisión. Los pasajeros que estaban sentados en la parte central y posterior del aparato murieron debido a que la acumulación de restos y la deformación de las planchas metálicas del fuselaje debió ser tal que actuó a modo de trampa impidiendo la posibilidad de escapar al exterior. El pasajero de 37 años Jim Naik, de California, estaba sentado con su esposa Elsie cuando sintió una repentina explosión. El avión estalló completamente en llamas. Luchaba por sacar a Elsie consigo, pero después del impacto la gente empezó a caer encima de ellos desde el compartimento de arriba, al hundirse el techo. Un pedazo del techo cayó sobre su esposa. Luego una segunda explosión lanzó a Jim a la pista. Corrió hacia el avión para salvar a Elsie cuando vió un cadáver que yacía en la hierba. Era el cuerpo sin vida de su esposa. John Amador, californiano de 35 años, miró por la claraboya y vio el avión KLM que venía directo hacia él. Se agachó y, cuando levantó la vista, su propia aeronave se había partido en tres partes. Tuvo miedo de ser arrasado por el fuego. Sin embargo saltó y se puso a salvo. Briton John Cooper, un mecánico de Pan Am de 53 años, viajaba como pasajero en la cabina de mando cuando el avión fue impactado por el jumbo de KLM. Fue lanzado afuera y sólo sufrió cortes leves. Había gente gritando, mujeres y niños envueltos en llamas. Dorothy Kelly, sobrecargo de Pan Am de 35 años, de New Hampshire, fue la heroína del día. Cuando todo se asentó tras la confusión del choque, se dio cuenta de que el techo había desaparecido. Hubo explosiones detrás de ella y tuvo que salir por arriba mientras el piso empezó a hundirse. Saltó más de 6 metros para ponerse a salvo y luego se volvió a mirar el avión roto y en llamas. Luego de una serie de explosiones oyó a la gente que gritaba desesperada dentro de la aeronave, así que volvió corriendo. Vio al capitán de rodillas, sin moverse. Pensó que se había roto las piernas. Alrededor había otras personas con miembros fracturados. Agarró al capitán por debajo de los brazos y tiró de él. Hubo una enorme explosión. Siguió empujando hasta que finalmente lo dejó caer en la pista. Habiendo salvado la vida del capitán Grubbs, Kelly aún regresó para auxiliar a otros supervivientes, hasta que estuvo segura de que no podía haber nadie más vivo. Una última serie de estallidos envolvió en llamas al avión. Ya no había ninguna esperanza de salvación para quienes aún permanecían a bordo. Dorothy Kelly fue condecorada con la medalla al valor por su coraje durante el accidente. De los 382 pasajeros, 326 murieron. De los 16 miembros de la tripulación, 9 de ellos salvaron la vida. En total murieron 335 personas.

La cifra total de muertos ascendió a 583 personas. Sería declarado como el mayor accidente de la historia de la aviación comercial.


El plan general de evacuación funcionó muy de acuerdo con los previsto. En general se hizo con gran rapidez y hubo fluidez en el traslado de heridos a los hospitales. La donación de sangre fue masiva y centenares de particulares acudieron al aeropuerto a prestar ayuda en la forma que les fue solicitada.
Los servicios de emergencias fueron movilizados de inmediato y los hospitales respondieron adecuadamente a la cantidad de heridos y la naturaleza de los daños. Cuando la niebla se esfumó, la pista del aeropuerto de Los Rodeos estaba sembrada de cuerpos mutilados, restos de fuselaje humeante y efectos personales esparcidos por todas partes, en medio de un silencio desolador y con el aire impregnado de un intenso olor a queroseno mezclado con el hedor de la carne humana quemada. El hangar del aeropuerto se convirtió en una inmensa morgue donde fueron depositados los cuerpos calcinados de centenares de víctimas. No había en la isla ataúdes suficientes para tal cantidad de restos, por lo que tuvieron que ser solicitados a otras ciudades del estado español. Algunos heridos con quemaduras graves fueron trasladados en avión a centros especializados de la península. Los particulares que prestaron sus vehículos para el traslado de heridos, tardaron mucho tiempo en olvidar el horror vivido, algunos de ellos tuvieron secuelas psicológicas. Para los 61 supervivientes de la tragedia, lo sucedido ese día marcaría el resto de sus vidas.

El porqué de este accidente fue inmediatamente investigado por las autoridades aéreas. Equipos de expertos españoles, holandeses y norteamericanos estudiaron "in situ" las posibles causas de la que hoy en día sigue siendo actualmente la mayor catástrofe aérea en la historia de la aviación civil. Las conclusiones de la investigación ofrecen luz sobre los hechos que causaron la colisión. Se supo que no hubo fallo mecánico en ninguno de los aparatos involucrados en el accidente. El error fue claramente humano. El informe oficial refleja un cúmulo de causas, una sucesión desgraciada de errores que intentaremos enumerar por orden de importancia:


1) El comandante Jacob Van Zanten, piloto del avión de KLM. Por su gran experiencia era el piloto estrella de la compañia, su foto aparecía en la publicidad de KLM. Quedó de manifiesto que despegó sin permiso de la Torre de Control de Tenerife. Tenía prisa por despegar y muy probablemente actuó bajo el "síndrome de la prisa", una situación en la cual los pilotos pierden parte de sus capacidades debido a la necesidad de "correr". Además, van Zanten pudo actuar también bajo el "síndrome del instructor de vuelo", un fenómeno que afecta a aquellos pilotos que han permanecido tiempo instruyendo a principiantes en un simulador, y que se manifiesta en forma de autosuficiencia: el piloto piensa que depende de sí mismo y puede llegar a ignorar las órdenes de la Torre de Control y a otorgarse él mismo el permiso de vuelo, como parece que ocurrió en este caso. Para colmo de males, el copiloto -quien a penas tenía experiencia de vuelo- no se atrevió a contradecir a su superior, a pesar de que éste no le había dejado terminar de leer la confirmación del plan de vuelo y había iniciado el despegue sin autorización de la Torre.


2) El vuelo de Pan Am, durante la rodadura debía salirse de la pista por la tercera salida y no lo hizo, siguió hasta la cuarta salida cuando el aparato de KLM lo embistió, seguramente porque el giro que debían realizar les pareció demasiado complicado o por que confundieron dicha salida debido a la intensidad de la niebla.


3) Cuando el aparato de KLM había inicado la maniobra de despegue a más de 200 km/hora se produjo una interferencia en las comunicaciones. A causa de dicha interferencia en ambas cabinas no se escuchó la indicación de la Torre de Control de que uno iba a despegar y el otro aún estaba rodando por la pista. Faltaban 67 segundos para el impacto. Aún así, el ingeniero de KLM alcanzó a escuchar cómo la Torre le pedía al vuelo de Pan Am que abandonase la pista y la respuesta del copiloto "de acuerdo, le informaremos cuando abandonemos la pista", situación que comunicó inmediatamente al comandante Van Zanten. Pero el veterano piloto -en un gesto autoritario que quedó registrado- sólo dijo "Oh, sí" y siguió adelante. De haber abortado el despegue en ese momento, la catástrofe se habría evitado. El ingeniero -el miembro más joven de la tripulación- tampoco se atrevió a cuestionar a su prestigioso comandante y no volvió a abrir la boca.


4) La deficiencias del sistema de comunicación entre la Torre de Control y los aparatos. El aeropuerto de Tenerife disponía entonces del mismo sistema de comunicaciones que aún hoy continúa utilizándose en todo el mundo: los aviones se comunican con la Torre a través de radios vhf de dos sentidos. Todos los aviones del aeropuerto sintonizan la misma frecuencia, no sólo para recibir instrucciones, sino para escuchar lo que están haciendo los demás. Sin embargo el sistema tiene sus limitaciones. No es como un teléfono donde dos interlocutores pueden hablar a la vez. Es algo parecido a hablar por un Walkie-Talkie. Hay que apretar un botón para poder hablar. Por una misma frecuencia, sólo puede hablar una persona al mismo tiempo. Todo el mundo tiene que esperar su turno. Los problemas ocurren cuando dos personas tratan de hablar al mismo tiempo, se produce una interferencia ruidosa en forma de chirrido. Cuando se produce una interferencia en una frecuencia abierta, 999 veces de cada 1000 se trata de un incidente inocuo. Pero el accidente de Tenerife fue esa ocasión entre un millar en la que la interferencia resultó dañina. Varios interlocutores dijeron cosas fundamentales al mismo tiempo sin escucharse los unos a los otros. La investigación revela que cuando el comandante Van Zanten solicitó permiso para despegar, lo único que escuchó como respuesta fue "Ok", si bien la instrucción completa de la Torre era "Ok, permanezca a la espera... le avisaremos". Coincidiendo con esa frase, el comandante del Pan Am dijo "Aún estamos rodando por la pista", adevertencia que a causa de la interferencia tampoco escucharon sus interlocutores. Faltaban 30 segundos para el impacto fatal.


5) La situación meteorológica. Debido a su geografía y elevación (el aeropuerto de Los Rodeos está situado a 700 metros de altura), en una especie de vaguada entre montañas, el aeropuerto de Los Rodeos tiene una especial meteorología, con frecuente penetración de nubes a menudo pegadas al suelo. El día de los hechos, cuando los aviones aterrizaron hacía buen tiempo pero en pocos minutos las nubes bajas invadieron toda la pista, evitando así que desde la Torre de Control, los dos controladores en ese momento de servicio pudieran ver la pista y las evoluciones de los aparatos. Las luces de eje central de pista se encontraban fuera de servicio.


6) La Torre de Control ordenó el tráfico de rodadura de modo que ambos aparatos tuvieron que circular por la pista de despegue al mismo tiempo, actuación que -aunque reglamentaria- no es standard y puede ser potencialmente peligrosa. Por si fuera poco, la posición de estacionamiento del avión de KLM impidió que el avión de Pan Am, con el pasaje a bordo, despegase antes. De modo que por cuestiones logísticas, el avión de Pan Am hubo de esperar a que el 747 de KLM recargase combustible y acomodase el pasaje que previamente había desembarcado.


7) El atentado terrorista en el aeropuerto de Gran Canaria y su posterior cierre al tráfico aéreo, lo que ocasionó el desvió de vuelos al aeropuerto de Los Rodeos en Tenerife.

El 27 de marzo de 2007 se cumplieron 30 años de la catástrofe. La tragedia sumió en el dolor a ciudadanos americanos y holandeses, que pasado el tiempo se han constituido en asociaciones desde las que homenajear a las víctimas. Muchos aún se preguntan cómo es posible que se sucedieran tantas circunstancias desgraciadas, las suficientes como para provocar la mayor tragedia aérea de la historia.


Se agradece cualquier aportación a este artículo,
especialmente por parte de profesionales de la aviación o de aquellas personas que pudieran haber tenido alguna relación con los hechos relatados.

Comments to this article are welcome, especially from airline crew members, investigators or people involved in the tragedy.

02 noviembre, 2006

Mi nombre es Sombra


Según el orden del día, con ocasión de la reunión semestral de la Asociación de Sombras sin Rumbo, la cuestión principal a debatir era: “Ventajas e inconvenientes de ser una Sombra en la diversidad a la luz del desafío de la sociedad del siglo XXI”.

Mi nombre es sombra, -exclamó un espantajo desde la primera fila. Era una fórmula con la que todos los asistentes debían abrir sus intervenciones, asumiendo sin ambages ante los demás el hecho de ser una sombra-. Yo soy sombra porque no sé ser otra cosa, -gorjeó y acto seguido enmudeció.

Una suerte de aparición oscura y muy densa, deambulaba rezagada por el pasillo central en busca de sitio. Mi nombre es sombra –profirió con agitación cuando aún no había encontrado donde depositar su estela-. He venido para acallar los rumores sobre mí antes de que se enfrasquen ustedes en discusiones farragosas –dijo haciéndose un hueco en un banco entre dos negruras tan maquilladas que parecían sombras chinescas-. Yo he sido un agente regulador del tráfico de sombras, esto es, guardia –declaró y se detuvo porque a su lado unos misterios no paraban de cuchichear, como si supieran de la fama de que gozaba-. ¿Quieren ustedes callarse y circular con orden mientras hago uso de la palabra? –vociferó exaltado, arrastrando la última sílaba hasta acabar por completo con los rumores-. Como les decía, he sido un guardia ejemplar y no entiendo a que viene ese sambenito de que tengo “mala sombra”. Solo espantos de muy mala calaña a los que tuve que sancionar por sus graves infracciones son capaces de decir algo así de un agente del orden como yo –y se paró nuevamente al observar ciertas muecas que no le convencieron en absoluto-. ¿Es que no me creen, maldita sea mi sombra? –atronó enfurecido y se sacó un silbato con el que bufó repetidas veces-. ¿Qué harían ustedes si los viandantes sistemáticamente hicieran caso omiso de sus indicaciones? –gimoteó con el pito en la boca-. He sido un recto cumplidor del orden circulatorio y quien diga lo contrario que se levante y me lo diga a la cara si tiene la suficiente oscuridad para hacerlo –atemorizó desafiante al auditorio de esperpentos-. Así me gusta –espetó-, veo que todos están de acuerdo conmigo –agregó pasados unos instantes, chiflando con el silbato a diestro y siniestro-. Hagan el favor de circular como es debido –concluyó entre aspavientos y se arrellanó con autoridad en el asiento desplazando considerablemente a las manchas que tenía a ambos lados-.

Gracias al señor mala… eh… señor buena sombra, por su encendida intervención –dijo el moderador algo aturdido mientras ordenaba sus papeles, y todos rieron al unísono provocando nuevos gruñidos del aludido-.

Otro espectro se puso en pié para dirigirse a la concurrencia: Mi nombre es sombra. Verán, nosotros antes éramos un cuerpo de bailarín de danza contemporánea con su debida sombra. Los primeros años nos compenetramos muy bien. Nuestras coreografías eran perfectas, muy coordinadas, ¿saben? –recordó con melancolía-. Pasamos momentos muy felices porque me sentía realmente querida por aquel cuerpo. Recorrimos los mejores teatros representando las piezas más arriesgadas, y siempre con éxito –añadió-. Hasta que una noche tras una representación en la Scala, vi cómo mi cuerpo besaba a la primera bailarina de la compañía –reconoció, despertando runrunes entre los oyentes-. Fue el principio de nuestro fin –admitió dolida-. Todo empezó a ir mal. Ya no nos entendíamos, no formábamos un equipo. Había piezas en las que cada uno iba por su cuenta y aquello producía risas entre el público, como si estuvieran viendo una película de El gordo y el flaco. Fuimos a terapia durante un tiempo. Nos trataron en pareja y por separado, pero nada. Hasta que un día la primera bailarina acudió a la terapia y dijo en mi presencia que ellos se amaban –relató, dejando humedecidas a las sombras más sensibles-. Nos separamos y desde entonces soy una sombra que no desea acompañar a ningún otro cuerpo. Ellos siguieron bailando hasta que ella, que era más joven, se hizo más famosa que él – reveló-. Pasado un tiempo, no hace mucho nos cruzamos por la calle, y comprobé que ya nada me unía a aquel cuerpo. Supe que se había retirado de la escena. Estaba muy desmejorado, de aspecto descuidado. Como si estuviera solo... porque pude observar que no proyectaba sombra alguna –acabó diciendo en medio de un respetuoso silencio-.

Yo -se atrevió a decir un fantasma desde tan atrás que todos los espantos tuvieron que proyectarse hacia la entrada- donde ustedes me ven, o me adivinan perdón, antes era un cuerpo. En realidad nací cuerpo y crecí cuerpo, hasta que un día me rebelé contra esa situación. Porque yo por dentro me sentía sombra, sólo que no me atrevía a decirlo por miedo al rechazo por parte de los míos. Qué sombra ni niños muertos, -decía mi padre-, tu eres cuerpo y te callas o te arreo un guantazo. Sí, gran parte de mi existencia he sido una sombra asignada al cuerpo equivocado. Sufrí mucho porque había momentos en que no podía remediar sentirme atraído por otras sombras. Tuve que soportar el rechazo generalizado de los cuerpos -adónde vas sombrasa, me insultaban- solo por el hecho de ser distinto. Hasta que tuve la suerte de ir a parar a la Asociación de Sombras Desplazadas de su Existencia, donde me ayudaron y me aconsejaron hacerme el cambio de ser. Y hoy por hoy puedo decir que soy feliz, he olvidado mi pasado corpóreo y comparto mi existencia con otra sombra que me quiere de verdad y yo a ella. Pensamos aprovechar la nueva ley de unión de sombras para legalizar nuestra situación. Espero que mi historia les sirva de algo -concluyó permaneciendo en pie entre rumores, sintiéndose examinada por algunas de las sombras más reaccionarias-.

La sombra moderadora dio la bienvenida a un esperpento para quien era su primera reunión, y le invitó a contar su historia. Bueno verán -comenzó- yo es que no sé si debería decir que mi nombre es sombra porque en realidad no sé si lo soy definitivamente. Lo cierto es que una mañana desperté y era sombra sin que nadie me lo dijera. Era el día antes que nuestra hija contrajera matrimonio. Cuando mi mujer lo supo se puso hecha un basilisco –relató-. Que cómo iba una sombra a llevar a la niña al altar, me dijo. Qué pensarían los invitados al ver entrar a la novia del brazo de una cortina de humo, añadió. Yo sólo quería pensar en que aquello fuera algo transitorio y que tal vez al día siguiente despertara siendo cuerpo otra vez. Pero no fue así para mi desgracia. La boda finalmente se celebró y yo seguía siendo un fantasma. Mi mujer tuvo que acompañar a la novia en medio de los comentarios de que algo pasaba conmigo. Y la cosa es que yo estaba allí en primera fila, avergonzado, sin poder abrir la boca, sufriendo en mi propia estela la mirada despectiva del párroco. Una novia sin padrino… algo huele a podrido en esta familia, pensaría el cura. Ni siquiera pude comulgar ni besar a la novia –se lamentó-. Tiempo después mi mujer me abandonó por un cuerpo amigo común con el que había estado bailando en el banquete. Para qué quiero yo una bruma que me persigue a todas partes, me dijo la muy descarada. Desde entonces cada mañana me palpo a mí mismo nada más abrir los ojos por si hay novedad pero no la ha habido, ya ven. Gracias por recibirme y perdonen ustedes –terminó, y se esfumó ante la mirada compasiva del montón de espantapájaros.-

Un saludo para todos los presentes –pronunció un fantasma de aspecto foráneo-. Yo soy una sombra inmigrante –dijo, provocando un recelo instantáneo-. Vine con mi familia desde muy lejos en busca de prosperidad, de un futuro mejor para los míos –explicó en medio del murmullo de los espectros nativos-. Desde el principio hemos intentado –aseguró- integrarnos en la forma de vida de esta comunidad. Hemos asumido aquellos trabajos que las sombras de aquí no quieren hacer –dijo-, como ser sombra de los cuerpos que realizan tareas domésticas o de los que efectúan trabajos de recolección en el campo. Sin embargo, no siempre hemos sido bien recibidos por algunos de ustedes –se quejó-. Y me gustaría saber por qué. ¿Qué es lo que tienen ustedes en contra nuestra? –preguntó desde la humildad-. ¿A quién hacemos daño cuando nos reunimos a comer y bailar según nuestras costumbres los domingos en el parque o cuando vamos en manada a comprar al centro comercial? –dejó caer de un modo conciliador.- Nosotros no vamos pidiendo por la calle como esas otras sombras que no hablan nuestro idioma. Ni dormimos bajo los puentes como las sombras de color. Ni somos delincuentes como algunas sombras procedentes del Este. Deseamos alcanzar el bienestar que ustedes poseen. ¿Es eso un delito? –reclamó sin que la mayoría de los fantasmas dejaran de observarle con reticencias-. Nosotros –sentenció- somos sombras totalmente legales. Y como tal merecemos ser tratados –concluyó con firmeza, y escrutó con la mirada el gesto generalizado de temor a una hipotética invasión descontrolada de adefesios extranjeros.-

Queridas sombras: Yo hasta hoy no me había atrevido a hablarles a ustedes, mis queridos amigos todos -se oyó decir en medio del vocerío, al tiempo que la sombra que hacía las veces de moderador llamaba al orden-. Estoy aquí... ¿Me ven compañeros? -exclamó la aparición mientras se zangoloteaba para poder ser vista-. Mi problema es que soy un simple sombrajo -continuó diciendo y su reflejo temblaba excitado-. Nadie me quiere porque no soy una sombra hecha y derecha. ¿Y qué culpa tengo yo, amigas sombras?... ¿Creen ustedes que no me gustaría reflejarme completamente, eh? Y a fe que lo he intentado, pero siempre me quedo a medias –gimoteó sin que nadie sintiera la más mínima lástima-. Una vez fui aconsejado llevar conmigo un haz de luz muy potente que iluminara bien mi figura. Lo único que conseguí -querida audiencia- fue realzar más aún las estilizadas sombras con las que me cruzaba. Luego –prosiguió- acudí a una ortopedia para sombras, donde me adosaron una prótesis de relleno con la que lo pasé incluso peor, pues su peso me causó un daño lumbar casi irreparable. De ahí a la técnica del sombreado láser de última generación -dijo-, que no era una técnica definitiva y que precisaba de sucesivas sesiones. Recuerdo aquella vez que olvidé ir a la sesión diaria y –escuchen esto- cuando una sombra muy femenina estaba apunto de besarme me desvanecí entre sus brazos y salió corriendo. Terminé en la consulta de un psicoanalista de sombras. Pasaron muchas sesiones a 70 sombretes la hora –menudo gasto- y eso que sólo hablaba yo. Hasta que un día… ¿saben que me dijo un día, queridos amigos? –inquirió a una multitud que no podía disimular la risotada-. Me dijo que estaba harto de mi verborrea de predicador y que asumiera el hecho de ser… un jodido sombrajo… -espetó-. Lo que oyen amigos, y me invitó a no volver más a su consulta. Así sucedió, sí. ¿Me entienden ahora, amigos míos? –volvió a dejar caer-.

Claro que te entendemos… jodido sombrajo –clamó una voz burlona desde las entrañas de aquel coro de contornos en pleno jolgorio-.

Por todas las sombras, mantengamos el orden y el respeto a los demás -tuvo que imponerse la sombra moderadora-. Vamos a hacer una pausa de unos minutos para ponernos al sol –dijo recomponiéndose-, y enseguida regresamos…

Pasados unos minutos, la marabunta de zombis recaló de nuevo en la sala, dando un merecido descanso al astro sol. La sombra moderadora reanudó el turno de palabra.

Mi nombre es sombra -anunció la voz bien modulada de una sombra de avanzada edad-. Yo he sido represaliado durante años por ser una sombra de izquierdas -confesó, para luego explicar su historia con todo lujo de detalles históricos-. Fue durante la guerra, en medio del hambre y desolación por el enfrentamiento entre conciudadanos. Me delató mi propio cuerpo –reveló a media voz-. Dijo que lo hizo por hambre. Habíamos crecido juntos. Nuestras familias se conocían. Una vez cuando éramos niños le salvé de morir ahogado en un estanque, gracias a que me proyecté hacia el lado contrario al del agua y eso hizo que reaccionara y evitara caerse por los pelos. Y ya ven -explicó abatido- así me pagó los servicios prestados. Más tarde supe que también había entregado a la sombra que me sustituyó a mí, y así hasta cinco sombras inocentes que como yo, fueron encerradas y torturadas sistemáticamente en la cámara de luz invertida hasta perder su identidad y desintegrarse. A mí me salvó que un intendente del campo de concentración de sombras se encaprichó con mi forma de reflejarme, y acabé participando en los bailes de sombras conque se divertían los oficiales -contó-. Les he contado esto porque deseo que nunca más una sombra sea perseguida por sus ideales -concluyó, con la silueta sensiblemente afectada-.

Estoy cansada de ser una sombra objeto -anunció una niebla muy decepcionada-. Por mis cualidades como contorsionista, las cuales descubrió un tío mío durante mi adolescencia, he sido utilizada sistemáticamente como reflejo de objetos de todas la formas y tamaños. Necesitamos que seas la sombra de esa farola, me dijeron un día y así empezó todo. ¿Pero por qué no puedo ser la sombra de un cuerpo y ya está? Pues no, venga árboles, venga edificios, venga vehículos y sobre todo venga mobiliario de interiores –relató airada-. Me he pasado media vida pegada a seres sin alma, sin voz, sin sentimientos. ¿Saben el daño que eso me ha ocasionado? -se quejó dolida-. No, que van a saber. Ahí están ustedes tan ricamente repanchigados, asignados a alguien de carne y hueso, que habla, que ríe, que llora, que es buena o mala persona… a seres que les aportan algo en definitiva. ¿Qué me aporta a mí una torre del tendido eléctrico -se quejaba- que no sean escalofríos por si alguien se acerca y se hace daño?... ¿Y qué me aporta a mí ser la Sombra de la bandera de un juez de línea, me quieren decir? -dijo subiendo el tono de voz-. ¿Terminar la jornada loca de la cabeza entre la agitación y los insultos? -aulló ante una nube de apariciones que la observaban con ojos de "no te quejes tanto, nena"-. Ya ven qué emocionante -terminó-. Entonces se dio cuenta de lo poco que habían calado sus quejas y se sentó sin rechistar.

Tres sombras de mediana edad y muy bien proyectadas llamaron la atención del resto desde uno de los pasillos centrales. Nuestro nombre es sombra -dijo ella, escoltada por dos pedazos de sombra-. Quiero que nuestra historia sirva para explicar que tres sombras no son multitud -afirmó y dirigió una mirada cómplice a cada uno de sus acompañantes-. Yo había conocido primero a la sombra que tengo a mi izquierda. Mantuvimos relaciones durante algunos años. Un día nos dimos cuenta de que la monotonía se había instalado en nuestra vida y decidimos que necesitábamos un aliciente para seguir juntos. Así que acordamos ir una noche a un local de intercambio de sombras, ya saben, dejando a un lado los condicionantes sociales establecidos -explicó de un modo que parecía que estuviera obligada a abrir las mentes de aquella humareda. Durante la alocución algunas sombras se tapaban la boca, y otras recolocaban su figura en sus asientos, disponiéndose a escuchar con cautela la parte mas comprometida del relato-. Fuimos recibidos por la madame sombra, muy amable en todo momento. Al advertir que éramos primerizos, dedicó unos minutos a tranquilizarnos y nos aconsejó comportarnos con naturalidad y sin prejuicios. También dijo que sería mejor si cada uno iba por su cuenta. El interior estaba excelentemente iluminado, para disfrute de las sombras que se contorneaban a la caza de otras penumbras. Entonces nos separamos y nos entregamos a la faena -relató en un tono que hizo que gran parte de las sombras masculinas se removieran en sus asientos, vigilando las posibles alteraciones de sus excitados reflejos-. Unas horas más tarde, bien entrada la madrugada, cuando volvimos a encontrarnos en la entrada, ya éramos tres. Mi pareja me presentó a la sombra con la que había intimado. Al principio me nublé un poco, pero en cuanto mezclamos nuestras estelas supe que habíamos conseguido ser una pareja de Sombras abierta y moderna -dijo muy segura de sí misma en medio del escándalo generalizado-. Al fin y al cabo todos hemos ganado -finalizó su intervención con impudicia-. Ahora somos tres: ellos se tienen entre ellos y yo los tengo a los dos.

Vuelvan cuando quieran -intercedió la sombra moderadora, subiendo el volumen de su micrófono para atajar la cascada de comentarios en contra que podían escucharse con total claridad.

Mi nombre no es sombra -prorrumpió una voz que dejó la sala en silencio-. No, no me busquen ustedes porque aunque estoy aquí, digamos que no estoy -aclaró, y todos los presentes se agitaron buscando al espectro que los había dejado mudos con aquella declaración-. Así es amigos, yo no puedo decir que sea una sombra –se lamentó-. Estoy aquí entre ustedes, pero ustedes no pueden verme. Y voy a explicarles por qué... Verán, hace unos años decidí tomarme un permiso de paternidad para cuidar de mi recién nacida sombrita, así lo habíamos decidido mi mujer y yo. Ella trabajaba como sombra ejecutiva en una corporación importante y sus ingresos eran superiores a los míos. Pues bien, mientras yo cuidaba a la preciosa sombrita mi mujer se había liado con su sombra jefe. Lo que oyen -puntualizó en medio del estupor de la masa de enigmas-. Y no contenta con eso acudió a una sombra hechicera, quien me practicó una magia negra a consecuencia de la cual he desaparecido completamente -concluyó, logrando multiplicar las voces de asombro-. ¿Son capaces ustedes de imaginar lo que se siente al ver con impotencia cómo tu mujer duerme en tu propia cama con su jefe, el cual lleva puesto tu pijama nuevo regalo del último cumpleaños? -se quejó amargamente-. Sólo pensar en que mi sombrita jamás volvería a verme y que algún día pensaría que su padre era el amante de mi mujer, y es que me ponía malísimo. Tuve que marcharme de casa, no podía seguir viviendo en aquel infierno por más tiempo. Por favor, no sientan lástima por mí, no la necesito, soy un tipo duro –expresó reuniendo fuerzas-. Mi sombra madre siempre decía que "no hay mala sombra que por bien no venga", y tenía razón. Viéndome impotente ante aquella situación, decidí denunciar el asunto en una comisaría de sombras. La extraña naturaleza del caso hizo que fuera pasando de sombra en sombra hasta llegar -no me pregunten por qué- hasta las más altas esferas. Al no poder desbaratar el trabajo de magia negra que me habían hecho, decidieron realizarme una oferta -relató la voz-. Me ofrecieron formar parte de la sección de sombras invisibles, un grupo que se dedica a combatir delitos de toda índole que afecten a la seguridad nacional. Dichas sombras pueden recobrar la visibilidad en función de los méritos obtenidos. ¿Entienden ahora por qué no deben verme ustedes? -preguntó soltando una carcajada, y comprobando cómo se desfiguraba la amalgama de máculas presentes-. Durante una de mis investigaciones sobre delitos monetarios, advertí la implicación del jefe de mi mujer. Di parte a los de Anticorrupción y mi mujer y su jefe dieron con sus huesos en la prisión de cuerpos -concluyó riendo cínicamente-. Me fue dada la custodia de mi sombrita y ha crecido feliz escuchando la voz de su invisible sombra padre. ¿Están impresionados, eh? -dijo, mientras el tropel de fantasmas se miraban los unos a los otros como si temieran ser descubiertos en alguna fechoría que aún no hubiese prescrito-.

Quiero aprovechar este momento de confusión -intervino la sombra moderadora- para recordarles que algunos de ustedes no están aún al corriente de la cuota anual de esta asociación. No nos obliguen a poner el asunto en manos de nuestra voz amiga... ¿Está usted ahí todavía? -consultó entre risas-. Tendrá cosas más importantes que hacer y nos ha abandonado ya... respiren, respiren - dijo, alargando un sarcasmo del que nadie se rió-. Antes de cerrar la sesión daré paso a un último turno de palabra. Se trata de un eminente estudioso y miembro de esta sociedad - explicó señalando a una cortina de humo grisáceo que estaba sentado a su lado.

Desearía que no todo fuera amargo en nuestra reunión de hoy -expuso aquella silueta de aspecto entre intelectual y bohemio. Mi nombre es sombra, un saludo lleno de energía para todos ustedes –se dirigió con voz cálida y amable-. Soy profesor de sociología y escritor, autor del manual de autoayuda "Aprender a ser Sombra: tú puedes", de gran éxito el año pasado y traducido a 17 idiomas. Hoy quiero hablarles de un aspecto que les servirá para aprender a ser mejores sombras. Se trata de la autoestima, la cual definiremos como la capacidad de una sombra para quererse a sí misma –dijo, como si estuviera formando a los presentes en los vericuetos de la venta piramidal-. ¿Por qué no nos queremos en ocasiones? -cuestionó al alumnado de esperpentos-.

¿Porque somos una maldita tiniebla? -replicó una especie de eclipse, de un modo contestatario-.

No, mi querido congénere -se apresuró a responder-, no nos queremos porque nos creemos inferiores a los demás, en este caso, a los cuerpos -sentenció-. Pues bien, yo os digo que la solución está en nosotros mismos. Nadie es superior a nadie, es un principio que debemos tener presente. Tenemos que analizarnos y descubrir aquellas cualidades que caracterizan nuestra forma de ser sombra, y potenciarlas. Por ejemplo -y enumeró- la discreción, la lealtad y el servicio a los demás. ¿Discreción? –explicó- porque como acompañantes no corpóreos, observamos y callamos por naturaleza. ¿Lealtad? –prosiguió- porque siempre nos debemos al cuerpo u objeto al que hemos sido asignados. ¿Servicio a los demás? –concluyó- porque nuestra misión no es otra que proporcionar sombra. Estas cualidades han de servirnos para afianzar nuestro amor propio –finalizó y acto seguido preguntó si alguien tenía alguna duda-.

Ahora ya sé por qué me han despedido tantas veces, profesor sombra –exclamó un clandestino al que dirigieron su mirada todas las visiones-. Me explico –dijo casi con orgullo-. Yo he faltado en repetidas ocasiones a esos tres principios.

Cuéntenos por qué querido amigo –replicó el profesor-.

A ver –dijo el penitente una vez levantado de su asiento- creo que no he sido discreto, ni leal, ni me he dado a los demás.

¿Puede ser usted más concreto, amigo? –interrumpió el sociólogo-.

Seré breve y conciso –respondió el osado halo-. Solía estar asignado a cuerpos del más alto nivel, ya saben, miembros del gobierno, realeza, etcétera. Todo el santo día presenciando conversaciones de alto nivel, secretos de estado y esa clase de cosas, también líos de faldas. Un día un reportero de uno de esos tabloides, ya saben, prensa amarilla, me propuso sacar a relucir ese tipo de cosas a cambio de varios millones de sombretes. Y claro, ¿cómo iba a rechazar semejante oferta? –declaró enfáticamente-. Tengo una familia, ¿sabe? –quiso defenderse, ante las miradas de repulsión de la mayoría de espectros-.

¿Así que ha traicionado usted la confianza de quienes le habían adoptado como sombra? –preguntó muy serio el profesor-.

Sí, lo hice –contestó-. Era la ocasión de mi vida, amigos –dijo a una audiencia que se manifestó con voces divididas-.

Es usted muy valiente al declararlo aquí públicamente –replicó el profesor-. ¿No teme represalias?

Ahora soy una sombra jubilada, ¿sabe?, estoy fuera de la circulación, finito –contestó el clandestino con cierto desahogo-.

Aquí no juzgamos a nadie –manifestó el profesor sombra-. Sólo espero –añadió- que la historia que nos ha contado esta tiniebla, nos sirva a todos para reflexionar sobre lo que está bien y lo que está mal del hecho de ser sombra. Ha sido un testimonio muy revelador –concluyo-. Muchas gracias.

Gracias al profesor sombra –se apresuró a decir la sombra moderadora antes de que el asunto se le fuera de las manos-. Hemos llegado al final de la sesión. Gracias a todos y hasta la próxima vez.

Un momento... que nadie se mueva –amenazó estruendosamente una voz que invadió toda la estancia, como si la mismísima sombra Dios les hubiera dirigido la palabra-. Suerte que no me fui del todo –dijo la potente voz, ahora ya reconocible para los presentes-. Este esperpento que les ha contado con descaro sus fechorías acaba de proporcionarme la detención de mi vida –agregó con cautela-. Llevábamos años detrás del contorno corrupto que puso en peligro nuestro país con sus indiscreciones –explicó a un acobardado público deseoso de salir de allí sano y salvo-. Es mi día de suerte –espetó la voz y dio una carcajada-. Llevaré a este esbirro ante la justicia para que responda ante ella de los delitos que ha cometido. ¿Y luego saben qué ocurrirá? –dijo regocijándose-. Que seré condecorado por ello –añadió-. ¿Y saben cómo? –insinuó-. Se lo diré a ustedes: muy probablemente seré recompensado con la vuelta a la visibilidad –afirmó y todas las sombras dirigieron sus estelas hacia arriba imaginando la posibilidad de un milagro-. Después de todo –terminó de decir la voz secreta- ha valido a pena asistir a esta reunión de sombras.

La marea de penumbras comenzó a disolverse con gran alboroto, chismorreando unos con otros.

¿Quieren ustedes callar y circular ordenadamente sin provocar disturbios? -vociferó la sombra que había sido agente de la circulación-. Es que ya no hay respeto a la autoridad -se quejó entre gruñidos-. A ver quién tiene -masculló- la oscuridad suficiente como para decirme que tengo mala sombra...
©Ignatiusmismo 2006.