22 noviembre, 2010

Si me sueltas entre tanto viento, ¿cómo voy a continuar?

28 enero, 2010

J.D. Salinger (1919-2010)


"Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso..."
                                                    
- El Guardián entre el centeno (1951)

Relato relacionado:  Cornish, New Hampshire.
 

30 noviembre, 2009

Fábula, la huella de Iván Mur y Pablo Cebrián

Encantamiento.-
(del latín encantamentum)
1. m. Hechizo logrado por medio del canto.


"Alma llora, tú llora sin decir adiós, llora hasta llenar la grieta que se abre al marchar..." (Letra de la canción Frontera)
"Visitad su Myspace. Han publicado un blog donde lo dicen... bueno, lo dice Pablo…“
“Pasaros por el Myspace porque Pablo está colgando caras B y rarezas para despedirse...”
 
"Pongamos que es diciembre en la mañana", así comienza la letra del tema Laberinto. Y fue un sábado de diciembre por la mañana, a sólo diez días para la navidad de 2007, cuando se dio a conocer la noticia. Fue a través de una escueta nota publicada en la página del grupo en MySpace. “Os escribo para daros una mala noticia” —rezaba el comunicado firmado por Pablo Cebrián— “Fábula desaparece de manera indefinida e irrevocable” —sentenciaba. “He intentado desde hace mucho tiempo que esto no pasara, pero todo tiene un limite y os aseguro que hay situaciones que son insostenibles” —añadía de forma contundente. "Ojalá en un futuro se den las circunstancias para volver pero ahora es imposible" —explicaba. "Esta ha sido una de las decisiones mas difíciles que he tenido que tomar pero estoy seguro de que es la correcta” —reconocía Pablo, aportando así una leve pista sobre la posible unilateralidad de semejante decisión. “Un abrazo fuerte a todos, os quiere. Pablo”  —concluía.

Para los seguidores del grupo Fábula -toda una revelación en el panorama musical español desde su lanzamiento en 2005– aquel comunicado significó un duro golpe que los dejó completamente atónitos. Las reacciones no se hicieron esperar. A medida que la noticia se fue propagando por los foros musicales de Internet -el territorio donde sus canciones habían ido calando de forma espontánea- los comentarios unánimes de sorpresa y disgusto se multiplicaron en cuestión de horas. La estupefacción por la despedida dio paso a toda clase de especulaciones sobre los motivos que pudieran haberla causado. Es cierto que Fábula no había conseguido triunfar pero no es menos cierto que su música ganaba adeptos cada día. Bastaba con escuchar alguno de sus temas para darse cuenta de que se trataba de una banda con un concepto musical diferente a todo lo demás que uno podía escuchar en España, con ese sonido lánguido y esas letras amargas. “Es una gran lástima que estos chicos se separen”  —escribió alguien en Youtube tras conocer la noticia—. “Espero realmente que se trate de un bache temporal y que sigan juntos, porque Fábula es un proyecto tan mágico y cálido que no puede quedarse en dos discos tan solo, aunque ya sabemos que en los tiempos que corren, quienes merecen la pena de verdad son vilmente infravalorados.” —declaraba—.

Pero, ¿qué es lo que había sucedido?, ¿por qué se habían separado? Seis meses después de la salida al mercado de su segundo álbum, la ruptura parecía algo improbable, sin embargo la procesión debía de ir por dentro. Iván y Pablo se separaban en diciembre de 2007, sin aviso previo, sin un concierto de despedida, sin que sus seguidores hubieran tenido tiempo  de encajar esa inamovible decisión, con la que ambos arrancaban de cuajo del panorama nacional sus grandes posibilidades como conjunto musical, llevándose con ellos la llave de una sonoridad universal que no tuvo suerte en su empeño de llegar al público de masas. Seguramente ellos se  habían dado entre sí suficientes oportunidades para arreglar lo que al parecer no tenía arreglo. Sin embargo sus seguidores, confiados en que la banda gozaba de un brillante porvenir, permanecían ajenos a  semejante inestabilidad interna. "Qué pena que se separaron, perdí la oportunidad de verlos en concierto... y ya nunca volverá" era una queja generalizada en la red. Sus videos aún permanecen colgados en YouTube, adornados por docenas de comentarios de aliento, de pena, de estupor. Sus dos álbumes, que ya no figuran en el catálogo online de Warner, se resarcen de su escasa distribución gracias al trasiego de descargas p2p. Y las elogiadas letras de sus canciones pueblan distintas páginas de internet, como pequeños tesoros de la poesía contemporánea. Antes de separarse, Iván y Pablo tuvieron tiempo de dejar un enorme legado, una colección de canciones repletas de poesía y musicalidad, una obra dotada de vida propia que sigue cumpliendo con tino su cometido de atrapar entre sus redes a todo aquel que se cruza en su camino.

“Recuerdo cuando salía de fiesta por La Laguna” —recordaba un seguidor del grupo— “y me cruzaba con Iván Mur, el vocalista. Y nos íbamos a tomar unas copas y siempre hablando de música y de como Pablo trabajaba de Dj en un pub y casi siempre al verme ponía el tema Roxanne, jaja”. Para entender el fenómeno del grupo Fábula conviene situarse en el contexto geográfico en el cual vio la luz. Y todo nació en la ciudad de La Laguna, en Tenerife. La Laguna es la ciudad universitaria de Canarias. El ambiente cultural marca el pulso de sus calles milenarias y el bullicio se adueña de la noche en el "cuadrilátero", la zona de marcha siempre atestada de estudiantes, de rockeros, de poetas, de músicos de jazz., de artístas plásticos. En ese escenario  nació un pequeño conjunto de pop-rock. No tenían demasiadas pretensiones ni tenían prisa por llegar a ninguna parte, sólo querían hacer las cosas a su manera. Empezaron tocando en garajes, luego en locales de copas y con el tiempo dieron el salto a Madrid y publicaron dos álbumes. Pero lo que se dice triunfar, no llegaron a triunfar nunca ni se convirtieron en un fenómeno de masas. Y sin embargo, hicieron leyenda.

Pablo Cebrián (nacido en Tenerife) e Iván Mur (nacido en Madrid, criado en Caracas y afincado en La Laguna) comenzaron a componer juntos allá por el año 1998. “Nosotros tocábamos en distintos grupos”  —explica Pablo en una entrevista— “y coincidimos en un tributo a Pink Floyd. Iván tocaba el teclado y yo la guitarra. A partir de ahí empezamos a quedar, y un año y medio después creamos nuestra sociedad”. Fábula surge de esa química entre dos personalidades creativas muy distintas que confluyen en un objetivo común. “Veníamos de una riqueza musical dispar, porque Pablo venía de otras bandas y yo de mi mundo musical”  —expone Iván— “y esa unión hacía que prácticamente sin mirarnos hubiese lenguaje musical e improvisación musical”. El dúo reconoce toda clase de influencias. En sus temas resuenan ecos del rock anglosajón (Radio Head, Jeff Buckley, Coldplay, Muse), del rock argentino (Fito Páez, Soda Stereo, Spinetta) y del rock nacional (Héroes del Silencio, Radio Futura). “Iván por ejemplo” —dice Pablo— “traía y me lo inyectó a mí un bagaje musical del rock argentino y ese tipo de canciones y melodías muy a lo Beatles. Y era una cosa que me sorprendía mucho, y eso que yo en el rock estaba muy curtido porque llevaba haciéndolo mucho tiempo”. El común afán perfeccionista les llevó a tomarse su tiempo para componer y afianzar un estilo propio. “Nos encerramos en una montaña un año y pico haciendo canciones, canciones, canciones…” —recuerda Pablo—. Pasaron los años, hicieron maquetas, actuaron en Tenerife y así fueron rodando el proyecto musical. Pero no fue hasta 1994 cuando decidieron dar el salto a Madrid. Una de sus muy trabajadas maquetas llegó a manos de Vicente Mañón, quien luego sería manager de la banda, quien se mostró sorprendido por la calidad de la producción y en menos de dos meses logró el interés de Warner Music, que dio luz verde a la publicación de un primer álbum. “La gente flipó por el hecho de que no nos hubiéramos dado a conocer, sin embargo, nuestra filosofía, no sé por qué, era hacer canciones hasta que nos dimos cuenta que teníamos cincuenta”. Tras años de paciencia y esmero, ambos sabían que estaban preparados para asumir el reto de presentarse a lo grande. Era algo con lo que habían soñado a lo largo de los siete años de intenso trabajo. Estaban listos para un debut sorprendente.

En enero de 2005 Fábula dio a luz “Círculo Vital” (Warner Music) bajo la producción musical asociada de Ismael Guijarro y grabado enteramente en Madrid en los estudios Cincomas Music, PKO y Sintonía. Guijarro, guitarrista y productor sevillano, permanecería desde ese momento ligado al destino de Fábula, realizando un trabajo muy eficiente en la sombra. “Círculo Vital” es en sí un recopilatorio de “grandes éxitos” de los años de rodaje del grupo. El álbum constaba de 14 temas, todos ellos muy cuidados, de entrada fácil y a la vez complejos, canciones que se mueven por la delgada línea que separa a luz de la oscuridad, con letras muy precisas  que reflejan un existencialismo de evocación onírica, textos que hablan más de lo que fue que de lo que es o lo que será (como Despertar), poesía urbana capaz de lograr  la identificación del oyente, donde Iván y Pablo se rodean de Marcelo Fuentes (bajo), Marcelo Novati (batería) y Jesús Hita (Guitarra). El resultado artístico es ejemplar: está lleno de amargas melodías, con una instrumentación copiosa y unos arreglos preciosistas, conformando un lenguaje muy elaborado como antes no se había visto en el pop-rock español. Hay un algo, un valor añadido en el sonido de Fábula que lo hace especial, como si su música conectase con las fibras menos exploradas de nuestro oído para instalarse en un lugar escogido de nuestra memoria.

Fábula: Perdón - Letra

“Lo sorprendente de Fábula es que te sorprenden” —escribía un crítico a propósito de Circulo Vital—. “Pocos artistas irrumpen en el mercado con una colección de canciones tan mágicas, diferentes y sorprendentes. 14 canciones llenas de lirismo, con una instrumentación lujosa y envuelta en un halo de misterio. Su primer single Perdón está causando sensación en todas las radios y pronto su directo impactará a toda España. Círculo Vital está destinado a ser uno de los discos más importantes del año y Fábula son ese grupo que hace una música diferente y especial que todos estábamos esperando. Sin duda, uno de los discos de 2005". Además de Perdón, el álbum contenía otro tema con mucho tirón -La Cal- cuya letra caló muy hondo entre los fans del grupo: "Soy como la cal para la arena, un lobo de mar con la luna llena, si la nada acecha allí estoy yo, si me esperas nunca llego". Sin embargo, los resortes más indicativos del mágico sonido de Fábula se revelaban en el tema Destino, donde Iván Mur exhibe con vigor pinceladas del poderío escénico que le caracteriza como el gran vocalista que es, como se puede comprobar en esta actuación de 2005 en el programa de la 2 de TVE, Los conciertos de Radio 3.

Fábula: Destino - Letra

Y el premio a esta singularidad no tardaría en llegar: los chicos de Fábula fueron elegidos por R.E.M. (que habían escuchado su disco) como teloneros de sus cuatro conciertos en España de presentación de Around the Sun, programados para mayo de 2005. "Para nosotros entrar en su escenario fue una invitación brutal" —recuerdan Iván y Pablo— "aprendimos mucho de como afrontar grandes retos  como es tocar delante de 30.000 personas". El mismo Michael Stipe pidió aplausos para ellos en todas las actuaciones y les dio las gracias ante el público de Zaragoza. Aquello significó un reconocimiento a la universalidad del sonido de Fábula. Ese mismo año escribieron Signos, el hermoso tema principal de la película Oculto, -un thriller psicológico de Antonio Hernández sobre la desorientación sentimental de las parejas- que fue grabado por la Orquesta Sinfónica de Madrid bajo la dirección de Joan Albert Amargós. El diario El País se hace eco de la canción, calificándola como una de las obras más bellas escritas para una película del cine español.

Si Fábula es la suma de dos sensibilidades musicales que convergen en un territorio común, entonces Pablo representaría la parte más cerebral e Iván la parte más visceral del proyecto. Esto naturalmente trasluce en las composiciones de la misma manera que se deja ver en escena. A Pablo lo descubrimos detrás de los sonidos, de lo arreglos y de la técnica de producción; Iván pone rostro al discurso musical, encargándose de vender el producto con solvencia. Pablo Cebrián toca la guitarra, el bajo, los teclados y se encarga de las programaciones; e Iván Mur lleva la voz cantante, si bien también toca guitarras y teclados. Por tanto en Fábula confluyen el talento creativo y técnico de Pablo con  el personalísimo sello vocal y la garra interpretativa de Iván. El uno tal vez más discreto, cerebral y equilibrado, siempre más en segundo plano, y el otro más en primera línea, tremendamente sensual, temperamental y díscolo. "Iván no se deja nada para otro día cuando está sobre el escenario" —explica Pablo a propósito de las cualidades de su compañero. "Estoy enamorada de la voz de Iván Mur", declaraba entusiasmada una admiradora.

El 20 de marzo de 2007 salía a la venta Crisálida, el segundo y muy esperado álbum de Fábula. Esta vez Iván y Pablo se habían tomado dos años para la gestación, un periodo más ajustado a los cánones de producción para una banda que pugnaba por hacerse un hueco en el mercado. Y Crisálida denotaba ante todo madurez, era un trabajo más acústico que el anterior, dando relevancia al aspecto más íntimo de Fábula sin dejar de ser fiel a los cánones característicos del dúo canario: letras alegóricas arropadas por entramados sonoros recurrentes en los que predomina la tonalidad menor. En palabras de Pablo: "este álbum simboliza la evolución, la metamorfosis, la portada refleja una mariposa que alberga en su centro restos de la crisálida, nosotros hemos madurado y aprendido en este tiempo, pero nos gustaría poder preservar una parte inocente, siempre necesaria en cualquier creación". En su primera semana de lanzamiento, Crisálida no logró colocarse en la lista de los 100 álbumes más vendidos. Sin embargo, es algo que a Pablo no le sorprende en absoluto: "Creo que en España, a diferencia de otros países como Reino Unido, no hay un sitio claro para nuestra música, somos demasiado raros para los canales comerciales y demasiado melódicos para los canales underground, no encajamos en festivales tipo 40 principales  ni tampoco en Benicassim, según sus organizadores, claro". Y da un paso más para lanzar un mensaje esclarecedor: "Si en todos sitios fuera así, grupos como Oasis, Blur, Coldplay o Radiohead no hubieran salido nunca".


 Fábula: Vendrá - Letra
La presentación del segundo trabajo estuvo arropada por otra gira que constaba de una veintena de recitales. Parte de mí, una balada llena de sensibilidad con una letra certera, sería el primer single. Para su lanzamiento se realizó un vídeo muy cuidado, con animaciones digitales basadas en las creaciones artísticas del artista multidisciplinar José Luis Serzo -amigo de la infancia de Pablo Cebrián, con quien compartió grupo como baterista- y a la postre encargado de todo el diseño gráfico de este segundo álbum. Para explicar dicha colaboración Pablo recuerda que el pintor refleja un universo que les es afin y establece un paralelismo entre las trayectorias a contracorriente de Serzo y de Fábula. Con esta puesta en escena, Warner quiso colocar a Fábula en las radiofórmulas, algo que al grupo no pareció convencerle demasiado.  "Para nosotros todos los temas podían ser single, no fue una decisión nuestra" —afirman—, "defendemos la frase que dice que si no quieres que un tema sea single, no lo presentes a la compañía". A algunos de sus fans esta decisión les creó dudas, pues echaron de menos el sonido más underground del primer álbum, que aquí parecía dar paso a  un mayor convencionalismo, así que tuvieron que hacerse con el álbum y escarbar en él para que saliera lo que esperaban de Fábula, algo que también estaba en este trabajo, sólo que adaptado a la nueva realidad mercadotécnica de acuerdo con las exigencias de la discográfica. El último recital de Fábula tuvo lugar en la Sala Costello de Madrid el 23 de junio de 2007. Nada hacía presagiar lo que luego sucedería.
Fábula: Parte de mí - Letra
Una década después de iniciar su andadura, Pablo e Iván se separaban con la misma discreción de la que hicieron gala siempre, sin hacerse notar, dejando una honda huella en lo musical y algunos rastros en internet de su corta andadura. "Y ahora Soledad, ¿a qué jugarás?"—se preguntaba una seguidora— "ahora que se han evaporado por cuestiones internas, dinos Soledad, ¿qué nos queda ahora? De cara a la pared castigados observando como se diluye nuestro Círculo Vital llamado música". Sobre las causas de la ruptura poco o nada se ha dicho públicamente, aunque de las palabras de Pablo en MySpace puede intuirse una situación de profundo desencuentro arrastrado hasta el límite.  "Qué lástima que Iván Mur y su temperamento huracanado hayan hecho que Fábula pase a la historia" posteó un fan en un periódico de Tenerife tras conocerse la noticia de la ruptura. Mucho más crudo resulta este otro comentario: "Es una pena, aunque Pablo tiene toda la razón" -comentaba en un sitio web alguien supuestamente conocedor de los entresijos de la banda "lleva mucho tiempo tirando del carro pero Iván es insoportable". Una entrevista concedida por Fábula a la web musical ritmic nos ofrece pistas sobre el rumbo de las cosas. En un momento dado de dicho encuentro, le piden a Pablo que defina la personalidad de Iván, y él dice: “Iván es una persona que tiene mucha energía y que está en el camino de utilizarla correctamente”. Y añade que “Iván es como un niño ilusionado, eso a veces es una virtud y a veces tú peor enemigo, pero la música es la terapia para todo”. Declaraciones que dejan entrever un tono algo paternalista, detrás del cual podría esconderse ante todo una queja. Y el propio Iván parece corroborar lo anterior al ser preguntado sobre Pablo: “Pablo es un fenómeno, un monstruo, un amigo y una gran persona. Yo soy como un niño y Pablo siempre ha estado allí, ha sido mi mano derecha y mi hombro, ha sido mis ojos muchas veces cuando yo estaba ciego porque he mirado con otros ojos. Es mi brazo de apoyo y mi muleta para encontrarme como persona”.

Es sólo un recurso literario, pero una "segunda lectura" del video que grabaron para el tema Alud ofrece una metáfora muy significativa a propósito del orden interno imperante en Fábula: La cámara, fija, está situada en lo alto de un semáforo, dando un plano picado y con poca luz de Iván (de increible parecido aquí con el igualmente rebelde Joachim Phoenix), que aparece fantasmagórico delante de nosotros cantando Alud, de noche, en plena calle. Suena la música. Pablo no está en escena. Por detrás de Iván circulan vehículos que se detienen cuando el semáforo lo indica, dando paso a la gente que cruza. El plano tiene cierta profundidad de campo, así que pueden adivinarse sombras al otro lado del cruce. Iván se mueve muy sensual haciendo gala de su gran magnetismo en escena. Hacia el final del tema, cuando los coches se han detenido dando paso a los peatones, vemos a Pablo surgir desde el fondo de la imagen. Atraviesa el paso de cebra y se acerca hasta donde está Iván y le toca el brazo. Iván gira la cabeza y en ese momento Pablo le hace un gesto como de “¡venga tío, vámonos, que siempre tengo que tirar de ti!”. Luego se da media vuelta y regresa sobre sus pasos antes de que el semáforo cambie. Iván sigue a su bola  unos  instantes más y, cuando él lo decide, echa mano de su maleta y tirando de ella camina para encontrarse con Pablo, momento en que el video concluye.
Fábula: Alud - Letra 
Tras la ruptura, las trayectorias de Pablo e Iván han seguido caminos muy distintos, aparcado o tal vez enterrado definitivamente el proyecto de sacar un álbum con todos los descartes de Círculo Vital y Crisálida, que son más de 30. Queda la página en MySpace del grupo, como museo donde ir a rememorar las hazañas musicales de Fábula, virtualmente coronadas por enlaces a artistas de la talla de Keane, Coldplay, Metallica o Greenday, que con su presencia ponen sello de calidad al universo construido por la banda tinerfeña.

Sobre el rumbo tomado por Iván Mur planea un vacío, pues hasta el momento no ha presentado ningún proyecto musical en solitario. "Quizás  si cambio de camino, encontraré el fin del Laberinto que crucé", cantaba casi premonitoriamente Iván en el tema Laberinto. Desde febrero de 2008 tiene su propia página en MySpace, y ha realizado algunas colaboraciones,  la más reciente con el crooner malagueño Toni Zenet, algo que anteriormente había hecho con el cantautor Patricio Barandarian en su trabajo Murciélagos. Su rastro público más reciente en la red data de agosto de 2008, cuando el vocalista comentó en Youtube el vídeo de una chica en el que ésta va escuchando el tema Vendrá mientras conduce por California, e Iván, haciendo uso de un pseudónimo, escribió lo siguiente: "Hola soy Iván Mur y sólo quiero decir que me encanta esta iniciativa. Mientras escucho la canción y veo el trayecto en coche, es como ir contigo. ¡Gracias por hacerme recordar momentos increibles! ¡Un abrazo!". Es todo a propósito de Iván, y cabe decir que no resulta muy normal que un cantante con tanta garra y personalidad no haya rehecho su carrera en un panorama nacional siempre ávido de figuras carismáticas. Y artistas como Ivan Mur no salen todos los días.

En el caso de Pablo Cebrián, su trayectoria tras la separación ha transcurrido sin respiro, confirmando así las grandes expectativas despertadas por su capacidad multifacética. El guitarrista , que no ha dejado de escibir toneladas de canciones, ha enfocado además su enorme talento hacia la producción musical, fundando Cinco Mas Music junto a su inseparable Ismaél Guijarro, y produciendo a artistas como María Toledo, Carmen París, Georgina, Marwan, Agustín Ramos, Idaira o Gastelo, entro otros. Sin embargo, hay otro campo creativo en el que Pablo se ha forjado un nombre: el audiovisual. Su versatilidad le ha abierto las puertas de Antena 3, componiendo sintonías para cabeceras de la mayor parte de sus programas y canales (incluidos Neox y Nova), como Antena 3 Noticias, Cara a Cara Elecciones 2008, Espejo Público, La Ruleta de la Suerte, Champions League, etc. "Llegué casi por casualidad" —comenta Pablo en la entrevista más reciente que ha concedido— "pues a cada programa optamos casi veinte músicos en igualdad de condiciones. Cada uno presenta su trabajo y los directivos de la cadena escuchan y deciden sin saber a qué artista pertenece". Pablo comparte esa tarea con otro paisano, Julio Tejera, que cuenta en su haber con una amplia trayectoria y que había sido pianista de Fábula.Y no parece que Pablo quiera ceñirse únicamente al medio televisivo, puesto que acaba de poner música al cortometraje Palabras de Emilio Alonso, que es un homenaje a las víctimas del accidente JK 5022. Todo hace pensar que Pablo tiene un brillante porvenir en el medio audiovisual. En el reportaje en cuestión, publicado en febrero de este año en el diario La Opinión de Tenerife, Pablo vuelve a dejar claro que el asunto de Fábula es ya un caso cerrado: "No hay posibilidad de recuperarlo. Iván Mur y yo hemos seguido caminos dispares". En la misma entrevista, y en relación a un posible futuro proyecto discográfico en solitario, Pablo afirma que "sé que pronto tendré ganas de subirme a un escenario", para a continuación adelantar que llegado el caso le gustaria hacerse acompañar por una voz de mujer.

El curso del tiempo hace mella en toda manifestación artística. Cambian las tendencias, surgen nuevos sonidos, aparecen otros faros musicales a los que seguir. Y tal vez todo ello juege en contra de la preservación del fenómeno "Fábula". Probablemente Pablo Cebrián continúe creando y produciendo,  prevaleciendo eso al deseo de volver a subirse a un escenario. Posiblemente Iván Mur encuentre una compañía adecuada a su temperamento y eso le devuelva a su hábitat natural, los directos. Tal vez con los años "Fábula" permanezca como un recuerdo imborrable en el imaginario de una minoría. Y Sin embargo quienes acompañaron a Iván y Pablo en su aventura frustrada, seguramente seguirán teniendo la sensación de haber formado parte de un fenómeno que dejó huella.

09 abril, 2009

Brooklyn Follies

Imagen: David Martín / Flick-r: SalaBoli.

Qué quieren que les diga. Habría dormido el resto de la mañana de no ser porque mi vieja me ha despertado dando voces desde el otro barrio…

—¿Seymour?… ¿Seymour?… ¡Espabila holgazán!

¿Lo han oído, no? Pues esas fueron sus malditas palabras, ni una más ni una menos. Estaba la mar de entretenido soñando con esa actriz con enormes pechos, ¿cómo diablos se llama? —bueno, da lo mismo— cuando de repente esa condenada voz me ha sobresaltado. Por desgracia no tengo un sueño demasiado profundo, ¿saben? No, no lo tengo. Hace años que me cuesta dormir debido a los gajes del oficio. Un tipo en mi pellejo tiene que estar vigilante las veinticuatro horas del día, ¿entienden? ¡Ah, que les da igual! Pues les diré una cosa muy en serio: en este negocio nunca sabes cuándo van a venir a aguarte la fiesta. No, no lo sabes. Puedes estar en el mismísimo retrete o en la fiesta de graduación de tu hijo que a esos tipos les importa todo eso una mierda. Ellos saben muy bien lo que tienen que hacer, ¡vaya si lo saben! Son verdaderos profesionales. Así que cuando llega la hora de hacer un trabajo, esos tipos no pierden el tiempo haciéndose preguntas estúpidas. No. Ellos van y lo hacen. No sé si me entienden. Y una vez se han deshecho del fiambre entonces se lavan las manos y luego van y se comen un buen bistec con patatas acompañado de media docena de cervezas bien frías. Las cosas funcionan así en este negocio, al menos en Brooklyn. En fin, no quiero cansarles con chorradas que no les incumben. La cosa es que mi vieja se ha propuesto amargarme la existencia, como si no tuviera yo suficiente con salir a la calle cada día y regresar a casa con vida. ¿Me explico? ¡Eran sólo las jodidas doce y media cuando me ha despertado! ¿Les parece normal algo así? Pues a mí no, ¿queda claro? A ella le gusta fastidiar, eso lo sé de sobra. Es capaz de sacarme de la cama a horas intempestivas sólo para hacerme partícipe de alguna de sus chorradas. Ya sé que en el otro mundo no hay gran cosa que hacer. ¿Y a mí qué diablos me importa? Menos mal que, aprovechando que estaba amodorrado, decidí olvidarme de ella y seguir con lo mío.

—¿Es que no me has oído, Seymour? ¡Levanta ahora mismo!, ¡maldito desgraciado!

Lo bueno dura poco. Es lo que solía decir mi tía Marsha cuando su marido —el tío Tommy- volvía a casa apestando a alcohol después de haber dejado de beber por una temporada. Mi vieja no suele darse por vencida a la primera, ¿me siguen? Ella sabe muy bien cómo dar la vara para conseguir sus propósitos. ¡Ya, bueno!, sé lo que están pensando. Lo sé de sobra. Pensarán que mi gozo en un pozo, ¿no es eso? Menudos espabilados son ustedes. Pues sí, mi vieja insistió. Y lo hizo justo donde más me duele, fastidiándome el puñetero sueño. En fin, era algo de esperar. Apuesto a que para ustedes tampoco sería fácil permanecer ajenos a sus estupideces a menos que se cortaran las orejas y las guardasen en una caja fuerte para luego arrojarla al agua desde el muelle 41. Además, se supone que ella sabe cómo llamar la atención, ¡ya lo creo! En eso no le gana nadie. Era su especialidad cuando estaba viva. Pregúntenle a mi viejo, él les dará detalles. Bueno, mejor que no lo hagan, es mejor que no. ¿Alguna cuestión más? Ah, sí. Supongo que encontrarán todo esto un tanto absurdo, ¿no es así? Sí, bueno. Y probablemente se preguntarán cosas al respecto. Seguro. Se estarán preguntando lo que cualquier persona en su sano juicio se preguntaría, ¿a que sí? Y claro, querrán averiguar en este mismo instante cómo es que mi vieja –que se supone que está criando malvas desde hace años- puede comunicarse conmigo desde el puto infierno. ¿No es eso? Ya, bueno. Les diré una cosa: yo también me lo pregunto, más veces de las que puedan imaginar. Es una larga historia, ¿saben? Ustedes en realidad no tienen ni pajolera idea de todo esto. Y añadiré algo más: mejor que no quieran escuchar nada más sobre este asunto.

—¡Seymour!, ¿con quién demonios hablas? ¡Haz caso a tu madre de una puñetera vez, mal hijo!

Ahí lo tienen: ¡un alma en pena que va a su puta bola! Sería mejor levantarse y preparar café. ¡Maldita sea! Pues sí que la tenemos buena. Yo sólo quería seguir durmiendo y gozando de mi erección matinal, ¡joder! Sí, dije erección, ¡qué pasa! ¿Es que acaso un tipo como yo no puede amanecer duro como una piedra? ¡Válgame dios!, ¡pues claro que puedo! ¿Quién me lo impide? ¿Tienen ustedes la más remota idea de cuánto hace que no…? ¡Buf! ¡Una semana ya, joder! Creo que un día de estosdebería poner orden en este asunto. Pero ya ven, así están las cosas. Ahora ya no pegaría ojo ni por asomo sabiendo que mi vieja me acecha. No me conviene, ¿comprenden? Bueno. Ustedes qué diablos van a saber. A ustedes esto les suena a chino y además la erección se me ha ido a tomar por… bueno, qué le vamos a hacer. La cosa es que, una vez que mi vieja me hubo despertado, abrí los ojos como platos para asegurarme de que ella no estaba de cuerpo presente, eso me habría hecho saltar de la cama, pueden estar seguros. Así que al no verla en la habitación volví a cerrar los ojos, a ver si así me la quitaba de encima y podía seguir dando una cabezada. Pero no, no ha habido maldita suerte.

¡Seymour!, ¿qué es ese bulto que tienes entre las piernas?... ¡Eres peor que tu padre cuando lo conocí! ¡Desvergonzado!

¿Ven lo que digo? Mi vieja es como un jodido dios que está por todas partes y no hay forma de librarse de sus condenados sermones. Como si no hubiera tenido bastante con las malditas charlas del reverendo Goodward cuando yo era un crío. Sí, el reverendo Goodward. Qué gran tipo. Era un ser generoso al que podías sacarle cualquier cosa. Cualquier cosa dentro de sus posibilidades, claro. Y Qué paciencia tenía. Se preocupaba continuamente por encauzarnos, a sabiendas de que nosotros —los chicos de los barrios desfavorecidos de Nueva York— estábamos condenados a delinquir para ganarnos la vida. Sí, el reverendo Goodward. No hace mucho supe de él: lo habían enchironado por abuso de menores al muy cabrón. Supongo que en algún momento abandonó los sermones para pasar a la acción. Cosas que pasan. Como él mismo solía decirnos cuando cometíamos alguna fechoría: el señor a veces escribe con renglones torcidos.

—¡Cierra esa sucia boca y escúchame, chico! ¡Tengo que decirte algo importante!

En fin, el espíritu de mi vieja seguía dale que dale a la lengua y a mí ya me zumbaban los putos oídos de oír aquella puñetera voz de ultratumba. Así que no tuve más remedio que desperezarme y prestar atención a sus rumores. Aunque esto último sin dárselo a entender en ningún momento, claro. No tenía ni la más mínima intención de que se le subieran los humos más de la cuenta. Así que me incorporé y me puse los malditos pantalones y luego me agaché a buscar los zapatos debajo de la cama pero, ¡maldita sea!, allí no estaban.

—¡No están ahí, idiota! ¡Los dejaste anoche en el cuarto de baño porque apestaban! ¡Te enseñé a hacerlo cuando no eras más que un renacuajo!

¡Joder!, ¿les parece gracioso que el fantasma de una chiflada eche por tierra la reputación de alguien de su propia sangre, eh? Pues a mí no. No me hace maldita gracia. Es más, lo considero un golpe bajo. Pero bueno, ya estoy acostumbrado a su sarta de burlas. En vida no hacía otra cosa que reírse de mí, sobre todo cuando las esposas de los muchachos estaban delante. Ella solía disfrazarme con la ropa de ir a la iglesia los domingos para exhibirme como un mono de circo delante de aquellas mujeres gordas y enjoyadas, auténticos bocoyes cuya vida estaba consagrada a mimar matones y criar futuros delincuentes. ¡Ya, claro! Es mi vieja, ¿no? ¿Y qué? Eso no le da derecho a amargarme la vida cada vez que le venga en gana. Imagino que tendrá cosas que hacer en el puto purgatorio en vez de perseguirme a mí todo el santo día, ¿no? Ustedes no me conocen pero les diré cómo me las gasto cuando alguien intenta joderme. Bueno tal vez luego, ahora no tengo tiempo, tengo que terminar de contarles esta historia. ¡Joder!, ahora no sé por dónde diablos iba. ¡Sí, ya recuerdo! Resulta que fui al aseo a mear y luego preparé café. Una vez despierto del todo le metería mano al asunto de mi vieja. Lo que pasó es que por el pasillo me encontré con el gato y, claro, el puto animal pagó los platos rotos… ¡Gregory!, ¡vuelve!, ¡lo siento, maldita sea! ¡No era mi intención patearte! En fin, ¿no dicen que los gatos tienen siete vidas, joder? Pues si decide volver lo llevaré a que lo miren, ahora no tengo tiempo. Como les iba diciendo…

—¿Es que piensas contarles la historia de tu vida, mequetrefe? ¡Sigue perdiendo el tiempo y no escuches a tu madre! ¡Ya te arrepentirás!

Una cosa: ¿no les ha ocurrido alguna vez que están durmiendo plácidamente y de repente suena sin parar uno de esos despertadores de campana que es tan inoportuno que deseas aplastarlo de un puñetazo? Pues con mi vieja me pasa lo mismo, que cuando se pone tan pesada me dan ganas de… ¿ah, que no están de acuerdo conmigo? Bueno, me da igual que no lo estén. Ya sé que ella cuenta con la simpatía de ustedes. Por mí como si se la llevan a su casa, es más, me harían un gran favor. El mundo está lleno de tipos odiosos que son estupendos para el común de los mortales y nadie se explica por qué diablos es así. Bueno, a lo que iba. Abrí la ventana de la habitación para ventilar y de paso ojear la calle. Nada especial. Los gamberros de siempre haciendo sus fechorías, algún desahucio rodeado de curiosos y los trapicheos de ese tipo —Miles— en la esquina. Por lo demás hace un buen día, ya lo creo.

—¡Seymour!, ¡tienes que eliminar a ese tipo antes de que te liquide él a ti!

Cerré la ventana instintivamente sin ser demasiado consciente de lo que acababa de oír, hasta que las neuronas más espabiladas por el efecto del café se dignaron a darme la jodida información. Entonces exclamé: ¡Hostia puta! Y acto seguido añadí: ¡qué demonios dices!, ¡cómo!, ¡cuándo!, ¡quién!, ¿quién diablos quiere eliminarme? —pregunté pero sólo por curiosidad—. ¡Dímelo ahora mismo, mamá, que soy tu hijo!

Sí claro, sé que ahora estarán pensando que no estoy exactamente en mis cabales. Un tipo duro como yo dando pábulo a las amenazas de un maldito fantasma del más allá. Les parece increíble, ¿no es eso? Bueno. No digo que no tengan razón. Yo mismo no me tengo por un tipo muy cuerdo, que digamos. Ya saben, las drogas van haciendo su trabajo. Llevas consumiéndolas media vida y cuando quieres darte cuenta ya estás jodido.

—¡Estás asustado, eh muchacho! ¡Muerto de miedo como una liebre acorralada en su madriguera!

—¡Será zorra la maldita vieja! ¡Dime ahora mismo de dónde has sacado eso! ¿O es que quieres que me maten?… ¿Asustado yo? ¡Vah! Yo no me asusto con estas cosas, ya me conoces. Menudo soy para verlas venir. Sabes perfectamente que duermo con un 38 bajo la almohada. No quiero que cuando me llegue la maldita hora, el asunto me coja en calzoncillos y sin haber llenado el estómago lo suficiente. Es una medida que nunca está de más, lo sabes de sobra. Además tú siempre insistías en ello, ¿o es que no lo recuerdas?: ¡Seymour es hora de ir a la cama!; ¡Seymour, no olvides cepillarte los dientes!; ¿Seymour, has colocado el arma bajo la almohada?… Sí. Solías estar orgullosa de mí. Recuerdo que antes de irte al otro barrio, postrada en la cama y llena de dolores como estabas, un día me dijiste –y tú solías mentir sólo por dinero-, que no habías conocido a otro delincuente tan astuto como yo, y que podía llegar a ser un digno sucesor de mi viejo si me lo proponía. ¿Y sabes qué?, sabías muy bien lo que decías. Te habías casado con el número uno de los rufianes de Brooklyn y preparabas con mimo las cosas para cuando llegara el día de su relevo.

—¡Si tú lo dices!

Vinnie Valiente. Ése era el nombre de mi viejo. Era el gran jefe, el patriarca de todas las familias de Brooklyn, el padrino. Un gangster temido por varias generaciones de tipos duros. Les diré más: él solito liquidó al puto Giacomo Panetti mientras lo afeitaban en una barbería; y a Richie Mora después de enterarse que éste quería quedarse con los beneficios de las maquinas tragaperras; y a Santos, el jodido bocazas que le delató ante los federales a cambio de un acuerdo con el fiscal del distrito; y aunque fue lo último que hizo, también se llevó por delante al maldito Joe Mantella, el capo italiano que quería dominar la droga en los barrios más prósperos. Ninguno de esos tipos se libró de mi viejo y sus ajustes de cuenta.

Además de todo eso, mi viejo era un buen viejo y una fuente de inspiración para mí. Lo era desde el mismo día en que vine a este mundo. Comprenderán que no recuerde con todo lujo de detalles lo ocurrido el día que nací pero lo que sí tengo presente es que abrí los ojos y allí estaba él para darme mi primera lección. Había dejado plantados a los mafiosos más influyentes de la Costa Este sólo para estar presente cuando mi vieja diera a luz. Así que supuestamente abrí los ojos y mi viejo estaba allí delante de pie, de punta en blanco, agitando delante de mis narices un precioso sonajero de colores. Más tarde supe por mi vieja que el maldito sonajero mi viejo lo había tomado prestado de la cuna situada inmediatamente al lado de la mía, la de los Sanders. Mucho más tarde averigüé que el señor Sanders había tenido el amable gesto de regalar el sonajero a mi viejo mientras éste le apuntaba en la sien con un Smith & Hueson, algo que al parecer sucedió en los aseos del hospital. Qué gran tipo era mi viejo, sí señor. Yo recién llegado a Brooklyn y allí estaba Vinnie Valiente -el tipo más duro de América- jugando tiernamente con un condenado sonajero para retener la atención de su recién nacido compinche.

—¡Diles lo que me costó sacarte adelante! ¡Tu padre siempre tenía algo más importante que hacer!

Mi vieja se llamaba Miriam pero todos le decían Mir. Era esa la forma con la que se dirigían a ella sus clientes en el burdel de la calle Memphis. Aquel antro fue su casa durante la adolescencia. Se había largado de casa huyendo de las palizas de su padre -mi abuelo- al que nunca conocí porque palmó antes de que yo naciera. La cosa es que Vinnie solía frecuentar el burdel con sus muchachos cuando terminaban un trabajo delicado y necesitaban relajarse. Allí tomaban unas copas y le contaban su vida a la ramera de turno. Por lo visto una vez mi viejo estaba tratando de tirarse a una tal Karen pero cada cinco minutos uno de los muchachos le interrumpía dándole quejas de Mir. Que si la nueva no se deja meter mano, que si esa fulana es demasiado estirada y no se quiere meter en la cama conmigo. Lo cierto es que mi viejo tuvo que dejar a Karen a medias y personarse en el vestíbulo donde Mir la estaba liando gorda. Según tengo entendido mi viejo hizo que todos los muchachos se fueran a casa y entró con Mir en una de las habitaciones. Y dos horas más tarde salió de allí con ella y le dijo a la dueña, Mae, que Mir se retiraba para siempre. Luego se marcharon y fundaron un hogar como dios manda o algo así. Pueden imaginarlo: Vinnie Valiente había encontrado la horma de su zapato y -créanme- eso le había gustado. Así que mi viejo siguió siendo el tipo más duro de Brooklyn pero en casa obedecía a Mir sin rechistar, como si estuviera a sus órdenes. Era digno de ver cómo Vinnie se transformaba en el hogar. En ocasiones venía de cargarse a alguien con la ropa ensangrentada y mi vieja sin apenas inmutarse le recriminaba estar hecho un asco y acto seguido le ordenaba hacer pasta con tomate para cenar y luego sacar la basura. Un rudo mafioso capaz de liquidar a alguien sólo por cómo iba vestido, en casa era dócil como un peluche. La maldita vida tiene esas cosas. Se puede formar parte del crimen organizado y ser un buen padre y un esposo dedicado. El amor es cosa de locos, créanme.

—¡Ya lo creo!, ¡debí haber sido puta en Harlem! ¡Así no le habría conocido!

A pesar de lo que mi vieja pueda decirles, nuestra vida no ha sido una mala vida. Hemos sido consecuentes con lo que nos ha tocado vivir. Vinimos a este mundo para delinquir y vaya si lo hemos hecho. Y además hemos vivido. Nuestra casa podría decirse que era el cuartel general de mi viejo. Siempre estaba llena de gente, de tipos que iban y venían, unas veces para informar y otras para hablar de negocios. Bueno, no todo el mundo podía venir a casa, claro que no. Los muchachos tenían orden de vigilarla y velar por su integridad como si cuidaran de su propia vida. No había nada escrito. No, no lo había. Sin embargo Vinnie sabía cómo ganarse la fidelidad de los muchachos. Todos ellos vivían a costa de sus negocios así que nunca les faltó de nada. Vinnie hacía que todo el mundo se sintiera parte de su familia. Luego ellos, los muchachos, malgastaban el dinero en ropas llamativas, coches de lujo y mujeres, sobre todo mujeres. En ocasiones mi padre tenía que mediar en sus líos de faldas para evitar que alguna zorra deslenguada perjudicase la buena marcha de la organización. Así era la vida a mi alrededor mientras yo crecía.

—¿Piensas seguir mirándote el ombligo en lugar de pensar en lo que te espera, chico? ¡Ese tipo te está esperando ahí fuera!

—¡Maldita sea, mamá!, ¡dime de una puñetera vez quién quiere matarme!

—¡Está bien, chico! ¡Alguien ha puesto fecha de caducidad a tu desgraciada vida!

—¿Pero qué dices, vieja loca? —pregunté sin que el asunto me interesara demasiado.

—¡Van a liquidarte! ¡Es el final, muchacho!

—¡Mamá!, ¡no me digas eso, joder! — repliqué con firmeza para no dejar que se creciera—. ¿Quién querría hacerme eso? ¡Dímelo!

—¡Nino Mantella! ¡Quien demonios iba a ser!

—¿Y por qué iba a querer aniquilarme el maldito hijo de Joe Mantella?

—¡En realidad pensaba darte una fiesta de cumpleaños pero no sabía cuantas velas poner en el pastel!... ¿Eres idiota o estás drogado, chico? ¡Ese tipo lleva años deseando quitarte del medio para vengar a su padre!

Por un instante rondó mi cabeza un presentimiento: es el jodido final. Era algo en lo que no me gustaba pensar a menudo pero sabía que este momento llegaría algún día. Así que al escuchar aquel nombre me flaquearon las fuerzas y me puse a sudar como un condenado, sólo que en ningún momento se lo di a entender a mi vieja. No era plan, ¿saben? Cuando te dedicas a esto hay una norma que nunca te debes saltar: aunque te estés cagando encima tienes que aparentar ser un tipo duro. Además, no quería que mi vieja pensara que soy un jodido cobarde.

—¡Te estás cagando encima, eh chico! ¡Yo que tú pensaría en cómo salir de ésta!

Ser un tipo duro hace que te crezcas ante la adversidad. Eso pensé y entonces decidí que no tenía tiempo para aguantar las estupideces de mi vieja. Así que me puse en marcha. Salí a la calle, tenía cosas que hacer. Le había dicho a Frankie que me pasaría a verle para hablar de unos asuntos pendientes. Además, un poco de aire fresco me ayudaría a serenarme.

—¡Deberías coger el arma, chico! ¡Y no olvides ajustar el silenciador!

Créanme: aquella voz de vieja loca ya no hacía mella en mí, a pesar de sus tonterías proféticas. No obstante regresé a casa a por mi pistola. Un gangster sin su arma es como un garito con un reservado para jugar al póker sin una puta puerta trasera: no tienes escapatoria.

—¡Sigue renegando de tu madre, malagradecido! ¡Sabes que me necesitas, lo sabes de sobra!

Nada más salir a la calle me puse las gafas de sol. No crean que lo hice por coquetería, no. Lo hice para protegerme. No es bueno que un tipo con el que vas a tratar un asunto adivine en tus ojos lo que piensas hacerle si no entra en razón, ¿saben?

El viejo Al me saludó como de costumbre, quitándose el sombrero a mi paso. Le devolví el saludo con un gesto y eché un vistazo al interior de la lavandería. ¡Pobre Al! La gente ya no entra allí ni para trapichear.

—¡Seymour!, ¡ése tipo, el que está delante de la tienda de licores!

—¡Pero si es Frankie!, ¿qué demonios pasa con él? —dije apartándome las gafas sólo para asegurarme.

—¡Nunca te ha esperado en la calle, idiota!

—¡Joder, eso es cierto! Bueno, ¿y que? ¡Es Frankie!

Me acerqué a él para darle un abrazo. Hacía tiempo que no le veía. Me había llamado un par de días antes para quedar y charlar de negocios. Frankie era la mano derecha de mi viejo. Ahora llevaba una vida más tranquila, dedicada principalmente a las estafas. El muy cabrón robaba coches de lujo a punta de pistola y los vendía en otros Estados a tipos que no solían hacer preguntas. Los del fisco andaban pisándole los talones. Supuse que necesitaba ayuda.

—¡No te fíes de él! ¡Es un vendido!

Frankie me abrazó mientras me susurraba al oído que yo tenía buen aspecto. En este negocio las cosas funcionan así, si alguien te aprecia nunca te lo dirá a voces. Entramos en la tienda de licores. Frankie saludó a Ben y luego me dijo que estaríamos más cómodos en la trastienda. Aquí todo local que se precie tiene una segunda vida en la parte de atrás, los llamados santuarios. Si nunca has estado en uno de ellos es que no pintas una mierda en esto. Yo me pasé la infancia en los santuarios observando a mi padre y a los muchachos. Fue allí y no en la escuela donde aprendí las cosas que más me han servido en esta vida.

—¡Seymour! ¡Por el amor de dios, no le des la espalda a ese tipo!

Nos sentamos frente a frente. Sobre la mesa había una botella de Bourbon y dos pequeños vasos de cristal grueso. Frankie acercó un cenicero, encendió un cigarrillo que extrajo de su lujosa pitillera y me miró a los ojos sin decir nada. Entonces serví un trago y esperé a que dijera algo. Pero no lo hizo. Sólo me miraba con esa media sonrisa nerviosa que empezaba a ponerme enfermo. Tal vez era su forma de mostrarme respeto.

—¡No pierdas de vista sus manos, chico! ¡Y desabrocha la funda de tu arma!

Entonces Frankie abrió la boca.

—Verás, Seymour —dijo—, los del fisco me tienen cogido por los huevos. Y sólo tengo una forma de salir de esta —añadió.

Decidí permanecer en silencio. Frankie era de esos tipos a los que les cuesta manifestarse. Intuí que querría pedirme algún favor.

—Nino Mantella puede conseguir que esos tipos se olviden de mí —continuó—. Lleva años pagándoles grandes sumas de dinero para que miren hacia otro lado.

Al oír aquello bajé mi mano derecha y la situé sobre mi pierna. Él no hizo lo mismo.

—Todo en esta vida tiene un principio y un fin, Seymour —sentenció, con el cigarrillo acumulando ceniza pegado entre sus labios.

Desabroché la funda y acaricié el arma sin dejar de mirarle a los ojos. Luego le pregunté si pensaba matarme.

—Yo no —dijo—. Es cosa de Nino Mantella —aseguró.

—¡Seymour, acaba con él antes de que llegue Nino!

En ese instante sentí cómo Ben bajaba la persiana de la tienda. Eso sólo podía significar una cosa: Mantella estaba dentro.

¡Dispara! ¡Dispara! ¡Descerrájale el cargador de una maldita vez!

Disparé el arma una, dos, tres veces, impactando en el estómago de Frankie.

—¡Bien hecho, muchacho! ¡Arrivederci, Frankie!

El muy cabrón permaneció sentado, con el puto cigarrillo en la boca y la mirada clavada en mí.

—¡Seymour, a tu espalda! ¡Es Mantella!

Sentí unos pasos pero no hice nada. Sólo esperé lo suficiente para asegurarme de que se trataba de Nino.

—Veo que has hecho tu trabajo, Frankie —dijo una voz a mi espalda—. Por cierto, hola Seymour —añadió.

Era él. Lo supe por su voz aguardentosa con acento italiano. Así que no esperé. Antes de que se diera cuenta de lo de Frankie, me giré muy despacio y cuando su mirada y la mía se encontraron le pegué tres tiros que le alcanzaron en el pecho.

¡Ese es mi Seymour, sí señor! ¡Púdrete en el infierno, desgraciado spaghetti!

Mantella se desplomó quedando sentado contra a la puerta. Permanecí sentado unos segundos. Me serví una copa y me la bebí de un trago. Entonces entró Ben y al abrir la puerta apartó un poco el fiambre. Observó el panorama, se secó las manos en el delantal y luego se dirigió a mí con ese tono que tienen los tenderos cuando van a echar el cierre, como si lo sucedido le importase una mierda excepto porque le haría retrasarse en llegar a casa como de costumbre.

—Seymour —dijo—, tienes que largarte de aquí.

Me puse en pie, estaba algo aturdido. Guardé el arma y dejé cien dólares sobre la mesa. Miré a los ojos a Mantella y quise decirle algo pero no me salió nada. Tuve presente a mi viejo imaginando que al fin había honrado su memoria. Luego me largué de aquel antro.

—¡Seymour, hijo!, creo que te debo una disculpa. Me he comportado como una idiota dudando de ti. ¿Sabes, hijo?, eres el tipo más duro que he conocido después de tu padre.

—Olvídame, ¿quieres? He tenido que liquidar a dos tipos para cerrarte la boca. Espero que esta vez no me molestes más, ¿entendido?

—¡Tranquilo!, no te molestaré más! Ahora que sabes cuidar de ti mismo podré descansar. ¡Me duelen los huesos!

En el camino a casa tracé un plan para salir del atolladero. Lo había elaborado en un minuto y estaba todo bien ordenado en mi cabeza: recogería mis cosas y desaparecería por un tiempo; me iría a otro estado o tal vez a Méjico; echaría mano de mis contactos para garantizarme el anonimato; le pediría a Jerry un pasaporte falso, cambiaría de teléfono y cancelaría mi cuenta bancaria, así no dejaría rastro. Sí. Lo tenía todo muy pensado. Era un plan a lo grande. Hasta que abrí la puerta de casa para marcharme.

—¡Seymour, a tu espalda!

—¡Los Federales!, ¡lo sabía joder!… vale, tranquilos, estoy desarmado…

—¡Es Gregory, idiota! ¡Apuesto a que pensabas largarte sin despedirte del maldito gato!

—¡Joder, mamá!, ¡Por qué demonios me haces esto! ¿Sabes qué?, debí dejar que me liquidaran. Así me habría librado de ti, ¡vieja loca!

—Si te hubieran liquidado te habrías reunido conmigo, ¡imbécil! Es mejor que te lo metas en la cabeza, Seymour. ¡Vivo o muerto tendrás que cargar con tu madre!

Bueno ya lo han visto, ¿no? Ustedes han sido testigos. Por más que lo intenté no pude deshacerme de ella. No, no hubo manera. ¿Se imaginan el resto de mis días cargando con esta pesadilla?, ¿eh? Sí, ya. En realidad a ustedes todo esto les importa una mierda, lo sé de sobra. Y ahora el asunto ya no tiene arreglo. ¡Maldita sea! Debí tomarme muy en serio aquello que Vinnie me dijo cuando cumplí la mayoría de edad: “¡trata de buscar tu destino hijo o tú madre se ocupará de todo!”. Cuánta razón tenía mi viejo. Que pasen un buen día.
© ignatiusmismo, 2009.

01 abril, 2009

Hasta siempre, Maurice

Maurice Jarre (Lyon, 13.09.1924 - Los Angeles, 29.03.2009)


Me dejaste descubrir al fascinante ser humano que había detrás del maestro. Gracias por regalarme tu generosa amistad.

15 septiembre, 2008

David Foster Wallace (1962-2008)


El cronista fundamental de la nueva narrativa norteamericana se ha suicidado. David Foster Wallace fue hallado muerto por su esposa en su casa de Claremont (California). Se había ahorcado. Tenía 46 años.

Foster Wallace deja tras de sí una obra con grandes logros, pues era punta de lanza de una nueva generación de narradores experimentalistas convencidos de la imposibilidad de abordar nuestro tiempo desde un prisma meramente realista. Aupado al estrellato literario gracias a la monumental y aclamada novela La broma infinita (1996), Foster Wallace ya había despuntado en 1989 con una colección de extraños relatos titulada La niña con el pelo raro. Su estilo complejo y dilatado reunía referencias constantes a aspectos de su tiempo que le causaban desconcierto -el poder de las grandes corporaciones, la capacidad de comunicación de los nuevos medios, la manipulación de la televisión- y a los que continuamente Foster Wallace intentaba desmontar reventando sus debilidades con su prosa sarcástica.


Su vida personal estuvo marcada por su propensión a sumirse en estados de ánimo depresivos, que lo llevaron en una ocasión a pedir ser ingresado en una unidad de vigilancia psiquiatrica porque no se sentía con fuerzas para controlar su tendencia suicida.

Sobre su forma de experimentar con el lenguaje, David Foster Wallace dijo: "Lo esencial es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo muy sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada".

15 agosto, 2008

Spock


- Buenos días... le habla el servicio automático de la United Telephone Company... su número de teléfono ha sido seleccionado aleatoriamente en el listín telefónico del Estado de Pensylvania... el motivo de esta llamada es la realización de un sondeo telefónico sobre aspectos psicológicos de los consumidores. Le recordamos que sus respuestas serán grabadas y tratadas confidencialmente con fines sociológicos con arreglo a lo dispuesto por la ley federal de tratamiento de datos de los usuarios...
- ¿Es usted humano?
- Disculpe... su respuesta no puede ser procesada...
- ¿Y como debería dirigirme a usted?
- Disculpe... su respuesta no puede ser procesada... le recordamos que le habla un servicio telefónico automático...
- Le acosejo que evite esas trivialidades tan humanas.
- Gracias... Si es usted el propietario de la línea 222-555-434, por favor diga sí...
- Claro, toda resistencia será fútil.
- Gracias... por favor indíquenos su nombre completo...
- Comandante Spock... Shin'tagai Spock.
- Gracias... Sr. Spock... a contiuación le realizaremos una serie de preguntas. Le rogamos respuestas rápidas y comprensibles. Si está preparado diga sí...
- Siempre digo la verdad.
- Gracias... por favor, indíquenos la fecha de su nacimiento...
- 2220.
- Disculpe... la fecha de nacimiento no puede ser posterior a la fecha actual... por favor, indíquenos la fecha de su nacimiento...
- 2220.
- Respuesta no procesada... por favor, indíquenos su lugar de nacimiento...
- Vulcano.
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos a qué Estado pertenece su lugar de nacimiento...
- Espacio interestelar.
- Respuesta no procesda... por favor, indíquenos el nombre de su progenitor...
- Sarek, embajador de Vulcano.
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos el nombre de su progenitora...
- Amanda Grayson.
- Gracias... por favor, indíquenos su ocupación...
- Comandante y oficial científico.
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos a qué cuerpo pertenece: ¿marines?, ¿fuerzas aéreas?, ¿infantería de marina?...
- Flota interestelar de la Confederación.
- Respuesta no procesada... por favor, a continuación indíquenos el nombre de la compañía donde desarrolla dicha ocupación...
- USS Enterprise.
- Gracias... algunos de sus datos personales no han podido ser procesados... a continuación le realizaremos la entrevista... por favor, indíquenos qué calificativo le sugiere el consumismo imperante...
- Es altamente ilógico.
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos qué opinión le merecen los consumidores...
- Las necesidades de muchos sobrepasan las necesidades de unos pocos ... o de uno solo.
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos qué factor considera usted que incita a las personas al consumismo...
- Curiosidad, insaciable curiosidad.
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos qué cualidad considera usted que caracteriza a las personas consumistas...
- Poseer no es tan importante como desear.
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos si se considera usted una persona consumista...
- Yo soy un vulcano, no tengo ego que pueda ser herido.
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos si considera que la publicidad en los medios de comunicación incita al consumismo...
- Solo la arrogancia humana puede suponer que el mensaje se dirige a ellos.
- Gracias... la telefonía móvil 3G encabeza el ranking de elementos de consumo más adquiridos por los americanos... por favor, indíquenos a continuación si en su caso está de acuerdo con este dato...
- Perseguir una especie hasta extinguirla no es lógico.
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos que haría en caso de que le advirtieran que su tarjeta de crédito ha sobrepasado el límite permitido en el momento en que usted va a pagar la factura de sus compras en un centro comercial: ¿utilizar otra tarjeta?, ¿pagar en efectivo?, ¿abandonar la compra?...
- ¡Capitán Kirk, es una situación desesperada! ¿Qué rumbo tomamos?
- Gracias... por favor, a continuación indíquenos que consejo daría a aquellos consumidores insaciables que viven por encima de sus posibilidades...
- Si yo fuera humano creo que diría váyanse al diablo, si yo fuera humano claro.
- Gracias... la entrevista ha finalizado... le recordamos nuevamente que sus respuestas serán tratadas de forma confidencial... le agradecemos muy sinceramente la atención que nos ha dispensado...
- ¡Fascinante!
- Sr. Spock... en nombre de la United Telephone Company le deseamos que tenga un buen día...
- ¡Larga vida y prosperidad!

14 agosto, 2008

Esbjörn Svensson (1964-2008)




Seven days of fallin / Elevation of love - Esbjörn Svensson: Piano; Dan Berglund: Bass; Magnus Öström - Drums.

News annouced the passing of the swedish jazz pianist and composer Esbjörn Svensson last 15 june at the age of 44 while diving near Ingarö Island in Stockholm. before his passing, Esbjörn had left the doors of the 21th century jazz widely opened.
Ha fallecido el pianista y compositor sueco Esbjörn Svensson, el pasado 15 de junio a la edad de 44 años mientras practicaba buceo en Ingarö, cerca de Estocolmo. Antes de marcharse, Esbjörn dejó bien abiertas las puertas del jazz del siglo 21.

29 marzo, 2008

Aguas de marzo


Sofia Waters - Aguas de Março (Antonio Carlos Jobim)

29 noviembre, 2007

Merrill & Sonia



Merrill está sentado en la mesa de la cocina leyendo el diario. La gata le hace compañía. Se dirige a ella por su nombre —Sonia— y sin quitar ojo del periódico le dice que Brenda realmente le gustaba. Y añade que cree que esta vez la gata se ha equivocado. Sonia está echada en el interior de una cesta de mimbre acondicionada con unos cojines estampados. La cesta está instalada en el suelo, enfrente del ventanal que tiene las cortinas recogidas, dejando entrar un generoso rayo de sol que calienta gran parte de la estancia. La actitud de Sonia es de no inmutarse lo más mínimo ante las palabras de su dueño. Merrill insinúa que desearía que se le escuchase cuando habla.

—Sobre todo si se trata de un asunto importante —reclama.

La gata se incorpora lo justo para lanzar una mirada sobre Merrill y vuelve a esconder la cabeza regresando a su dulce estado de reposo. Merrill pasa varias páginas del diario ayudándose con el dedo índice previamente ensalivado y luego se alza las gafas desde la punta de la nariz usando el mismo dedo.

—¡Fíjate en esto Sonia! —dice Merrill con las comisuras de los labios humedecidas por la espumilla—, han publicado cinco demandas de empleo nuevas. ¡Es excelente! —asegura.

El hombre toma un lápiz de la mesa y marca con un círculo uno de los anuncios. Luego pronuncia un nombre en voz alta —Sara— y le dice a la gata que espera que esta vez se muestre atenta con la chica. Merrill explica que procede de Wisconsin y que es estudiante de leyes.

—¿Sabías que adoro las leyes, Sonia? —comenta excitado.

Sonia actúa como si la cosa no fuera con ella. Permanece tendida, reposando la cabeza sobre su costado izquierdo, prácticamente enroscada. Merrill abandona la lectura del diario, lo dobla cuidadosamente y lo deja sobre la mesa. El viejo reloj de cuerda del salón señala de un modo afónico que es mediodía. Merrill observa su reloj de pulsera.

—¡La una y media! —exclama—. Es hora de comer, Sonia —anuncia dirigiéndose al frigorífico. Extrae una pieza de pescado, la unta con mantequilla de cacahuetes y la coloca sobre una sartén.

—Hoy te he comprado lenguado, gatita —dice colocándose el delantal.

El olor a pescado asado llama la atención de la gata, que se despereza para llamar la atención de su amo. Merrill, ensimismado, murmura cosas ininteligibles mientras cocina. La gata acude al borde de su plato vacío esperando la inminencia del banquete y desde allí observa a Merrill, que ha terminado de cocinar y aparta la sartén del fuego. El hombre se dirige hacia donde está la gata y deposita el lenguado en el plato. La gata se relame. Merrill se quita el delantal y le pide a Sonia que espere para comer juntos. Abre la despensa y saca una lata de conservas. La gata se toma su tiempo antes de aproximarse al plato, disfrutando del aroma que desprende el pescado humeante. Merrill retira la pestaña del bote y lo abre por completo. Luego coge un tenedor y se sienta a comer. En la etiqueta del bote puede leerse: “alimento completo para gatos”. Merrill le dice a Sonia que está delicioso, y le desea buen apetito.

Durante la comida Merrill explica que piensa citar a la chica por la tarde, y que dedicará el resto de la mañana a los preparativos.

—Ya sabes, hay que tener lista la habitación de invitados —apunta.

La gata dedica toda su atención a dar pequeños mordiscos al delicioso lenguado.

Son las ocho en punto. Llaman a la puerta. Merrill se asoma al espejo para colocarse la pajarita. Antes de abrir echa un vistazo por la mirilla. Es la chica. Abre la puerta y se queda callado al verla. La chica se presenta y sonríe. Merrill le devuelve su mejor sonrisa y la invita a pasar y sentarse. La chica parece tímida, a tenor de lo sonrojadas que tiene las mejillas. Merrill se muestra muy amable, si bien los primeros instantes del encuentro están llenos de silencios mutuos.

Tras unos minutos de charla Merrill se disculpa para ir a la cocina. La chica permanece sentada, examinando la vetusta decoración del salón. La gata no ha abandonado su lecho, ajena por completo a la visita. A Merrill se le ve agitado, como si fuera un colegial que regresa de una excursión y necesita contar los detalles. Coge a Sonia y la deposita sobre la mesa. Se sienta a su lado y se dirige a ella con mimo. Le dice que la chica le gusta y que desea presentársela.

—Esta vez sí, Sonia —expone poniéndose serio—. No podemos seguir así por más tiempo. La chica me gusta y creo que yo también le gusto a ella. Así que quiero que la conozcas y colabores conmigo para conquistarla.

La gata se limita a mirarlo fijamente con unos ojos que irradian todo su verdor amarillento. Merrill insiste, tratando de ofrecerle razones, pidiéndole una respuesta. Pero la gata se muestra indiferente.

—¡Si piensas que me tienes dominado te equivocas!, ¡maldita rata callejera!, —explota Merrill, agarrándola por el abdomen y zarandeándola, exigiéndole su aprobación.

La gata se eriza completamente y lanza una salva de maullidos, enterrando sus garras en los antebrazos de Merrill. El hombre la deja caer en la mesa, asustado, retrocediendo unos pasos. Luego se sacude los brazos y se adecenta el jersey, dándose un poco de tiempo para calmarse.

—Está bien, Sonia… tú mandas —balbucea antes de dar media vuelta para regresar al salón.

La chica ha dedicado los últimos minutos a ojear una de las revistas sobre gatos que hay en la mesa. Merrill se disculpa por la demora, le ofrece una limonada a la chica y se sirve otra. Se sientan a charlar. Merrill le pide que le hable de ella. La chica le cuenta algunos detalles de su vida. Merrill pregunta la razón por la cual abandonó Wisconsin para venir a Detroit. La chica responde que lo hizo porque deseaba marcharse de Phillips, su ciudad natal, y por el prestigio de la Escuela de Leyes de la Universidad de Michigan.

—Apuesto a que ha venido usted sola —se aventura Merrill.

La chica contesta que sí. Merrill especula con la posibilidad de que la chica eche de menos a su familia.

—Muchísimo —responde la chica—. Me considero una persona muy familiar —agrega.

Merrill añade que espera que pronto los considere a Sonia y a él como parte de su familia. La chica sonríe y no puede reprimir ruborizarse. Merrill también sonríe y a continuación guarda silencio. La chica da un trago de limonada y pregunta en qué consiste el trabajo. Merrill contesta que el trabajo es ameno y que consiste básicamente en hacerse cargo de la casa y cuidar de la gata en su ausencia.

—Sé que no es mucho dinero —reconoce Merrill—, pero le resultará muy grata la compañía de Sonia. Es una gata muy especial.

La chica dice que le parece bien y sonríe.

—¿Por qué vive usted solo? —pregunta la chica.

—Bueno, verá… —Merrill se queda callado un momento. La pregunta le ha cogido por sorpresa y por la cara que pone no le ha sentado muy bien—. Vivo solo desde que murió mamá —responde sacando las palabras a trompicones—. He consagrado mi vida a cuidar de ella —añade—. ¿Acaso le parece mal? —se defiende contrariado desviando la mirada hacia la librería.

La chica no dice nada, cabizbaja y abochornada. Se hace un silencio. Merrill resopla y cierra los ojos apretando los párpados con fuerza.

—¡Ya basta de preguntas! —profiere encolerizado—. ¡No estoy aquí para hablar de mí mismo! —prosigue con aspaviento.

La chica le pide disculpas trastabillando. Merrill se revuelve en el asiento, le suda la frente y hace por no mirarla a los ojos. Transcurren unos instantes. Merrill murmulla sin parar, como si mantuviera una disputa interna. La chica empieza a incomodarse. Merrill levanta la vista y la clava sobre la chica. La observa unos instantes y luego le pide de un modo dramático que lo acompañe para mostrarle la habitación de invitados. A la chica se le cambia el semblante, desapareciéndole de súbito el color. Al levantarse le tiemblan las piernas. Da unos pasos hacia la puerta del pasillo y luego se detiene, en un amago de dar media vuelta sugiriendo que tal vez sería mejor dejar los detalles para otro día ya que se le va a hacer tarde. El hombre se ha situado detrás de ella, de modo que la chica no tiene más remedio que avanzar por el pasillo.

—Entra en tu habitación —dice Merrill, y la chica se queda paralizada.

—¡Te he dicho que entres en tu habitación, quiero enseñártela!

—¡Por favor, déjeme marchar, quiero irme! —suplica la chica muy asustada.

—¡Hazlo de una maldita vez! —Merrill está completamente trastornado—. ¡Es la voluntad de Sonia!, ¡entra en la habitación ahora mismo! —ordena.

La chica sufre un ataque de nervios y rompe a llorar. Merrill está detrás de ella sumido en un delirio. Tiene las venas de los brazos tensas como cables de acero, el rostro desencajado, con la mandíbula aprisionando los dientes de ambos maxilares y los labios hinchados escupiendo espuma. La chica no deja de llorar, inmovilizada por el pánico. Se ha tapado la cara con las palmas de las manos. Merrill alza su mano derecha y la deposita en la espalda de la chica, y ejerce la presión suficiente como para obligarla a atravesar la puerta. La chica está tan asustada que no ofrece oposición. Padece convulsiones y se ha orinado encima, sus zapatos de ante están empapados. Merrill entra y pega un portazo pero la puerta se queda abierta. De repente un silencio. Desde afuera no se oye nada. Al momento se escucha llorar a la chica, suplicando a Merril que no le haga daño. Al hombre no se le escucha. La gata se asoma al pasillo, que visto desde el salón está a oscuras. Las orejas de la gata, súbitamente erguidas, delatan que la chica se ha puesto a chillar. Se la percibe moviéndose y forcejeando violentamente dentro del cuarto. El silencio queda roto por los ruidos, golpes y gritos. La gata avanza unos pasos y se detiene a la mitad del pasillo. El único rastro de su presencia en la oscuridad lo constituyen sus ojos, que brillan como dos potentes balizas. Desde el lugar donde está, Sonia aprecia un fino rayo de luz que procedente de la habitación se ha proyectado sobre el suelo a través de la rendija que ha dejado la puerta entreabierta. Los gritos de espanto de la chica no causan perturbación en el rostro del animal, que apenas sí parpadea, graduando la intensidad de su hipnótica mirada ante la suerte de sombras que cubren la mancha de luz del suelo. A Merrill no se le oye decir nada, al menos nada que sea audible desde afuera, o si ha dicho algo sus palabras han quedado sepultadas por los quejidos de la chica, que ahora revelan dolor. La gata no se mueve. Los gemidos de la chica, perpetrados desde el cansancio, pasan a ser más débiles hasta extinguirse en un silencio aliviador. La gata sigue en el mismo sitio. Sólo gira la cabeza unos grados en señal de que sus oídos han captado una brusca interrupción del ruido. A la chica ya no se le oye. La sombra del pasillo, antes agitada, ahora vuelve a ser blanca y uniforme, como el encefalograma plano de un organismo vencido por la muerte.

Han transcurrido unos minutos. Se abre la puerta. La luz de la habitación aclara en parte la oscuridad del pasillo. La gata ya ha visto suficiente y desaparece.

Merrill asoma por la puerta de la habitación y se abre paso por el pasillo. Parece un muerto viviente. Lleva las manos y la ropa teñidos de sangre y el rostro arañado. Se detiene a la entrada del salón. Está aturdido, sumido en un zumbido que le impide captar el sonido de ambiente a su alrededor. Mira a un lado y a otro y llama a Sonia.

—¡Soniaa!, ¡Soniaa!

La llama una y otra vez, aumentando el tono del sollozo en cada intento, como si fuera un niño extraviado. Sonia no se deja ver. Merrill alza la voz para que la gata lo oiga dondequiera que esté.

—¡Te has salido con la tuya! —se lamenta. Y lo repite con un hilo de voz.

El hombre recorre unos metros hasta la entrada. En su rostro se refleja el dolor que le produce la brecha en una de las piernas, seguramente a causa de un mordisco. Se asoma a la puerta de la cocina y dirige su mirada hacia donde está Sonia. La gata está descansando en su cesta. Merrill balbucea intentando decirle algo. Sonia se levanta y se acerca a él muy lentamente. Da un salto hasta la mesa y de la mesa se encarama al hombro del hombre. Merrill la recoge y la sostiene entre sus brazos, arrullándola.

—¡Sonia!… ¡Sonia!… ¡mi gatita!… —le dice mientras la acaricia.

Luego la coge con ambas manos y se la pone delate de la cara para observarla sin decir nada. La gata mira a los ojos de Merrill, y mantiene su mirada dejando que haga mella en el hombre, que enseguida la deja sobre la mesa. Todavía aturdido, Merrill llena el plato de Sonia con pienso hasta rebosarlo, pone agua en la taza y se da media vuelta y se va a su habitación.

La casa permanece en silencio. Sonia se asoma por la puerta de la cocina. Su mirada se dirige al salón. Se queda observando el terreno por espacio de unos segundos. Luego avanza con cautela y se detiene en la entrada del pasillo, lugar desde el que había asistido al espanto. Seguidamente la gata atraviesa el pasillo, lo hace con la seguridad de que nada ni nadie va a perturbar su visita al lugar de los hechos. La puerta de la habitación de Merrill está cerrada. Sonia se aproxima a la mancha de luz que sale de la habitación de invitados, aún no puede ver el interior de la misma. Se detiene y se queda ensimismada antes de iniciar la exploración.

La gata asoma la cabeza por la puerta. Desde el interior puede apreciarse el movimiento inquieto de sus pupilas al observar los restos del horror. Atraviesa la puerta. Sus pasos parecen estar medidos para no pisar ni una gota de sangre en su paseo macabro. Recorre cada rincón, se encarama a los muebles, sigilosamente, sin alterar un ápice la escena. Su seguridad y parsimonia dan qué pensar, como si se tratase de un ceremonial repetido. El cuerpo de la chica está semidesnudo, con el estómago abierto en canal y las tripas asomando. La gata se detiene justo delante del rostro y lo observa deliberadamente. La cara está desencajada, con una mueca de dolor prolongado. Acerca el hocico llegando a rozar la tez con los bigotes. Saca la lengua y da varios lametones y otras tantas relamidas para limpiar casi por completo los restos de sangraza de su morro. Más tarde abandona el lugar en medio del silencio sepulcral que domina toda la casa.

Han transcurrido casi dos días. En todo ese tiempo Merrill no ha salido de su habitación. Sonia, por su parte, no ha abandonado su lecho.

Merrill está sentado en la mesa de la cocina leyendo el diario. La gata le hace compañía. Merrill se dirige a ella sin quitar ojo del periódico, le dice que Sara realmente le gustaba. Y añade que cree que esta vez la gata se ha equivocado. Sonia está echada en su cesta de mimbre. La actitud de Sonia es de no inmutarse lo más mínimo ante las palabras de su dueño. Merrill insinúa que desearía que se le escuchase cuando habla.

—Sobre todo si se trata de un asunto importante —añade.

La gata se incorpora lo justo para lanzar una mirada sobre Merrill y vuelve a esconder la cabeza regresando a su dulce estado de reposo. Merrill pasa varias páginas del diario ayudándose con el dedo índice previamente ensalivado y luego se alza las gafas desde la punta de la nariz usando el mismo dedo.

—¡Fíjate en esto, Sonia! —dice Merrill—, han publicado tres demandas de empleo nuevas. ¡Es excelente! —asegura.

Merrill toma un lápiz de la mesa y marca con un círculo uno de los anuncios. Luego pronuncia un nombre —Laura— y le dice a la gata que espera que esta vez se muestre atenta con la chica. Merrill explica que procede de Massachussets y que es enfermera.

—¿Sabías que adoro los hospitales, Sonia? —pregunta excitado.

Sonia actúa como si la cosa no fuera con ella. Permanece acostada, reposando la cabeza sobre su costado derecho, prácticamente enroscada. Merrill abandona la lectura del diario, lo dobla cuidadosamente y lo deja en la mesa. El viejo reloj de cuerda del salón señala que es mediodía. Merrill mira su reloj de pulsera.

—¡Vaya!, ¡la una y media! —dice—. Es hora de comer, Sonia —anuncia dirigiéndose al frigorífico. Extrae una pieza de pescado, la unta con mantequilla de cacahuetes y la coloca sobre una sartén.

—Hoy te he comprado salmón, gatita —exclama mientras se coloca el delantal.

El olor a pescado asado llama la atención de la gata, que se despereza para llamar la atención de su amo. Merrill murmura cosas ininteligibles mientras cocina ensimismado. La gata acude al borde de su plato esperando la inminencia del banquete, y desde allí observa a Merrill, que ha terminado de cocinar y aparta la sartén del fuego. El hombre se dirige hacia donde está la gata y deposita la pieza de salmón en el plato vacío. La gata se relame. Merrill se quita el delantal y le pide a Sonia que espere para comer juntos. Abre la despensa y saca una lata de conservas. La gata se toma su tiempo antes de aproximarse al plato, disfrutando del aroma que desprende el pescado humeante. Merrill retira la pestaña del bote y lo abre por completo. Luego coge un tenedor y se sienta a comer. En la etiqueta del bote puede leerse: “alimento completo para gatos”. Merrill le dice a Sonia que está delicioso, y le desea buen apetito.

Durante la comida Merrill explica que piensa citar a la chica por la tarde, y que dedicará el resto de la mañana a los preparativos.

—Ya sabes, hay que tener lista la habitación de invitados —apunta.

La gata permanece impasible, dedicada por completo a dar pequeños mordiscos al delicioso trozo de salmón.

Son las ocho en punto. Llaman a la puerta. Merrill se asoma al espejo para colocarse la pajarita. Antes de abrir echa un vistazo por la mirilla. Es la chica. Abre la puerta y se queda callado al verla…
© ignatiusmismo, 2007.

31 mayo, 2007

Desmontando a John Wayne Gacy



John Wayne Gacy Jr. - Sufjan Stevens


His father was a drinker and his mother cried in bed
Folding John Wayne's t-shirts
when the swingset hit his head
The neighbors they adored him
For his humor and his conversation
Look underneath the house there
Find the few living things, rotting fast, in their sleep
Oh the dead 27 people
Even more, they were boys, with their cars, summer jobs
Oh my God
Are you one of them?
He dressed up like a clown for them
With his face paint white and red
And on his best behaviour
In a dark room on the bed he kissed them all
He'd kill ten thousand people
With a slight of his hand, running far, running fast to the dead
He took off all their clothes for them
He put a cloth on their lips, quiet hands, quiet kiss on the mouth
And in my best behaviour
I am really just like him
Look beneath the floor boards
For the secrets I have hid.


*****
Su padre era un alcohólico y su madre lloraba en la cama
plegando las camisetas de John Wayne
cuando el columpio golpeó su cabeza
Los vecinos lo adoraban
por su humor y su conversación
miras ahí debajo de la casa
y encuentras unas cuantas cosas vivientes, pudriéndose deprisa, dormidas
Oh los 27 muertos
incluso más, eran niños, con sus coches, sus trabajos de verano
Oh dios mío
¿Eres tú uno de ellos?
vestía como un payaso para ellos
con su cara pintada de blanco y rojo
y comportándose impecablemente
En una habitación oscura sobre la cama los besaba a todos
Mataría a diez mil personas
con el mínimo esfuerzo de su mano, corriendo lejos, corriendo deprisa hacia los muertos
los desvistió completamente
puso un trapo en sus labios, manos silenciosas, besos silenciosos en la boca
Y comportándome impecablemente
me ocurre realmente como a él
busco debajo del suelo de madera
los secretos que yo mismo he escondido



*****

Ciertas canciones logran transmitirnos una historia en apenas un par de minutos con un puñado de estrofas certeras y una melodía afortunada. Ciertas otras van más allá, consiguen elevar esos versos encadenados a la categoría de poesía, y lo hacen por medio mecanismos que no siempre está a nuestro alcance desentrañar. Este es el caso del tema titulado "John Wayne Gacy Jr.", compuesto por el músico de Illinois Sufjan Stevens, basándose en un caso real que conmocionó al pueblo norteamericano. Este incalificable compositor nos presenta un ejercicio sencillo en su planteamiento pero complejo en cuanto al fondo, que tímbricamente nos remite a una cierta época a través de los acordes solitarios de una guitarra acústica, dándonos a oler un paisaje que mezcla felicidad y desolación al mismo tiempo, descifrando con hondura el interior de los personajes, mostrándonos justamente la parte de ellos que no se ve, yuxtaponiendo la ternura con el drama de forma sublime, deslizándose con destreza en los vericuetos del bien y del mal, trazando líneas de conexión entre aquellas cosas que no son lo que parecen y las que parecen lo que no son, componiendo un cuadro fragmentado que solo es excrutable desde los sentimientos. Y además está ese final, un puñetazo al estomago con el que Stevens se compromete y nos compromete a todos, dejando claro que ninguno de nosotros tiene el alma completamente limpia de polvo y paja. Lo que sigue -escarbando entre estos versos tristes- es un intento de arrojar algo de luz sobre la historia verídica en la cual se inspira esta hermosa y a la vez demoledora canción.

John Wayne Gacy Jr. nació en Chicago el día de San Patricio de 1942. Su infancia no fue demasiado feliz. Su padre -John Wayne Gacy Sr.- estaba alcoholizado y solía abusar físicamente de su mujer -Marion Elaine- y maltrar verbalmente a sus tres hijos, John era el segundo de ellos, entre Joanne, su hermana mayor, y Karen, la pequeña. A pesar de sufrir un constante desprecio por parte de su padre -quien acostumbraba a llamarle "nena"-, el pequeño John Wayne siempre lo quiso con locura, y hasta el final de sus días se esforzó para ganarse su cariño, cosa que nunca logró. Así que John creció marcado por el dolor interior que le provocaban los conflictos conductuales y afectivos vividos en el hogar de sus padres. Después de cambiar de instituto en cuatro ocasiones en el año de su graduación, Gacy dejó los estudios y se marchó a Las Vegas donde trabajó en una empresa de servicios funerarios hasta que decidió regresar a Chicago, graduándose finalmente en una escuela de negocios. Era un vendedor nato, y después de un trabajo eventual en una empresa de zapatos, consiguió crear su propia empresa de venta de ropa en Springfield, Illinois.

No sólo la violencia doméstica y la falta de afecto marcaron la infancia de John Wayne Gacy. También los desgraciados infortunios. A los 11 años de edad sufrió un accidente mientras jugaba en el jardín, cuando un columpio golpeó su cabeza causándole un coágulo de sangre que no le fue descubierto hasta los 16 años. Así que durante todo ese tiempo padeció continuos desmayos que no le desaparecieron hasta que por fin lo medicaron. Por si fuera poco, a los 17 años le fue diagnosticada una enfermedad indeterminada en el corazón, con la que convivió el resto de su vida, sufriendo sucesivas recaídas en la edad adulta, acrecentadas por un abandono de la forma física, lo que le haría engordar considerablemente.

John Wayne Gacy Jr. era un tipo muy querido por todos. Sus vecinos lo adoraban por su sentido del humor y su conversación amena. Unánimemente le veían como una persona amable, amigo de sus amigos, dedicado a su familia, un gran trabajador, un emprendedor que, cuando no estaba levantando una empresa, organizaba fiestas vecinales y dedicaba gran parte de su tiempo a mejorar la vida de la comunidad en la que vivía. En Springfield, Gacy promovió con esmero su faceta solidaria, involucrándose en numerosos proyectos cívicos como el Chi Rho Club, del que fue presidente, el Inter-Club Católico, la Defensa Civil Federal de Illinois, la de Chicago, o la Sociedad del Nombre Santo, entre otras. Entregarse a los demás le hacía feliz, proyectaba sobre los que le rodeaban el afecto que a él le había faltado, tal vez como forma de sublimar el dolor que sentía por dentro.


En 1964 Gacy contrajo matrimonio con una compañera de trabajo, Marlynn Myers, hija del dueño de una cadena de restaurantes Kentucky Fried Chicken en Waterloo, Iowa. Su suegro le ofreció trabajar para él y el feliz matrimonio de trasladó a Iowa. Las cosas empezaban a ir muy bien para Gacy. Allí, siguiendo con su empeño en darse a los demás, John entró a formar parte de los Jacees, una asociación de voluntarios dedicados a ayudar a los demás, donde muy pronto fue nombrado "Hombre del Año". Este proyecto era "su vida" para él, según palabras de algunas de sus amistades de la época, a pesar de que en ese tiempo fue padre de dos hijos.

Las cosas parecían ir bien para la familia Gacy, aunque esa felicidad no duraría mucho. Pronto surgieron rumores por toda la ciudad y entre los miembros de los Jaycees sobre las preferencias sexuales de Gacy, y su gusto por insinuarse a los chicos jóvenes que trabajaban para él en el restaurante que dirigía. Y en 1968 los rumores se hicieron realidad. Gacy fue acusado de pretender un acto de sodomía con un muchacho llamado Mark Miller. Miller explicó al tribunal que Gacy lo había atado y violado alevosamente durante una visita a la casa del acusado. Gacy negó los hechos alegando que el chico le había solicitado relaciones sexuales en varias ocasiones para ganar un dinero extra a lo que él se había negado. Finalmente Gacy fue condenado a 10 años de carcel, ingresando en prisión donde cayó en una enorme depresión, acrecentada por la muerte de su padre, de quien no había podido despedirse como hubiese sido su deseo. Al salir de la carcel al año y medio por buena conducta, Gacy regresó a Chicago con su madre y remontó el vuelo trabajando como chef en un restaurante. Su capacidad de redención y reinvención funcionó al cien por cien. Pronto se instaló por su cuenta en un rancho a las afueras, donde trabó amistad con sus vecinos, los Grexas, quienes desconocían por completo el pasado del nuevo miembro de la comunidad, un hombre para ellos encantador que no hacía sino invitarles a cenar en casa. Pero al poco tiempo Gacy fue nuevamente acusado de conducta escandalosa, al intentar abusar de un joven que había recogido con su vehículo en la estación de autobuses. La suerte esta vez hizo que los cargos contra él fueran retirados y más temprano que tarde Gacy volvió a ser un hombre libre.



En 1972 se casó con Carole Hoff, una divorciada con dos hijas que se encontraba en un estado emocional inestable, y a la que Gacy supo ganarse con cariño y generosidad, a pesar de que ella sabía de sus antecedentes penales. El rancho volvió a ser lo que era y los Grexas seguían allí, acudiendo fieles a las cenas de barbacoa organizadas con esmero por el adorable John Gacy. Un día la señora Grexa preguntó a Gacy por los olores a rata muerta que procedían de debajo de la casa. Gacy restó importancia al asunto, ocultando en realidad durante años la verdadera naturaleza del hedor, la cual sólo él conocía. Aún así las fiestas siguieron celebrándose, cada vez con mayor éxito, las había de toda índole, vaqueras, hawaiianas, con disfraces incluidos. A Gacy le gustaba sentirse importante, y sus invitados se dejaban impresionar por su contrastada capacidad como anfitrión.

En 1974 Gacy fundó su propia empresa como constratista -PMD Contractors Inc.- especializada también en reformas y limpiezas y para la que contrató a chicos jóvenes alegando que así reduciría costes. No era la única razón. Gacy intentó seducir a algunos de sus jóvenes empleados. Sus deseos homosexuales se hicieron cada vez más patentes, lo que no escapó a ojos de Carole, quien terminó por separarse de él en 1976, después de encontrar revistas de chicos desnudos entre las pertenencias de su marido. Gacy llegó a decirle que le gustaban más los chicos que las mujeres. En ese momento sus ansias sexuales podían ya más que su necesidad de control para salvaguardar su imagen pública.


Otro aspecto que predominaba en la personalidad de Gacy era el afán de sentirse importante. Esto le llevó a plantearse metas políticas, las cuales le servirían según su modo de ver las cosas para mantaner su nombre a salvo en caso de nuevos deslices sexuales. Sabía de su talento en las relaciones personales y lo puso en práctica, llamando la atención de Robert Mattwick, delegado Demócrata en Norwood Park. Gacy se ofreció para limpiar con sus muchachos la sede local del partido, lo cual le sirvió para adentrarse en la organización y dar a conocer sus múltiples habilidades solidarias. Mattrick quedó gratamente sorprendido el día que vio al tenaz empresario disfrazado haciendo reir a los niños enfermos de un hospital. Vestía como un payaso para ellos -Pogo el payaso- con su cara pintada de blanco y rojo. Llenaba de felicidad a los pequeños y a sus familias comportándose impecablemente. Gacy se afanaba por agradar a los demás, y muy especialmente a los niños, para quienes se había sacado de la manga un personaje a través del cual poder acercarse a ellos. Con este gesto generoso se había ganado con creces el respeto de sus nuevos congeneres, siempre educado, siempre considerado y entregado al prójimo como pocos.

Rendido ante las capacidades de Gacy, al poco tiempo Mattrick lo nombró delegado para la comisión del alumbrado público. En 1975 Gacy era ya secretario tesorero. Parecía que su carrera política iba viento en popa. Incluso se había entrevistado con Jimmy Carter durante una visita presidencial a Illinois,fotografiándose para la posteridad con la primera dama, Rosalynn. Nada de eso le sirvió de mucho cuando comenzaron a circular nuevos rumores sobre su interés por los jovencitos. En concreto dichos rumores lo relacionaban con un incidente ocurrido durante la limpieza de la sede local del Partido Demócrata. Uno de los muchachos que trabajaron en ella, Tony Antonucci, declaró que Gacy le había hecho proposiciones sexuales y que había tenido que defenderse por medio de una silla. Gacy había restado importancia al suceso y le había dejado en paz durante un mes. Pero durante una visita de Antonucci por trabajo a casa de Gacy, éste lo había esposado e intentado desnudar, hasta que el chico logró escaparse y huir. Gacy le prometió que no sucedería más y el joven siguió trabajando para él durante un año.


A Johnny Butkovich, de 17 años, le gustaban los coches. Dedicaba mucho tiempo a mantener en buen estado su Dodge de 1968. Entró a trabajar en PDM Contratistas y estaba contento con el puesto que le habían asignado. Hasta que un buen día Gacy se negó a pagarle dos semanas de trabajo extra. Johnny fue a casa de Gacy en compañía de unos amigos para reclamarle el dinero. Gacy se enfadó mucho, discutieron airadamente hasta que los muchachos decidieron marcharse. Butkovich dejó a sus amigos y condujo supuestamente hacia su casa. Nunca más se le volvió a ver con vida.

A Michael Bonnin, también de 17, le gustaban los trabajos de carpintería de madera y trabajaba en la restauración de un antiguo jukebox. Un día desapareció mientras tomaba un tren para ir a ver al hermano de su padrastro.


Billy Carroll era el tipo de joven problemático, al menos así lo definían sus propios padres, hartos de sus problemas con la justicia. Con 9 años había sido internado en un centro juvenil por un robo. A los 16 mantenía un negocio como intermediario para encuentros sexuales entre adultos y jovencitos. Un día de junio de 1973 Billy salió de casa y nunca más se supo de él. Estos tres muchachos, sin conocerse entre ellos, tenían algo en común: todos ellos se toparon en algún momento de sus vidas con John Wayne Gacy.

Gregory Godzik era feliz con su trabajo en PDM Contratistas. El chico no ponía pegas para acometer los trabajos fuera de hora que le pedía su jefe, principalmente de limpieza de locales y oficinas. Con el dinero extra que sacaba, el muchacho mantenía a punto su Pontiac 1966, un precioso automóvil que ocupaba todo su tiempo libre. Precisamente en uno de sus días de descanso había salido a dar una vuelta en el automóvil. La policía encontró el vehículo abandonado en una carretera secundaria. Gregory había desaparecido para siempre. Tenía 17 años.

En un suceso similar, John Szyc de 19 años desapareció en enero de 1977 mientras conducía su Plymouth Satellite de 1971. Días después la policía detuvo a un muchacho conduciendo el coche de Szyc. El joven dijo a los agentes que el hombre con el que vivía les explicaría todo. Ese hombre era John Gacy, quien dijo que Szyc le había vendido el vehículo hacía tiempo. Si la policía hubiera comprobado la fecha de la venta, habría descubierto que la firma del traspaso se produjo 18 días después de la desaparición de Szyc.

El joven de 18 años Robert Gilroy amaba los caballos. El 15 de septiembre de 1977 tomó un autobús para ir a montar con unos amigos. Nunca llegó a su destino. Su padre era sargento de la policía de Chicago. A pesar de los dispositivos de búsqueda que el padre puso en marcha al saber de la desaparición de su hijo, este nunca fue hallado con vida.

Algo más de un años después un muchacho llamado Robert Piest desapareció misteriosamente. Tenía 15 años. Su madre había ido a recogerle a la farmacia donde trabajaba. El chico dijo a su madre que esperase un momento, que se había citado con un hombre para un posible empleo. Preocupada porque el joven no regresaba, la madre de Piest avisó a la policía, facilitándoles el nombre del hombre con el que se había citado su hijo. Ese nombre era el de John Wayne Gacy.


El teniente Joseph Kozenczak, encargado de la investigación, interrogó a Gacy. El sospechoso dijo que no tenía nada que ver con la desaparición del chico. No le detuvieron. Pero el teniente Kozenczak tuvo la precaución de solicitar el expediente penal de Gacy. A los pocos días descubrió que el sospechoso tenía antecedentes por practicar sodomía contra un menor. Este hecho hizo que solicitara una orden de registro del domicilio de Gacy. El 13 de diciembre de 1978 la policía entró en casa de Gacy en Summerdale Avenue. Gacy no se encontraba allí. El registro deparó la incautación de los siguientes objetos: Un joyero conteniendo dos permisos de conducir; una caja con marihuana y papel de fumar; siete películas pornográficas de procedencia sueca; píldoras de valium; un cuchillo de hoja intercambiable; fotografías a color de farmacias y otros establecimientos; una agenda de direcciones; libros con títulos como Adolescentes apretados, Jóvenes ciclistas, Sexo entre hombres y niños o Ventiún casos de sexo anormal; un par de esposas con sus respectivas llaves; una plancha de madera con orificios en ambos extremos; una pistola de 6mm de fabricación italiana con munición; placas de policía; un dildo de 18 cms; ropa de tallas tan pequeñas que difícilmente podía pertenecer a Gacy. Además, 3 automóviles propiedad de Gacy también fueron confiscados.


Durante el registro exhaustivo del lugar, la policía accedió al entresuelo de la casa, donde lo primero que les llamó la atención fue el hedor que de allí provenía, y que en un principio asociaron a las aguas residuales. Finalizado el registro Gacy fue llamado a comisaría para declarar por segunda vez. Interrogado sobre los objetos encontrados en su casa, Gacy solicitó la presencia de su abogado, quien le dio instrucciones vía telefónica para que no firmase ninguna declaración. La policía no tenía realmente nada contra él, así que fue puesto en libertad vigilada las 24 horas. En los días posteriores la policía acudió nuevamente a casa de Gacy para continuar con el registro. Al mismo tiempo fueron interrogados sus amigos y allegados, sin que surgieran evidencias delictivas en contra del sospechoso. Finalmente los agentes, frustrados por la falta de pruebas, decidieron detenerlo por posesión de marihuana.

Por ese tiempo Jeffrey Ringall, que había sido violado, se había propuesto encontrar al tipo que lo había hecho. Cada día pasaba varias horas en la carretera donde había sido recogido por un hombre que lo había dormido con cloroformo. Un día identificó el vehículo y se decidió a seguirlo con su coche. La persecución le llevó a una casa, donde el hombre entró después de salir del auto. Ringall inspeccionó el buzón de correo postal y tomó nota del nombre del propietario de la casa. Al día siguiente presentó una denuncia por abuso sexual. El nombre que había leído en el buzón era el de John Wayne Gacy.

Las investigaciones de la policía científica sobre los objetos hallados en la casa Gacy arrojaron sus primeros resultados. Uno de los anillos encontrados pertenecía al joven John Szyc, desaparecido un año antes. Los agentes intensificaron los interrogatorios al sospechoso, cerrando el cerco sobre él más y más, hasta que un Gacy arrinconado confesó haber asesinado a una persona, alegando que lo hizo en defensa propia. El contratista explicó a la policía dónde estaba el cuerpo y los agentes realizaron un nuevo registro de la casa. Ese mismo día Robert Stein –médico forense del condado de Cook- fue requerido por la policía en casa de Gacy. Nada más llegar, el especialista dijo a los agentes que reconocía en aquel lugar el “inconfundible olor a muerte”.

La búsqueda de los cuerpos se realizó con cuidado, como si se tratara de unos trabajos de excavación arqueológica. El viernes 22 de diciembre de 1978 John Wayne Gacy confesó a la policía haber asesinado y enterrado en su propia casa al menos a 30 personas. Su primer crimen databa de 1972. Los detalles de del modo en que habían sido realizados los crímenes conmocionaron a todo el país. Gacy confesó que esposaba a sus víctimas para luego violarlas y torturarlas hasta la muerte. Para evitar sus gritos, Gacy los desnudaba y les metía la ropa interior en la boca. Luego los asfixiaba con una cuerda alrededor del cuello hasta dejarlo sin vida. La cadena de testimonios espeluznantes del mayor asesino en serie de la historia no había hecho sino empezar.

El primer día aparecieron dos cuerpos, uno de ellos pertenecía a John Butkovich y había sido enterrado en el garaje. El otro era la primera evidencia de la enorme fosa común que Gacy había creado en el entresuelo de la casa. Se supo que algunas de las víctimas habían sido sepultadas juntas, luego gacy confesaría con frialdad que lo había hecho así para disponer de más espacio para otros cadáveres. El 28 de diciembre la policía había encontrado un total de 27 cuerpos. Pero había más. El cuerpo sin vida de Frank Landingin fue hallado en el río Des Plaines. Su permiso de conducir estaba en la lista de objetos incautados a Gacy. En el mismo lugar la policía rescató el cuerpo de James Mazzara. Tenía los calzoncillos metidos en la garganta. Según declararía el asesino, tuvo que sumergir los cuerpos en el río porque su “cementerio” casero se le había quedado pequeño. Más tarde en el patio de la casa apareció otro cuerpo, el de un hombre con la ropa puesta y una sortija que delataba que estaba casado. A la semana siguiente encontraron a la víctima número 31 en el río. Era un muchacho llamado Timothy O’Rourke, a quien sus familiares pudieron reconocer gracias a que tenía un tatuaje. Y en la casa apareció el cadáver que hacía el número 32. Los restos de Robert Piest -la última víctima conocida por los investigadores- apareció en abril de 1979 en el río Illinois. Tenía la garganta llena de pañuelos desechables. Se completaba así la macabra lista de asesinatos de John Gacy: 33 personas.

El 6 de febrero de 1980 comenzó la causa contra John Wayne Gacy, también conocido como "Pogo el payaso", en la Corte Criminal del Condado de Cook, en Chicago. Era la hora de reconstruir los asesinatos y desentrañar las causas que habían conducido a un hombre al que todos querían y respetaban a sembrar semejante horror. El jurado estaba compuesto por siete hombres y cinco mujeres. Ante ellos, sentado, callado, desprovisto aparentemente de cualquier sentimiento de culpa, estaba el acusado, John Gacy. A su lado el abogado de la defensa, Robert Motta. A unos metros de ellos, Bob Egan, el fiscal acusador. Abrió las sesiones este último, que relató con todo lujo de detalles todos y cada uno de los asesinatos cometidos por Gacy, haciendo hincapié en la intencionalidad sexual subyacente en todos ellos, el sadismo y la saña con que el acusado se empleaba con sus víctimas y, sobre todo, el carácter consciente de dichos actos homicidas. Tras el fiscal tomó la palabra la defensa, dedicando su alegato casi por completo a intentar convencer al jurado del hecho de que Gacy había actuado sumido en la demencia, lo cual justificaría que no pudiera controlar su conducta. De haber sido considerado demente, Gacy habría salvado la vida casi con toda seguridad, pues su caso habría pasado a manos del sistema nacional de salud, que lo habría recluido y tratado psiquiátricamente, con posibilidad de reinsertarse en la sociedad y quedar en libertad al cabo de un tiempo.

El fiscal llamó a declarar al padre de John Butkovich. Era el primer testigo de una serie que incluyó a familiares y amigos de las víctimas. Más tarde pasaron por el estrado aquellos que, habiendo sido trabajadores de Gacy, habían sufrido alguna vez acoso por parte de él. Los acosados se explicaron con todo lujo de detalles acerca de las insinuaciones y las tretas del contratista en su incesante y enfermiza búsqueda de sexo. Luego llegó el turno de los familiares, amigos y vecinos del acusado. También testificaron los agentes que habían llevado la investigación. Unas sesenta personas en total.

La defensa por su parte sorprendió a todos iniciando su turno de testigos llamando al estrado a Jeffrey Ringall, la única víctima de Gacy que había salvado la vida. La estrategia del abogado defensor era muy clara: necesitaba que Ringall reconociera que Gacy no estaba en sus cabales, y lo hizo, explicando que sólo hablando de un loco podía entenderse el salvajismo de sus ataques. Luego el chico rompió a llorar y tuvo que ser acompañado fuera de la sala. Gacy, que estaba sentado en la primera fila, ni se inmutó ante el testimonio descarnado del joven. No había un ápice de arrepentimiento en el rostro del asesino. Prosiguiendo con su plan, la defensa citó inmediatamente a familiares y amigos de Gacy, los cuales abundaron en la demencia del acusado. Su madre recordó a la sala cómo su padre abusaba constantemente de él, empleado una correa de cuero. Su hermana se refirió al mismo hecho y se confesó testigo de cómo John Wayne era blanco de los insultos de su padre. Los amigos de Gacy destacaron su generosidad, sus servicios a la sociedad y su entrega a los necesitados. Sólo su vecina -Lillie Grexa- desentonó al negarse a reconocer que Gacy estuviera loco, lo cual en lugar de beneficiarle perjudicaba el alegato de la defensa a favor de su estado mental como causa de los crímenes. El último testigo era Thomas Eliseo, psicólogo especialista que había examinado a Gacy antes del juicio. Eliseo contó al tribunal que había encontrado al acusado extremadamente inteligente, si bien creía que actuaba bajo la influencia de una esquizofrenia que le producía un desdoblamiento de personalidad y desorden antisocial, todo lo cual hacía que fuera incapaz de comprender la magnitud de sus actos y por consiguiente que los adoptara como forma de conducta habitual.

En los alegatos finales ante el jurado ambas partes se emplearon a fondo para sostener sus tesis. La acusación recordó la naturaleza execrable de los crímenes, subrayando que habían sido premeditados, planeados y cometidos por un hombre en posesión de sus facultades mentales. La defensa insistió en el hecho de que Gacy era un buen hombre que se había convertido en un demente. Sólo llevó dos horas que el jurado decidiera un veredicto. Cuando sus miembros entraron en la sala se hizo un silencio sepulcral hasta que el secretario del tribunal leyó el fallo diciendo: “Nosotros, el jurado, encontramos al acusado John Wayne Gacy… culpable.” El país entero recibía con alivio un fallo que, por su naturaleza, condenaba a Gacy a correr la misma suerte que sus víctimas: la muerte. Tras seis semanas de arduo juicio John Wayne Gacy fue condenado a 21 cadenas perpetuas y 12 penas de muerte por el asesinato de 33 personas.

El 10 de mayo de 1994 Gacy fue ejecutado mediante inyección letal en la Penitenciería Estatal de Crest Hill, Illinois. Tardó en morir 27 minutos, debido a que los productos químicos de que se componía el suero mortífero que se le administró fallaron parcialmente. Horas antes había disfrutado de su última comida, un menú formado (irónicamente) por pollo frito con patatas y fresas de postre. También había concedido una última entrevista a un periodista del Knight-Tribune, al quea modo de resumen de su "hazaña" le dijo que a pesar de que no era un ególatra se habían escrito 11 libros sobre él, 31 monográficos, 2 guiones, una película, una obra de teatro, 5 canciones y alrededor de 5.000 artículos. Y concluyó diciendo: "¿Qué más puedo pedir?". Sus últimas palabras antes de ser ejecutado, en lo que pareció una muestra de su no arrepentimiento y de su odio a quienes según él le habían arruinado la vida, fueron: “¡Bésenme el culo! ¡Nunca sabrán dónde están enterrados los otros!”.