Listillo
Hace 16 horas
Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él
“Recuerdo cuando salía de fiesta por La Laguna” —recordaba un seguidor del grupo— “y me cruzaba con Iván Mur, el vocalista. Y nos íbamos a tomar unas copas y siempre hablando de música y de como Pablo trabajaba de Dj en un pub y casi siempre al verme ponía el tema Roxanne, jaja”. Para entender el fenómeno del grupo Fábula conviene situarse en el contexto geográfico en el cual vio la luz. Y todo nació en la ciudad de La Laguna, en Tenerife. La Laguna es la ciudad universitaria de Canarias. El ambiente cultural marca el pulso de sus calles milenarias y el bullicio se adueña de la noche en el "cuadrilátero", la zona de marcha siempre atestada de estudiantes, de rockeros, de poetas, de músicos de jazz., de artístas plásticos. En ese escenario nació un pequeño conjunto de pop-rock. No tenían demasiadas pretensiones ni tenían prisa por llegar a ninguna parte, sólo querían hacer las cosas a su manera. Empezaron tocando en garajes, luego en locales de copas y con el tiempo dieron el salto a Madrid y publicaron dos álbumes. Pero lo que se dice triunfar, no llegaron a triunfar nunca ni se convirtieron en un fenómeno de masas. Y sin embargo, hicieron leyenda.
En enero de 2005 Fábula dio a luz “Círculo Vital” (Warner Music) bajo la producción musical asociada de Ismael Guijarro y grabado enteramente en Madrid en los estudios Cincomas Music, PKO y Sintonía. Guijarro, guitarrista y productor sevillano, permanecería desde ese momento ligado al destino de Fábula, realizando un trabajo muy eficiente en la sombra. “Círculo Vital” es en sí un recopilatorio de “grandes éxitos” de los años de rodaje del grupo. El álbum constaba de 14 temas, todos ellos muy cuidados, de entrada fácil y a la vez complejos, canciones que se mueven por la delgada línea que separa a luz de la oscuridad, con letras muy precisas que reflejan un existencialismo de evocación onírica, textos que hablan más de lo que fue que de lo que es o lo que será (como Despertar), poesía urbana capaz de lograr la identificación del oyente, donde Iván y Pablo se rodean de Marcelo Fuentes (bajo), Marcelo Novati (batería) y Jesús Hita (Guitarra). El resultado artístico es ejemplar: está lleno de amargas melodías, con una instrumentación copiosa y unos arreglos preciosistas, conformando un lenguaje muy elaborado como antes no se había visto en el pop-rock español. Hay un algo, un valor añadido en el sonido de Fábula que lo hace especial, como si su música conectase con las fibras menos exploradas de nuestro oído para instalarse en un lugar escogido de nuestra memoria.
El 20 de marzo de 2007 salía a la venta Crisálida, el segundo y muy esperado álbum de Fábula. Esta vez Iván y Pablo se habían tomado dos años para la gestación, un periodo más ajustado a los cánones de producción para una banda que pugnaba por hacerse un hueco en el mercado. Y Crisálida denotaba ante todo madurez, era un trabajo más acústico que el anterior, dando relevancia al aspecto más íntimo de Fábula sin dejar de ser fiel a los cánones característicos del dúo canario: letras alegóricas arropadas por entramados sonoros recurrentes en los que predomina la tonalidad menor. En palabras de Pablo: "este álbum simboliza la evolución, la metamorfosis, la portada refleja una mariposa que alberga en su centro restos de la crisálida, nosotros hemos madurado y aprendido en este tiempo, pero nos gustaría poder preservar una parte inocente, siempre necesaria en cualquier creación". En su primera semana de lanzamiento, Crisálida no logró colocarse en la lista de los 100 álbumes más vendidos. Sin embargo, es algo que a Pablo no le sorprende en absoluto: "Creo que en España, a diferencia de otros países como Reino Unido, no hay un sitio claro para nuestra música, somos demasiado raros para los canales comerciales y demasiado melódicos para los canales underground, no encajamos en festivales tipo 40 principales ni tampoco en Benicassim, según sus organizadores, claro". Y da un paso más para lanzar un mensaje esclarecedor: "Si en todos sitios fuera así, grupos como Oasis, Blur, Coldplay o Radiohead no hubieran salido nunca".
Imagen: David Martín / Flick-r: SalaBoli.


John Wayne Gacy Jr. nació en Chicago el día de San Patricio de 1942. Su infancia no fue demasiado feliz. Su padre -John Wayne Gacy Sr.- estaba alcoholizado y solía abusar físicamente de su mujer -Marion Elaine- y maltrar verbalmente a sus tres hijos, John era el segundo de ellos, entre Joanne, su hermana mayor, y Karen, la pequeña. A pesar de sufrir un constante desprecio por parte de su padre -quien acostumbraba a llamarle "nena"-, el pequeño John Wayne siempre lo quiso con locura, y hasta el final de sus días se esforzó para ganarse su cariño, cosa que nunca logró. Así que John creció marcado por el dolor interior que le provocaban los conflictos conductuales y afectivos vividos en el hogar de sus padres. Después de cambiar de instituto en cuatro ocasiones en el año de su graduación, Gacy dejó los estudios y se marchó a Las Vegas donde trabajó en una empresa de servicios funerarios hasta que decidió regresar a Chicago, graduándose finalmente en una escuela de negocios. Era un vendedor nato, y después de un trabajo eventual en una empresa de zapatos, consiguió crear su propia empresa de venta de ropa en Springfield, Illinois.
John Wayne Gacy Jr. era un tipo muy querido por todos. Sus vecinos lo adoraban por su sentido del humor y su conversación amena. Unánimemente le veían como una persona amable, amigo de sus amigos, dedicado a su familia, un gran trabajador, un emprendedor que, cuando no estaba levantando una empresa, organizaba fiestas vecinales y dedicaba gran parte de su tiempo a mejorar la vida de la comunidad en la que vivía. En Springfield, Gacy promovió con esmero su faceta solidaria, involucrándose en numerosos proyectos cívicos como el Chi Rho Club, del que fue presidente, el Inter-Club Católico, la Defensa Civil Federal de Illinois, la de Chicago, o la Sociedad del Nombre Santo, entre otras. Entregarse a los demás le hacía feliz, proyectaba sobre los que le rodeaban el afecto que a él le había faltado, tal vez como forma de sublimar el dolor que sentía por dentro.
Las cosas parecían ir bien para la familia Gacy, aunque esa felicidad no duraría mucho. Pronto surgieron rumores por toda la ciudad y entre los miembros de los Jaycees sobre las preferencias sexuales de Gacy, y su gusto por insinuarse a los chicos jóvenes que trabajaban para él en el restaurante que dirigía. Y en 1968 los rumores se hicieron realidad. Gacy fue acusado de pretender un acto de sodomía con un muchacho llamado Mark Miller. Miller explicó al tribunal que Gacy lo había atado y violado alevosamente durante una visita a la casa del acusado. Gacy negó los hechos alegando que el chico le había solicitado relaciones sexuales en varias ocasiones para ganar un dinero extra a lo que él se había negado. Finalmente Gacy fue condenado a 10 años de carcel, ingresando en prisión donde cayó en una enorme depresión, acrecentada por la muerte de su padre, de quien no había podido despedirse como hubiese sido su deseo. Al salir de la carcel al año y medio por buena conducta, Gacy regresó a Chicago con su madre y remontó el vuelo trabajando como chef en un restaurante. Su capacidad de redención y reinvención funcionó al cien por cien. Pronto se instaló por su cuenta en un rancho a las afueras, donde trabó amistad con sus vecinos, los Grexas, quienes desconocían por completo el pasado del nuevo miembro de la comunidad, un hombre para ellos encantador que no hacía sino invitarles a cenar en casa. Pero al poco tiempo Gacy fue nuevamente acusado de conducta escandalosa, al intentar abusar de un joven que había recogido con su vehículo en la estación de autobuses. La suerte esta vez hizo que los cargos contra él fueran retirados y más temprano que tarde Gacy volvió a ser un hombre libre.
En 1972 se casó con Carole Hoff, una divorciada con dos hijas que se encontraba en un estado emocional inestable, y a la que Gacy supo ganarse con cariño y generosidad, a pesar de que ella sabía de sus antecedentes penales. El rancho volvió a ser lo que era y los Grexas seguían allí, acudiendo fieles a las cenas de barbacoa organizadas con esmero por el adorable John Gacy. Un día la señora Grexa preguntó a Gacy por los olores a rata muerta que procedían de debajo de la casa. Gacy restó importancia al asunto, ocultando en realidad durante años la verdadera naturaleza del hedor, la cual sólo él conocía. Aún así las fiestas siguieron celebrándose, cada vez con mayor éxito, las había de toda índole, vaqueras, hawaiianas, con disfraces incluidos. A Gacy le gustaba sentirse importante, y sus invitados se dejaban impresionar por su contrastada capacidad como anfitrión.
En 1974 Gacy fundó su propia empresa como constratista -PMD Contractors Inc.- especializada también en reformas y limpiezas y para la que contrató a chicos jóvenes alegando que así reduciría costes. No era la única razón. Gacy intentó seducir a algunos de sus jóvenes empleados. Sus deseos homosexuales se hicieron cada vez más patentes, lo que no escapó a ojos de Carole, quien terminó por separarse de él en 1976, después de encontrar revistas de chicos desnudos entre las pertenencias de su marido. Gacy llegó a decirle que le gustaban más los chicos que las mujeres. En ese momento sus ansias sexuales podían ya más que su necesidad de control para salvaguardar su imagen pública.
Otro aspecto que predominaba en la personalidad de Gacy era el afán de sentirse importante. Esto le llevó a plantearse metas políticas, las cuales le servirían según su modo de ver las cosas para mantaner su nombre a salvo en caso de nuevos deslices sexuales. Sabía de su talento en las relaciones personales y lo puso en práctica, llamando la atención de Robert Mattwick, delegado Demócrata en Norwood Park. Gacy se ofreció para limpiar con sus muchachos la sede local del partido, lo cual le sirvió para adentrarse en la organización y dar a conocer sus múltiples habilidades solidarias. Mattrick quedó gratamente sorprendido el día que vio al tenaz empresario disfrazado haciendo reir a los niños enfermos de un hospital. Vestía como un payaso para ellos -Pogo el payaso- con su cara pintada de blanco y rojo. Llenaba de felicidad a los pequeños y a sus familias comportándose impecablemente. Gacy se afanaba por agradar a los demás, y muy especialmente a los niños, para quienes se había sacado de la manga un personaje a través del cual poder acercarse a ellos. Con este gesto generoso se había ganado con creces el respeto de sus nuevos congeneres, siempre educado, siempre considerado y entregado al prójimo como pocos.
Rendido ante las capacidades de Gacy, al poco tiempo Mattrick lo nombró delegado para la comisión del alumbrado público. En 1975 Gacy era ya secretario tesorero. Parecía que su carrera política iba viento en popa. Incluso se había entrevistado con Jimmy Carter durante una visita presidencial a Illinois,fotografiándose para la posteridad con la primera dama, Rosalynn. Nada de eso le sirvió de mucho cuando comenzaron a circular nuevos rumores sobre su interés por los jovencitos. En concreto dichos rumores lo relacionaban con un incidente ocurrido durante la limpieza de la sede local del Partido Demócrata. Uno de los muchachos que trabajaron en ella, Tony Antonucci, declaró que Gacy le había hecho proposiciones sexuales y que había tenido que defenderse por medio de una silla. Gacy había restado importancia al suceso y le había dejado en paz durante un mes. Pero durante una visita de Antonucci por trabajo a casa de Gacy, éste lo había esposado e intentado desnudar, hasta que el chico logró escaparse y huir. Gacy le prometió que no sucedería más y el joven siguió trabajando para él durante un año.
A Johnny Butkovich, de 17 años, le gustaban los coches. Dedicaba mucho tiempo a mantener en buen estado su Dodge de 1968. Entró a trabajar en PDM Contratistas y estaba contento con el puesto que le habían asignado. Hasta que un buen día Gacy se negó a pagarle dos semanas de trabajo extra. Johnny fue a casa de Gacy en compañía de unos amigos para reclamarle el dinero. Gacy se enfadó mucho, discutieron airadamente hasta que los muchachos decidieron marcharse. Butkovich dejó a sus amigos y condujo supuestamente hacia su casa. Nunca más se le volvió a ver con vida.
Billy Carroll era el tipo de joven problemático, al menos así lo definían sus propios padres, hartos de sus problemas con la justicia. Con 9 años había sido internado en un centro juvenil por un robo. A los 16 mantenía un negocio como intermediario para encuentros sexuales entre adultos y jovencitos. Un día de junio de 1973 Billy salió de casa y nunca más se supo de él. Estos tres muchachos, sin conocerse entre ellos, tenían algo en común: todos ellos se toparon en algún momento de sus vidas con John Wayne Gacy.
El joven de 18 años Robert Gilroy amaba los caballos. El 15 de septiembre de 1977 tomó un autobús para ir a montar con unos amigos. Nunca llegó a su destino. Su padre era sargento de la policía de Chicago. A pesar de los dispositivos de búsqueda que el padre puso en marcha al saber de la desaparición de su hijo, este nunca fue hallado con vida.
El teniente Joseph Kozenczak, encargado de la investigación, interrogó a Gacy. El sospechoso dijo que no tenía nada que ver con la desaparición del chico. No le detuvieron. Pero el teniente Kozenczak tuvo la precaución de solicitar el expediente penal de Gacy. A los pocos días descubrió que el sospechoso tenía antecedentes por practicar sodomía contra un menor. Este hecho hizo que solicitara una orden de registro del domicilio de Gacy. El 13 de diciembre de 1978 la policía entró en casa de Gacy en Summerdale Avenue. Gacy no se encontraba allí. El registro deparó la incautación de los siguientes objetos: Un joyero conteniendo dos permisos de conducir; una caja con marihuana y papel de fumar; siete películas pornográficas de procedencia sueca; píldoras de valium; un cuchillo de hoja intercambiable; fotografías a color de farmacias y otros establecimientos; una agenda de direcciones; libros con títulos como Adolescentes apretados, Jóvenes ciclistas, Sexo entre hombres y niños o Ventiún casos de sexo anormal; un par de esposas con sus respectivas llaves; una plancha de madera con orificios en ambos extremos; una pistola de 6mm de fabricación italiana con munición; placas de policía; un dildo de 18 cms; ropa de tallas tan pequeñas que difícilmente podía pertenecer a Gacy. Además, 3 automóviles propiedad de Gacy también fueron confiscados.
Durante el registro exhaustivo del lugar, la policía accedió al entresuelo de la casa, donde lo primero que les llamó la atención fue el hedor que de allí provenía, y que en un principio asociaron a las aguas residuales. Finalizado el registro Gacy fue llamado a comisaría para declarar por segunda vez. Interrogado sobre los objetos encontrados en su casa, Gacy solicitó la presencia de su abogado, quien le dio instrucciones vía telefónica para que no firmase ninguna declaración. La policía no tenía realmente nada contra él, así que fue puesto en libertad vigilada las 24 horas. En los días posteriores la policía acudió nuevamente a casa de Gacy para continuar con el registro. Al mismo tiempo fueron interrogados sus amigos y allegados, sin que surgieran evidencias delictivas en contra del sospechoso. Finalmente los agentes, frustrados por la falta de pruebas, decidieron detenerlo por posesión de marihuana.
Por ese tiempo Jeffrey Ringall, que había sido violado, se había propuesto encontrar al tipo que lo había hecho. Cada día pasaba varias horas en la carretera donde había sido recogido por un hombre que lo había dormido con cloroformo. Un día identificó el vehículo y se decidió a seguirlo con su coche. La persecución le llevó a una casa, donde el hombre entró después de salir del auto. Ringall inspeccionó el buzón de correo postal y tomó nota del nombre del propietario de la casa. Al día siguiente presentó una denuncia por abuso sexual. El nombre que había leído en el buzón era el de John Wayne Gacy.
El primer día aparecieron dos cuerpos, uno de ellos pertenecía a John Butkovich y había sido enterrado en el garaje. El otro era la primera evidencia de la enorme fosa común que Gacy había creado en el entresuelo de la casa. Se supo que algunas de las víctimas habían sido sepultadas juntas, luego gacy confesaría con frialdad que lo había hecho así para disponer de más espacio para otros cadáveres. El 28 de diciembre la policía había encontrado un total de 27 cuerpos. Pero había más. El cuerpo sin vida de Frank Landingin fue hallado en el río Des Plaines. Su permiso de conducir estaba en la lista de objetos incautados a Gacy.
En el mismo lugar la policía rescató el cuerpo de James Mazzara. Tenía los calzoncillos metidos en la garganta. Según declararía el asesino, tuvo que sumergir los cuerpos en el río porque su “cementerio” casero se le había quedado pequeño. Más tarde en el patio de la casa apareció otro cuerpo, el de un hombre con la ropa puesta y una sortija que delataba que estaba casado. A la semana siguiente encontraron a la víctima número 31 en el río. Era un muchacho llamado Timothy O’Rourke, a quien sus familiares pudieron reconocer gracias a que tenía un tatuaje. Y en la casa apareció el cadáver que hacía el número 32. Los restos de Robert Piest -la última víctima conocida por los investigadores- apareció en abril de 1979 en el río Illinois. Tenía la garganta llena de pañuelos desechables. Se completaba así la macabra lista de asesinatos de John Gacy: 33 personas.
El 6 de febrero de 1980 comenzó la causa contra John Wayne Gacy, también conocido como "Pogo el payaso", en la Corte Criminal del Condado de Cook, en Chicago. Era la hora de reconstruir los asesinatos y desentrañar las causas que habían conducido a un hombre al que todos querían y respetaban a sembrar semejante horror. El jurado estaba compuesto por siete hombres y cinco mujeres. Ante ellos, sentado, callado, desprovisto aparentemente de cualquier sentimiento de culpa, estaba el acusado, John Gacy. A su lado el abogado de la defensa, Robert Motta. A unos metros de ellos, Bob Egan, el fiscal acusador. Abrió las sesiones este último, que relató con todo lujo de detalles todos y cada uno de los asesinatos cometidos por Gacy, haciendo hincapié en la intencionalidad sexual subyacente en todos ellos, el sadismo y la saña con que el acusado se empleaba con sus víctimas y, sobre todo, el carácter consciente de dichos actos homicidas. Tras el fiscal tomó la palabra la defensa, dedicando su alegato casi por completo a intentar convencer al jurado del hecho de que Gacy había actuado sumido en la demencia, lo cual justificaría que no pudiera controlar su conducta. De haber sido considerado demente, Gacy habría salvado la vida casi con toda seguridad, pues su caso habría pasado a manos del sistema nacional de salud, que lo habría recluido y tratado psiquiátricamente, con posibilidad de reinsertarse en la sociedad y quedar en libertad al cabo de un tiempo.
La defensa por su parte sorprendió a todos iniciando su turno de testigos llamando al estrado a Jeffrey Ringall, la única víctima de Gacy que había salvado la vida. La estrategia del abogado defensor era muy clara: necesitaba que Ringall reconociera que Gacy no estaba en sus cabales, y lo hizo, explicando que sólo hablando de un loco podía entenderse el salvajismo de sus ataques. Luego el chico rompió a llorar y tuvo que ser acompañado fuera de la sala. Gacy, que estaba sentado en la primera fila, ni se inmutó ante el testimonio descarnado del joven. No había un ápice de arrepentimiento en el rostro del asesino. Prosiguiendo con su plan, la defensa citó inmediatamente a familiares y amigos de Gacy, los cuales abundaron en la demencia del acusado. Su madre recordó a la sala cómo su padre abusaba constantemente de él, empleado una correa de cuero. Su hermana se refirió al mismo hecho y se confesó testigo de cómo John Wayne era blanco de los insultos de su padre. Los amigos de Gacy destacaron su generosidad, sus servicios a la sociedad y su entrega a los necesitados. Sólo su vecina -Lillie Grexa- desentonó al negarse a reconocer que Gacy estuviera loco, lo cual en lugar de beneficiarle perjudicaba el alegato de la defensa a favor de su estado mental como causa de los crímenes. El último testigo era Thomas Eliseo, psicólogo especialista que había examinado a Gacy antes del juicio. Eliseo contó al tribunal que había encontrado al acusado extremadamente inteligente, si bien creía que actuaba bajo la influencia de una esquizofrenia que le producía un desdoblamiento de personalidad y desorden antisocial, todo lo cual hacía que fuera incapaz de comprender la magnitud de sus actos y por consiguiente que los adoptara como forma de conducta habitual.
En los alegatos finales ante el jurado ambas partes se emplearon a fondo para sostener sus tesis. La acusación recordó la naturaleza execrable de los crímenes, subrayando que habían sido premeditados, planeados y cometidos por un hombre en posesión de sus facultades mentales. La defensa insistió en el hecho de que Gacy era un buen hombre que se había convertido en un demente. Sólo llevó dos horas que el jurado decidiera un veredicto. Cuando sus miembros entraron en la sala se hizo un silencio sepulcral hasta que el secretario del tribunal leyó el fallo diciendo: “Nosotros, el jurado, encontramos al acusado John Wayne Gacy… culpable.” El país entero recibía con alivio un fallo que, por su naturaleza, condenaba a Gacy a correr la misma suerte que sus víctimas: la muerte. Tras seis semanas de arduo juicio John Wayne Gacy fue condenado a 21 cadenas perpetuas y 12 penas de muerte por el asesinato de 33 personas.
El 10 de mayo de 1994 Gacy fue ejecutado mediante inyección letal en la Penitenciería Estatal de Crest Hill, Illinois. Tardó en morir 27 minutos, debido a que los productos químicos de que se componía el suero mortífero que se le administró fallaron parcialmente. Horas antes había disfrutado de su última comida, un menú formado (irónicamente) por pollo frito con patatas y fresas de postre. También había concedido una última entrevista a un periodista del Knight-Tribune, al quea modo de resumen de su "hazaña" le dijo que a pesar de que no era un ególatra se habían escrito 11 libros sobre él, 31 monográficos, 2 guiones, una película, una obra de teatro, 5 canciones y alrededor de 5.000 artículos. Y concluyó diciendo: "¿Qué más puedo pedir?". Sus últimas palabras antes de ser ejecutado, en lo que pareció una muestra de su no arrepentimiento y de su odio a quienes según él le habían arruinado la vida, fueron: “¡Bésenme el culo! ¡Nunca sabrán dónde están enterrados los otros!”.