02 noviembre, 2006

Mi nombre es Sombra


Según el orden del día, con ocasión de la reunión semestral de la Asociación de Sombras sin Rumbo, la cuestión principal a debatir era: “Ventajas e inconvenientes de ser una Sombra en la diversidad a la luz del desafío de la sociedad del siglo XXI”.

Mi nombre es sombra, -exclamó un espantajo desde la primera fila. Era una fórmula con la que todos los asistentes debían abrir sus intervenciones, asumiendo sin ambages ante los demás el hecho de ser una sombra-. Yo soy sombra porque no sé ser otra cosa, -gorjeó y acto seguido enmudeció.

Una suerte de aparición oscura y muy densa, deambulaba rezagada por el pasillo central en busca de sitio. Mi nombre es sombra –profirió con agitación cuando aún no había encontrado donde depositar su estela-. He venido para acallar los rumores sobre mí antes de que se enfrasquen ustedes en discusiones farragosas –dijo haciéndose un hueco en un banco entre dos negruras tan maquilladas que parecían sombras chinescas-. Yo he sido un agente regulador del tráfico de sombras, esto es, guardia –declaró y se detuvo porque a su lado unos misterios no paraban de cuchichear, como si supieran de la fama de que gozaba-. ¿Quieren ustedes callarse y circular con orden mientras hago uso de la palabra? –vociferó exaltado, arrastrando la última sílaba hasta acabar por completo con los rumores-. Como les decía, he sido un guardia ejemplar y no entiendo a que viene ese sambenito de que tengo “mala sombra”. Solo espantos de muy mala calaña a los que tuve que sancionar por sus graves infracciones son capaces de decir algo así de un agente del orden como yo –y se paró nuevamente al observar ciertas muecas que no le convencieron en absoluto-. ¿Es que no me creen, maldita sea mi sombra? –atronó enfurecido y se sacó un silbato con el que bufó repetidas veces-. ¿Qué harían ustedes si los viandantes sistemáticamente hicieran caso omiso de sus indicaciones? –gimoteó con el pito en la boca-. He sido un recto cumplidor del orden circulatorio y quien diga lo contrario que se levante y me lo diga a la cara si tiene la suficiente oscuridad para hacerlo –atemorizó desafiante al auditorio de esperpentos-. Así me gusta –espetó-, veo que todos están de acuerdo conmigo –agregó pasados unos instantes, chiflando con el silbato a diestro y siniestro-. Hagan el favor de circular como es debido –concluyó entre aspavientos y se arrellanó con autoridad en el asiento desplazando considerablemente a las manchas que tenía a ambos lados-.

Gracias al señor mala… eh… señor buena sombra, por su encendida intervención –dijo el moderador algo aturdido mientras ordenaba sus papeles, y todos rieron al unísono provocando nuevos gruñidos del aludido-.

Otro espectro se puso en pié para dirigirse a la concurrencia: Mi nombre es sombra. Verán, nosotros antes éramos un cuerpo de bailarín de danza contemporánea con su debida sombra. Los primeros años nos compenetramos muy bien. Nuestras coreografías eran perfectas, muy coordinadas, ¿saben? –recordó con melancolía-. Pasamos momentos muy felices porque me sentía realmente querida por aquel cuerpo. Recorrimos los mejores teatros representando las piezas más arriesgadas, y siempre con éxito –añadió-. Hasta que una noche tras una representación en la Scala, vi cómo mi cuerpo besaba a la primera bailarina de la compañía –reconoció, despertando runrunes entre los oyentes-. Fue el principio de nuestro fin –admitió dolida-. Todo empezó a ir mal. Ya no nos entendíamos, no formábamos un equipo. Había piezas en las que cada uno iba por su cuenta y aquello producía risas entre el público, como si estuvieran viendo una película de El gordo y el flaco. Fuimos a terapia durante un tiempo. Nos trataron en pareja y por separado, pero nada. Hasta que un día la primera bailarina acudió a la terapia y dijo en mi presencia que ellos se amaban –relató, dejando humedecidas a las sombras más sensibles-. Nos separamos y desde entonces soy una sombra que no desea acompañar a ningún otro cuerpo. Ellos siguieron bailando hasta que ella, que era más joven, se hizo más famosa que él – reveló-. Pasado un tiempo, no hace mucho nos cruzamos por la calle, y comprobé que ya nada me unía a aquel cuerpo. Supe que se había retirado de la escena. Estaba muy desmejorado, de aspecto descuidado. Como si estuviera solo... porque pude observar que no proyectaba sombra alguna –acabó diciendo en medio de un respetuoso silencio-.

Yo -se atrevió a decir un fantasma desde tan atrás que todos los espantos tuvieron que proyectarse hacia la entrada- donde ustedes me ven, o me adivinan perdón, antes era un cuerpo. En realidad nací cuerpo y crecí cuerpo, hasta que un día me rebelé contra esa situación. Porque yo por dentro me sentía sombra, sólo que no me atrevía a decirlo por miedo al rechazo por parte de los míos. Qué sombra ni niños muertos, -decía mi padre-, tu eres cuerpo y te callas o te arreo un guantazo. Sí, gran parte de mi existencia he sido una sombra asignada al cuerpo equivocado. Sufrí mucho porque había momentos en que no podía remediar sentirme atraído por otras sombras. Tuve que soportar el rechazo generalizado de los cuerpos -adónde vas sombrasa, me insultaban- solo por el hecho de ser distinto. Hasta que tuve la suerte de ir a parar a la Asociación de Sombras Desplazadas de su Existencia, donde me ayudaron y me aconsejaron hacerme el cambio de ser. Y hoy por hoy puedo decir que soy feliz, he olvidado mi pasado corpóreo y comparto mi existencia con otra sombra que me quiere de verdad y yo a ella. Pensamos aprovechar la nueva ley de unión de sombras para legalizar nuestra situación. Espero que mi historia les sirva de algo -concluyó permaneciendo en pie entre rumores, sintiéndose examinada por algunas de las sombras más reaccionarias-.

La sombra moderadora dio la bienvenida a un esperpento para quien era su primera reunión, y le invitó a contar su historia. Bueno verán -comenzó- yo es que no sé si debería decir que mi nombre es sombra porque en realidad no sé si lo soy definitivamente. Lo cierto es que una mañana desperté y era sombra sin que nadie me lo dijera. Era el día antes que nuestra hija contrajera matrimonio. Cuando mi mujer lo supo se puso hecha un basilisco –relató-. Que cómo iba una sombra a llevar a la niña al altar, me dijo. Qué pensarían los invitados al ver entrar a la novia del brazo de una cortina de humo, añadió. Yo sólo quería pensar en que aquello fuera algo transitorio y que tal vez al día siguiente despertara siendo cuerpo otra vez. Pero no fue así para mi desgracia. La boda finalmente se celebró y yo seguía siendo un fantasma. Mi mujer tuvo que acompañar a la novia en medio de los comentarios de que algo pasaba conmigo. Y la cosa es que yo estaba allí en primera fila, avergonzado, sin poder abrir la boca, sufriendo en mi propia estela la mirada despectiva del párroco. Una novia sin padrino… algo huele a podrido en esta familia, pensaría el cura. Ni siquiera pude comulgar ni besar a la novia –se lamentó-. Tiempo después mi mujer me abandonó por un cuerpo amigo común con el que había estado bailando en el banquete. Para qué quiero yo una bruma que me persigue a todas partes, me dijo la muy descarada. Desde entonces cada mañana me palpo a mí mismo nada más abrir los ojos por si hay novedad pero no la ha habido, ya ven. Gracias por recibirme y perdonen ustedes –terminó, y se esfumó ante la mirada compasiva del montón de espantapájaros.-

Un saludo para todos los presentes –pronunció un fantasma de aspecto foráneo-. Yo soy una sombra inmigrante –dijo, provocando un recelo instantáneo-. Vine con mi familia desde muy lejos en busca de prosperidad, de un futuro mejor para los míos –explicó en medio del murmullo de los espectros nativos-. Desde el principio hemos intentado –aseguró- integrarnos en la forma de vida de esta comunidad. Hemos asumido aquellos trabajos que las sombras de aquí no quieren hacer –dijo-, como ser sombra de los cuerpos que realizan tareas domésticas o de los que efectúan trabajos de recolección en el campo. Sin embargo, no siempre hemos sido bien recibidos por algunos de ustedes –se quejó-. Y me gustaría saber por qué. ¿Qué es lo que tienen ustedes en contra nuestra? –preguntó desde la humildad-. ¿A quién hacemos daño cuando nos reunimos a comer y bailar según nuestras costumbres los domingos en el parque o cuando vamos en manada a comprar al centro comercial? –dejó caer de un modo conciliador.- Nosotros no vamos pidiendo por la calle como esas otras sombras que no hablan nuestro idioma. Ni dormimos bajo los puentes como las sombras de color. Ni somos delincuentes como algunas sombras procedentes del Este. Deseamos alcanzar el bienestar que ustedes poseen. ¿Es eso un delito? –reclamó sin que la mayoría de los fantasmas dejaran de observarle con reticencias-. Nosotros –sentenció- somos sombras totalmente legales. Y como tal merecemos ser tratados –concluyó con firmeza, y escrutó con la mirada el gesto generalizado de temor a una hipotética invasión descontrolada de adefesios extranjeros.-

Queridas sombras: Yo hasta hoy no me había atrevido a hablarles a ustedes, mis queridos amigos todos -se oyó decir en medio del vocerío, al tiempo que la sombra que hacía las veces de moderador llamaba al orden-. Estoy aquí... ¿Me ven compañeros? -exclamó la aparición mientras se zangoloteaba para poder ser vista-. Mi problema es que soy un simple sombrajo -continuó diciendo y su reflejo temblaba excitado-. Nadie me quiere porque no soy una sombra hecha y derecha. ¿Y qué culpa tengo yo, amigas sombras?... ¿Creen ustedes que no me gustaría reflejarme completamente, eh? Y a fe que lo he intentado, pero siempre me quedo a medias –gimoteó sin que nadie sintiera la más mínima lástima-. Una vez fui aconsejado llevar conmigo un haz de luz muy potente que iluminara bien mi figura. Lo único que conseguí -querida audiencia- fue realzar más aún las estilizadas sombras con las que me cruzaba. Luego –prosiguió- acudí a una ortopedia para sombras, donde me adosaron una prótesis de relleno con la que lo pasé incluso peor, pues su peso me causó un daño lumbar casi irreparable. De ahí a la técnica del sombreado láser de última generación -dijo-, que no era una técnica definitiva y que precisaba de sucesivas sesiones. Recuerdo aquella vez que olvidé ir a la sesión diaria y –escuchen esto- cuando una sombra muy femenina estaba apunto de besarme me desvanecí entre sus brazos y salió corriendo. Terminé en la consulta de un psicoanalista de sombras. Pasaron muchas sesiones a 70 sombretes la hora –menudo gasto- y eso que sólo hablaba yo. Hasta que un día… ¿saben que me dijo un día, queridos amigos? –inquirió a una multitud que no podía disimular la risotada-. Me dijo que estaba harto de mi verborrea de predicador y que asumiera el hecho de ser… un jodido sombrajo… -espetó-. Lo que oyen amigos, y me invitó a no volver más a su consulta. Así sucedió, sí. ¿Me entienden ahora, amigos míos? –volvió a dejar caer-.

Claro que te entendemos… jodido sombrajo –clamó una voz burlona desde las entrañas de aquel coro de contornos en pleno jolgorio-.

Por todas las sombras, mantengamos el orden y el respeto a los demás -tuvo que imponerse la sombra moderadora-. Vamos a hacer una pausa de unos minutos para ponernos al sol –dijo recomponiéndose-, y enseguida regresamos…

Pasados unos minutos, la marabunta de zombis recaló de nuevo en la sala, dando un merecido descanso al astro sol. La sombra moderadora reanudó el turno de palabra.

Mi nombre es sombra -anunció la voz bien modulada de una sombra de avanzada edad-. Yo he sido represaliado durante años por ser una sombra de izquierdas -confesó, para luego explicar su historia con todo lujo de detalles históricos-. Fue durante la guerra, en medio del hambre y desolación por el enfrentamiento entre conciudadanos. Me delató mi propio cuerpo –reveló a media voz-. Dijo que lo hizo por hambre. Habíamos crecido juntos. Nuestras familias se conocían. Una vez cuando éramos niños le salvé de morir ahogado en un estanque, gracias a que me proyecté hacia el lado contrario al del agua y eso hizo que reaccionara y evitara caerse por los pelos. Y ya ven -explicó abatido- así me pagó los servicios prestados. Más tarde supe que también había entregado a la sombra que me sustituyó a mí, y así hasta cinco sombras inocentes que como yo, fueron encerradas y torturadas sistemáticamente en la cámara de luz invertida hasta perder su identidad y desintegrarse. A mí me salvó que un intendente del campo de concentración de sombras se encaprichó con mi forma de reflejarme, y acabé participando en los bailes de sombras conque se divertían los oficiales -contó-. Les he contado esto porque deseo que nunca más una sombra sea perseguida por sus ideales -concluyó, con la silueta sensiblemente afectada-.

Estoy cansada de ser una sombra objeto -anunció una niebla muy decepcionada-. Por mis cualidades como contorsionista, las cuales descubrió un tío mío durante mi adolescencia, he sido utilizada sistemáticamente como reflejo de objetos de todas la formas y tamaños. Necesitamos que seas la sombra de esa farola, me dijeron un día y así empezó todo. ¿Pero por qué no puedo ser la sombra de un cuerpo y ya está? Pues no, venga árboles, venga edificios, venga vehículos y sobre todo venga mobiliario de interiores –relató airada-. Me he pasado media vida pegada a seres sin alma, sin voz, sin sentimientos. ¿Saben el daño que eso me ha ocasionado? -se quejó dolida-. No, que van a saber. Ahí están ustedes tan ricamente repanchigados, asignados a alguien de carne y hueso, que habla, que ríe, que llora, que es buena o mala persona… a seres que les aportan algo en definitiva. ¿Qué me aporta a mí una torre del tendido eléctrico -se quejaba- que no sean escalofríos por si alguien se acerca y se hace daño?... ¿Y qué me aporta a mí ser la Sombra de la bandera de un juez de línea, me quieren decir? -dijo subiendo el tono de voz-. ¿Terminar la jornada loca de la cabeza entre la agitación y los insultos? -aulló ante una nube de apariciones que la observaban con ojos de "no te quejes tanto, nena"-. Ya ven qué emocionante -terminó-. Entonces se dio cuenta de lo poco que habían calado sus quejas y se sentó sin rechistar.

Tres sombras de mediana edad y muy bien proyectadas llamaron la atención del resto desde uno de los pasillos centrales. Nuestro nombre es sombra -dijo ella, escoltada por dos pedazos de sombra-. Quiero que nuestra historia sirva para explicar que tres sombras no son multitud -afirmó y dirigió una mirada cómplice a cada uno de sus acompañantes-. Yo había conocido primero a la sombra que tengo a mi izquierda. Mantuvimos relaciones durante algunos años. Un día nos dimos cuenta de que la monotonía se había instalado en nuestra vida y decidimos que necesitábamos un aliciente para seguir juntos. Así que acordamos ir una noche a un local de intercambio de sombras, ya saben, dejando a un lado los condicionantes sociales establecidos -explicó de un modo que parecía que estuviera obligada a abrir las mentes de aquella humareda. Durante la alocución algunas sombras se tapaban la boca, y otras recolocaban su figura en sus asientos, disponiéndose a escuchar con cautela la parte mas comprometida del relato-. Fuimos recibidos por la madame sombra, muy amable en todo momento. Al advertir que éramos primerizos, dedicó unos minutos a tranquilizarnos y nos aconsejó comportarnos con naturalidad y sin prejuicios. También dijo que sería mejor si cada uno iba por su cuenta. El interior estaba excelentemente iluminado, para disfrute de las sombras que se contorneaban a la caza de otras penumbras. Entonces nos separamos y nos entregamos a la faena -relató en un tono que hizo que gran parte de las sombras masculinas se removieran en sus asientos, vigilando las posibles alteraciones de sus excitados reflejos-. Unas horas más tarde, bien entrada la madrugada, cuando volvimos a encontrarnos en la entrada, ya éramos tres. Mi pareja me presentó a la sombra con la que había intimado. Al principio me nublé un poco, pero en cuanto mezclamos nuestras estelas supe que habíamos conseguido ser una pareja de Sombras abierta y moderna -dijo muy segura de sí misma en medio del escándalo generalizado-. Al fin y al cabo todos hemos ganado -finalizó su intervención con impudicia-. Ahora somos tres: ellos se tienen entre ellos y yo los tengo a los dos.

Vuelvan cuando quieran -intercedió la sombra moderadora, subiendo el volumen de su micrófono para atajar la cascada de comentarios en contra que podían escucharse con total claridad.

Mi nombre no es sombra -prorrumpió una voz que dejó la sala en silencio-. No, no me busquen ustedes porque aunque estoy aquí, digamos que no estoy -aclaró, y todos los presentes se agitaron buscando al espectro que los había dejado mudos con aquella declaración-. Así es amigos, yo no puedo decir que sea una sombra –se lamentó-. Estoy aquí entre ustedes, pero ustedes no pueden verme. Y voy a explicarles por qué... Verán, hace unos años decidí tomarme un permiso de paternidad para cuidar de mi recién nacida sombrita, así lo habíamos decidido mi mujer y yo. Ella trabajaba como sombra ejecutiva en una corporación importante y sus ingresos eran superiores a los míos. Pues bien, mientras yo cuidaba a la preciosa sombrita mi mujer se había liado con su sombra jefe. Lo que oyen -puntualizó en medio del estupor de la masa de enigmas-. Y no contenta con eso acudió a una sombra hechicera, quien me practicó una magia negra a consecuencia de la cual he desaparecido completamente -concluyó, logrando multiplicar las voces de asombro-. ¿Son capaces ustedes de imaginar lo que se siente al ver con impotencia cómo tu mujer duerme en tu propia cama con su jefe, el cual lleva puesto tu pijama nuevo regalo del último cumpleaños? -se quejó amargamente-. Sólo pensar en que mi sombrita jamás volvería a verme y que algún día pensaría que su padre era el amante de mi mujer, y es que me ponía malísimo. Tuve que marcharme de casa, no podía seguir viviendo en aquel infierno por más tiempo. Por favor, no sientan lástima por mí, no la necesito, soy un tipo duro –expresó reuniendo fuerzas-. Mi sombra madre siempre decía que "no hay mala sombra que por bien no venga", y tenía razón. Viéndome impotente ante aquella situación, decidí denunciar el asunto en una comisaría de sombras. La extraña naturaleza del caso hizo que fuera pasando de sombra en sombra hasta llegar -no me pregunten por qué- hasta las más altas esferas. Al no poder desbaratar el trabajo de magia negra que me habían hecho, decidieron realizarme una oferta -relató la voz-. Me ofrecieron formar parte de la sección de sombras invisibles, un grupo que se dedica a combatir delitos de toda índole que afecten a la seguridad nacional. Dichas sombras pueden recobrar la visibilidad en función de los méritos obtenidos. ¿Entienden ahora por qué no deben verme ustedes? -preguntó soltando una carcajada, y comprobando cómo se desfiguraba la amalgama de máculas presentes-. Durante una de mis investigaciones sobre delitos monetarios, advertí la implicación del jefe de mi mujer. Di parte a los de Anticorrupción y mi mujer y su jefe dieron con sus huesos en la prisión de cuerpos -concluyó riendo cínicamente-. Me fue dada la custodia de mi sombrita y ha crecido feliz escuchando la voz de su invisible sombra padre. ¿Están impresionados, eh? -dijo, mientras el tropel de fantasmas se miraban los unos a los otros como si temieran ser descubiertos en alguna fechoría que aún no hubiese prescrito-.

Quiero aprovechar este momento de confusión -intervino la sombra moderadora- para recordarles que algunos de ustedes no están aún al corriente de la cuota anual de esta asociación. No nos obliguen a poner el asunto en manos de nuestra voz amiga... ¿Está usted ahí todavía? -consultó entre risas-. Tendrá cosas más importantes que hacer y nos ha abandonado ya... respiren, respiren - dijo, alargando un sarcasmo del que nadie se rió-. Antes de cerrar la sesión daré paso a un último turno de palabra. Se trata de un eminente estudioso y miembro de esta sociedad - explicó señalando a una cortina de humo grisáceo que estaba sentado a su lado.

Desearía que no todo fuera amargo en nuestra reunión de hoy -expuso aquella silueta de aspecto entre intelectual y bohemio. Mi nombre es sombra, un saludo lleno de energía para todos ustedes –se dirigió con voz cálida y amable-. Soy profesor de sociología y escritor, autor del manual de autoayuda "Aprender a ser Sombra: tú puedes", de gran éxito el año pasado y traducido a 17 idiomas. Hoy quiero hablarles de un aspecto que les servirá para aprender a ser mejores sombras. Se trata de la autoestima, la cual definiremos como la capacidad de una sombra para quererse a sí misma –dijo, como si estuviera formando a los presentes en los vericuetos de la venta piramidal-. ¿Por qué no nos queremos en ocasiones? -cuestionó al alumnado de esperpentos-.

¿Porque somos una maldita tiniebla? -replicó una especie de eclipse, de un modo contestatario-.

No, mi querido congénere -se apresuró a responder-, no nos queremos porque nos creemos inferiores a los demás, en este caso, a los cuerpos -sentenció-. Pues bien, yo os digo que la solución está en nosotros mismos. Nadie es superior a nadie, es un principio que debemos tener presente. Tenemos que analizarnos y descubrir aquellas cualidades que caracterizan nuestra forma de ser sombra, y potenciarlas. Por ejemplo -y enumeró- la discreción, la lealtad y el servicio a los demás. ¿Discreción? –explicó- porque como acompañantes no corpóreos, observamos y callamos por naturaleza. ¿Lealtad? –prosiguió- porque siempre nos debemos al cuerpo u objeto al que hemos sido asignados. ¿Servicio a los demás? –concluyó- porque nuestra misión no es otra que proporcionar sombra. Estas cualidades han de servirnos para afianzar nuestro amor propio –finalizó y acto seguido preguntó si alguien tenía alguna duda-.

Ahora ya sé por qué me han despedido tantas veces, profesor sombra –exclamó un clandestino al que dirigieron su mirada todas las visiones-. Me explico –dijo casi con orgullo-. Yo he faltado en repetidas ocasiones a esos tres principios.

Cuéntenos por qué querido amigo –replicó el profesor-.

A ver –dijo el penitente una vez levantado de su asiento- creo que no he sido discreto, ni leal, ni me he dado a los demás.

¿Puede ser usted más concreto, amigo? –interrumpió el sociólogo-.

Seré breve y conciso –respondió el osado halo-. Solía estar asignado a cuerpos del más alto nivel, ya saben, miembros del gobierno, realeza, etcétera. Todo el santo día presenciando conversaciones de alto nivel, secretos de estado y esa clase de cosas, también líos de faldas. Un día un reportero de uno de esos tabloides, ya saben, prensa amarilla, me propuso sacar a relucir ese tipo de cosas a cambio de varios millones de sombretes. Y claro, ¿cómo iba a rechazar semejante oferta? –declaró enfáticamente-. Tengo una familia, ¿sabe? –quiso defenderse, ante las miradas de repulsión de la mayoría de espectros-.

¿Así que ha traicionado usted la confianza de quienes le habían adoptado como sombra? –preguntó muy serio el profesor-.

Sí, lo hice –contestó-. Era la ocasión de mi vida, amigos –dijo a una audiencia que se manifestó con voces divididas-.

Es usted muy valiente al declararlo aquí públicamente –replicó el profesor-. ¿No teme represalias?

Ahora soy una sombra jubilada, ¿sabe?, estoy fuera de la circulación, finito –contestó el clandestino con cierto desahogo-.

Aquí no juzgamos a nadie –manifestó el profesor sombra-. Sólo espero –añadió- que la historia que nos ha contado esta tiniebla, nos sirva a todos para reflexionar sobre lo que está bien y lo que está mal del hecho de ser sombra. Ha sido un testimonio muy revelador –concluyo-. Muchas gracias.

Gracias al profesor sombra –se apresuró a decir la sombra moderadora antes de que el asunto se le fuera de las manos-. Hemos llegado al final de la sesión. Gracias a todos y hasta la próxima vez.

Un momento... que nadie se mueva –amenazó estruendosamente una voz que invadió toda la estancia, como si la mismísima sombra Dios les hubiera dirigido la palabra-. Suerte que no me fui del todo –dijo la potente voz, ahora ya reconocible para los presentes-. Este esperpento que les ha contado con descaro sus fechorías acaba de proporcionarme la detención de mi vida –agregó con cautela-. Llevábamos años detrás del contorno corrupto que puso en peligro nuestro país con sus indiscreciones –explicó a un acobardado público deseoso de salir de allí sano y salvo-. Es mi día de suerte –espetó la voz y dio una carcajada-. Llevaré a este esbirro ante la justicia para que responda ante ella de los delitos que ha cometido. ¿Y luego saben qué ocurrirá? –dijo regocijándose-. Que seré condecorado por ello –añadió-. ¿Y saben cómo? –insinuó-. Se lo diré a ustedes: muy probablemente seré recompensado con la vuelta a la visibilidad –afirmó y todas las sombras dirigieron sus estelas hacia arriba imaginando la posibilidad de un milagro-. Después de todo –terminó de decir la voz secreta- ha valido a pena asistir a esta reunión de sombras.

La marea de penumbras comenzó a disolverse con gran alboroto, chismorreando unos con otros.

¿Quieren ustedes callar y circular ordenadamente sin provocar disturbios? -vociferó la sombra que había sido agente de la circulación-. Es que ya no hay respeto a la autoridad -se quejó entre gruñidos-. A ver quién tiene -masculló- la oscuridad suficiente como para decirme que tengo mala sombra...
©Ignatiusmismo 2006.

23 octubre, 2006

Cantautor a flor de piel

Letra y música de Alejandro Szabo, incluído en su álbum "Hablar de pìel 10+1"

HABLAR DE PIEL
Sigue siendo parte inmóvil, tu palabra de costal, tanto cuesta, cuesta tanto, que de amor tu no te mueras. Cómo no logro comprender, si es que al hablar de piel, tu silencio me conforma. Cómo no logro comprender, si es que al hablar de piel, tu silencio me conforma. Pido más de un día para darte, no das más que una hora, siento tanto la presencia, de otros hombres en tu cama. Cómo no logro comprender, si es que al hablar de piel, tu silencio me conforma. Cómo no logro comprender, si es que al hablar de piel, tu silencio me conforma. Una copa no es razón, para que mires ajeno, en tus días y en tu ausencia, en tus fechas mi poema. Cómo no logro comprender, si es que al hablar de piel, tu silencio me conforma. Cómo no logro comprender, si es que al hablar de piel, tu silencio me conforma. En tus noches no hay lugares, para que habiten los llantos, es que así sale tu rezo, en tu calle tu amapola. Cómo no logro comprender, si es que al hablar de piel, tu silencio me conforma. Cómo no logro comprender, si es que al hablar de piel, tu silencio me conforma.
COMENTARIO DE ALEJANDRO SZABO
"De como era la ira finita si la verdad de los ojos hacia lo suyo. De que de hablar de piel nacio a las siete de la mañana mientras caminaba por un Santiago helado. La lluvia removio los planetas del smog y trajo la nieve. Sin duda mucha contaminación. Pero Santiago tiene eso de ciudad. Tiene lo de Virgen y lo de locuaz. Lo de Cristo y lo de Lopez. Nacio en el celular. Nacio en el metro de Santiago, estación Alcantara. Termino de parirse encima de un bus rumbo al norte, eso que buscamos como animales magneticos. Pero finalmente nacio de las gracias.....de todos. Gracias, de nada. Y sin tildes......"

18 octubre, 2006

Una familia en el abismo

Los Friedman: Arnold, Jesse, David, Seth y Elaine



Año 2002. Andrew Jarecki está realizando un documental sobre el mundo de los payasos que entretienen a los niños en sus fiestas de cumpleaños. David Friedman es el payaso titular de Jesters-for-Hire, una pequeña empresa con sede en Manhattan. En una de las entrevistas, David repentinamente se puso a hablar sobre su familia. Recordó a su padre, del que dijo con amargura que había sido un gran tipo, pero sólo eso. Jarecki estaba filmando y no pareció dar mayor importancia al testimonio, hasta que el payaso -sentado en las escaleras de la que había sido su casa familiar durante la infancia- se puso triste al citar, de pasada, el intento de suicidio de su madre.
Más tarde, revisando el material con otros miembros del equipo de producción, el director tuvo la impresión de que aquel hombre guardaba un gran secreto. Aprovechó los datos revelados por el payaso para realizar una búsqueda de información en internet. El resultado fue devastador: Un hombre de 56 años y su hijo de 18 habían sido condenados por abusos deshonestos a los niños que acudían a su casa para recibir clases de informática. Entonces Jarecki supo que aquel hombre tenía una historia que contar y él una nueva película que hacer. Sólo faltaba que David se prestara a ello. Y lo hizo. Así nació Capturing the Friedmans.





Imaginemos una familia americana de clase media, Los Friedman. Arnold: eminente ingeniero, profesor de informática y músico. Su esposa, Elaine: la perfecta ama de casa. Los hijos: David, Seth y Jessee. Vivían en Great Neck, una zona residencial de Long Island, Nueva York. Todo aparentaba ser normal en aquella familia y parecían ser felices. La vida familiar era muy hogareña. El padre tocando el piano; los hijos grabando cada detalle de la familia con una cámara de super 8; la academia de informática; las fiestas de cumpleaños; las constantes y divertidas reuniones. En la primavera de 1986, cerca de 100 ex-alumnos del profesor Friedman se habían congregado en una fiesta para celebrar su jubilación como docente en el Instituto Bayside. El acto fue muy emotivo, repleto de comentarios que destacaban sus cualidades profesionales y, sobre todo, personales. Venidos de todo el país, muchos de ellos llegaron a decir que Friedman había cambiado sus vidas. El director del colegio destacó las capacidades de Friedman como enseñante y su dedicación al éxito de sus alumnos.


Arnold Friedman había nacido en Brighton Beach, Brooklyn, era el segundo de tres hijos durante la época de la Gran Depresión. A los 5 años, su padre abandonó la familia, dejándolos sin recursos. Su hermana mayor había fallecido súbitamente y su madre cayó enferma a causa de ello. Después de graduarse en el Instituto de Brighton Beach, Arnold fue a la Universidad de Columbia, donde estudió Ingeniería Química. Tocaba el piano y solía actuar en clubes de Brooklyn al frente de un sexteto de rumba. Fue allí donde conoció a Elaine, la que sería su esposa. La vida de Elaine parecía haber corrido en paralelo a la de Arnold: su padre la había abandonado cuando ella tenía 18 años. Aquella niña se había criado sin el cariño de los suyos. Se casaron en 1955 y se trasladaron a Flushing, donde Arnold hacía sustituciones por el día y tocaba en clubes nocturnos para mantener a la familia. En 1960 fue contratado como profesor de ciencias en el Instituto de Bayside. Sus colegas veían en él a un profesor imaginativo, con sentido del humor y que nunca se enfadaba ni alzaba la voz.


La investigación llevaba dos años en curso. Inspectores del Servicio Postal destinados en el Aeropuerto Kennedy habían interceptado un pequeño paquete procedente de Holanda que llevaba la dirección de Arnold Friedman. En su interior había una revista llamada Boy Love, que reproducía fotografías en color de niños desnudos y de hombres practicando sexo con ellos. Un inspector, haciéndose pasar por un pedófilo, contactó por carta con Friedman, preguntándole si tenía material de esa revista para vender. Friedman, inaugurando una serie de contactos epistolares con el inspector, le contestó que no tenía material pero que estaba interesado en el asunto. Más tarde, en otra carta reconoció poseer material y se ofreció a cedérselo en régimen de intercambio. Friedman, a condición de que le fuera devuelto, llegó a remitir por correo a esta persona un libro de pornografía infantil, Joe y su tío, de procedencia danesa, acompañándolo de una nota: disfrútalo.

Arresto de Arnold y Jesse Friedman



El 3 de noviembre de 1987, un inspector de policía haciéndose pasar por cartero se dirigió al domicilio de los Friedman y entregó a Arnold un paquete. El libro estaba de vuelta. Y la trampa tendida. Quince minutos más tarde, oficiales del gobierno y agentes de la policía de Nassau rodeaban la casa con una orden de registro. Encontraron material de pornografía infantil. También se incautaron de una lista con 80 nombres y números de teléfono pertenecientes a los niños que acudían a sus clases. Era el principio del fin para esta familia. La policía entrevistó a docenas de niños entre 8 y 11 años que habían asistido a clases de informática en casa de Arnold Friedman. El resultado de esas entrevistas fue, según la investigación, devastador: los niños, al principio reacios a contar algo tan íntimo, relataron cómo fueron víctimas de abusos sexuales por parte de Arnold Friedman y de su hijo Jesse. Arnold Friedman fue acusado de 108 delitos, y su hijo Jesse de 18 años, de 245.



En 1988 Arnold Friedman fue hallado culpable de 42 delitos sexuales a menores y condenado a una pena de entre 10 y 30 años. Por primera vez en su vida, Arnold y Jesse tenían que separarse. La estancia de Arnold en prisión fue demoledora. nadie le quería, hasta los otros presos lo insultaban. Se vino abajo, no podía soportar pensar que moriría en la cárcel, que su mujer se había divorciado y que su carrera estaba arruinada. Pero sobre todo se sentía culpable de que su hijo Jesse pudiera ser condenado a su costa.

"Estimado Juez Boblon: Jesse merece cumplir los 18 años de condena. Él abusó de mí y de otros. No quiero verle y no quiero que me vea. Mr. X."
Los cargos contra Jesse eran menos consistentes que los que habían condenado a su padre, aunque su situación era muy delicada debido a la presión social y de los medios. Los abogados aconsejaron a Jesse decirle al tribunal que él había sido víctima de los abusos de su padre, era la única forma posible de salvarle. Pero Jesse se negó a declarar en contra de su padre y defendió hasta el final su inocencia sin a penas recursos legales. Finalmente Jesse fue hallado culpable de 25 delitos sexuales a menores y condenado a una pena de entre 6 y 18 años. La comunidad de Great Neck, donde vivían, quedó conmocionada ante el hecho de que habían convivido con dos pedófilos y que muchos de sus hijos habían estado en manos de ellos. Poco después de ingresar en prisión Jesse, Arnold Friedman se quitaba la vida en su propia celda.
El film de Jarecki es de un verismo fuera de lo común. Aquí el género documental cobra toda su fuerza, ya que la cinta cuenta para su desarrollo con un elemento de un valor incalculable: todo el metraje de la grabaciones familiares en super 8, lo que equivale a tener a su disposición prácticamente la historia filmada de los Friedman. Este material, cedido por David una vez se prestó a colaborar en la elaboración del film, resulta muy elocuente a propósito de las características de esta familia: vemos a los Friedman en toda clase de situaciones, buenas y malas; pero llama poderosamente la atención la serie de escenas reales que incluyen peleas desquiciadas, discusiones tensas, disputas acaloradas, alternadas con otras escenas marcadamente surrealistas, que mezclan irónicamente el drama con la comedia, al más puro estilo de Vive como quieras de Frank Capra, dando al espectador una imagen un tanto disparatada del ambiente familiar que se le presenta. Pero lo cierto es que todo ello llega al espectador con una fuerza indescriptible. Unas veces lo emociona, otras le da un puñetazo en el estómago, y las más, le deja la sensación de estar asistiendo en primera persona a la destrucción de una familia. Jarecki conjuga estas imágenes con otros elementos propios de la producción del film no menos interesantes. Así por ejemplo incluye entrevistas a los miembros del nucleo familiar, a familiares de éstos, e incluso juega con los tiempos dando saltos hacia adelante o hacia atrás, para ahondar con más precisión en el drama de la lenta agonía de los Friedman. La película no sólo es el crudo retrato de la descomposición de una familia así como un documento de interés sociológico excepcional. También es una excelente lección de cine. No en vano causó sensación en el Festival de Sundance 2003, donde acaparó el gran premio del jurado, siendo posteriormente candidata al Oscar como mejor película documental en 2004. Su proyección en medio mundo arrojó luz sobre un caso difícil de entender y, seguramente según la tesis de la cinta, poco claro desde el estricto puto de vista judicial. A veces, la justicia (americana) se mueve más por intereses mediáticos y políticos que por el estricto sentido de igualdad, presunción de inocencia y justicia al que se debe. Eso defiende en parte Jarecki con su película.

Arnold Friedman fue enterrado en el cementerio de Long Island y su epitafio rezaba: "querido padre, dedicado profesor, pianista, físico y playero".
Elaine Friedman volvió a casarse y se trasladó a vivir a Berkshires.

El hijo mediano, Seth, que se negó a participar en la película, ya no vive en Nueva York.


Jesse Friedman después de cumplir su condena
Después de pasar 13 años en prisión, Jesse fue puesto en libertad en 2001 y vive actualmente en Nueva York, donde ha regresado a la Universidad para terminar sus estudios de economía. A sus 34 años Jesse, lejos de querer olvidar los hechos que le arruinaron la vida, ha escrito numerosos artículos y fundado una web desde la que pide una revisión de su caso. Entre las cuestiones que Jesse pone en entredicho en un alegato de 1000 páginas sobre la investigación, destacan las siguientes:



-Alega que la mayoría de los estudiantes de informática entrevistados por la policía, no reconocieron ningún abuso hasta que fueron presionados e inducidos, y sus testimonios manipulados por la propia policía.



-Uno de los alumnos que testificaron haber sufrido abusos, había admitido posteriormente no recordar los hechos sino cuando había sido hipnotizado.



-Agentes de policía admitieron haber incentivado a los niños para testificar en contra de los Friedman, incluyendo fiestas infantiles con pizza y hamburguesas.


-Uno de los detectives admitió haber visitado varias veces a un estudiante de 15 años hasta convencerle que testificara en contra de los Friedman, a pesar de que el chico había declarado que no había sufrido abusos.


-Varios alumnos de informática admitieron haber proporcionado declaraciones falsas sólo para que la policía los dejara de acosar.


-Un grupo de detectives, en una conversación grabada, le decía a uno de los chicos que si no declaraba que había recibido abusos por parte de los Friedman, se convertiría en un homosexual.



David Friedman, inductor espontáneo del documental gracias a su valentía o quizás al miedo acumulado, sigue siendo el payaso más famoso de los cumpleaños de Manhattan. La película se cierra cuando David acude a la prisión a recoger a su hermano el día en que dejan libre a Jesse después de cumplir 13 años de carcel. Se nos reserva un final muy emotivo: el rencuentro entre Jesse y su desquiciada madre. Merece la pena dejarse atrapar por esta excelente película.





14 octubre, 2006

Todo es a lo grande en Tejas

Están sentados en el porche, a la entrada de la suntuosa mansión de su rancho en Farmers Branch, Dallas, Tejas. Es domingo. Hace un día de sol típicamente tejano. Hoy pueden desayunar tranquilos sin que a él lo telefoneen para darle la última hora sobre el precio del barril Brent. El hombre, excesivamente trajeado, va calzado con unas relucientes botas vaqueras, con un llamativo broche de oro enlazado a la altura del tobillo. La mujer va vestida con una blusa estampada de fin de verano, falda a juego y zapatos de medio tacón. En la mesa, impecablemente servida, les espera una bandeja con huevos revueltos y bacon, zumo de naranja, café caliente recién hecho y tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa. Delante de la casa hay una plazoleta coronada con una fuente de mármol. Antes de llegar al complejo, un imponente arco metálico con el anagrama familiar grabado en letras rústicas y envuelto en una enredadera, da la bienvenida a las posesiones de los McCulloch, e invita a recorrer, entre amplias zonas ajardinadas, el camino recién asfaltado que conduce a la vivienda.

-Querido, ya he pensado adónde deseo ir en nuestro viaje de invierno.

-Vaya por Dios. ¿No tenías que asistir hoy a la reunión de las Damas de la Caridad en el Instituto Cristiano de Dallas?

-Sí, pero quería hablarte de las vacaciones de invierno. Quiero que vayamos a Turquía.

-¿Turquía? ¿Y qué diablos se nos ha perdido en los confines de la tierra cada vez que a ti se te antoja ser Cristóbal Colón?

-Quiero conocer esa cultura, Jim. Dicen que está a medio camino entre oriente y occidente.

-Lo siento, querida. He oído que no es recomendable viajar a Turquía. El terrorismo es una amenaza constante allí.

-No digas tonterías. Es un país precioso. Nuestra administración tiene intereses militares allí. Además, Rose Mary y Louis estuvieron el año pasado y me han hablado maravillas.

-Oh sí, claro. Esa pareja de presuntuosos. Ellos siempre han querido ir por delante del resto de los tejanos. No tuvieron suficiente con haber convertido su hacienda en un museo donde los turistas beben sin control mientras un conjunto de vaqueros canta y baila destrozando clásicos de nuestra música folk. Ahora quieren descubrir Turquía, como si el condado y el mismísimo estado se les hubieran quedado pequeños. Seguro que no eran conscientes del peligro que corrían.

-¿Por qué eres siempre tan negativo, Jim? Ellos sólo intentan ser cosmopolitas. Es algo innato a los tejanos. Fuimos fundados por exploradores o es que no lo sabes. Nos gusta explorar mundo.

-Pues yo no quiero explorar mundo. Lo mío es explorar pozos de crudo en Tejas, ya lo sabes.

-Oh, vamos querido, sabes que lo pasaremos bien. Es bueno dejar Tejas a un lado por unos días.

-¿Por qué iba a serlo? Tejas es nuestro mundo, Laramy. Estas tierras nos han dado todo lo que tenemos. Pásame la mantequilla, ¿quieres?

-El viaje del año pasado también lo elegí yo y fue un éxito.

-Oh, sí. Memorable. Me encantó pasar una semana en pleno diciembre entre pescadores de bacalao en Escandinavia. Regresé con un catarro que aún me dura. 


-Qué exagerado eres. Lo pasamos bien en aquella aldea marinera en Noruega. La cabaña de madera al borde del océano atlántico era idílica. Nunca olvidaré aquel lugar. ¿No le pones mermelada a la tostada?

-Pues yo prefiero olvidarlo. Lo único que recuerdo es que todos los tipos que me tropecé se llamaban Olav o Sven o algo parecido.

-Fue una forma íntima de disfrutar del descanso.

-Y tan íntima: éramos nosotros y los pescadores. Nadie más.

-Pero descubrimos una cultura distinta a la nuestra, cielo.

-¿Distinta? Esa gente parecía vivir en el siglo... bueno el que sea. Cuando llegamos allí y vi el panorama lo único que deseaba era encontrar un sitio, aunque fuera una cueva, para ponerme a beber lo antes posible.

-Y bien que lo encontraste. ¿Recuerdas aquella taberna vikinga a la que fuimos la primera noche?

-Cómo no. Había más pescadores que en el concurso estatal de pesca del róbalo en el lago Caddo, válgame Dios. Apestaba a bacalao pero parecía no importarles, bebían como cosacos para ahogar sus penas. Así que no tuve más remedio que unirme a ellos: quería olvidar haber ido a parar a aquel maldito pueblo fantasma.

-Vamos Jim, no seas tan gruñón. Yo me lo pasé bien. Y tú también. ¿O no recuerdas los paseos por la orilla del mar a media tarde?

-Claro, de lo más idílico. Ellos tampoco lo olvidarán fácilmente. Vi como nos observaban desde las ventanas de sus casas. Debió de ser todo un espectáculo ver a dos marcianos vestidos como esquimales paseando por el puerto, calados hasta las cejas por aquella lluvia que no cesaba nunca.

-Fueron muy respetuosos y educados. Saludaban en su idioma cada vez que nos cruzábamos con alguien.

-Pues a mí su forma de hablar me pareció tribal. Daba miedo, sí señor. Podía imaginarlos en sus ratos libres, reunidos alrededor de una hoguera con sus cascos con esos cuernos, portando espadas de hoja ancha y afilada, presentándole sus respetos a Erik el Rojo.

-¡Qué horror! Pues yo aprendí enseguida a decir "Hallo, God Morgen", y parecía sentarles bien. Como siempre, tenía que obligarte a abrir la boca para no quedar mal cuando nos saludaban...

-¿Y qué demonios querías? No podía fiarme de ellos. ¿Pensaste alguna vez sobre qué trataban sus conversaciones privadas en la lonja mientras destripaban la pesca? Pues yo sí: "¿Qué, te has cruzado hoy con los marcianos?”, “¿Qué diablos se les habrá perdido en nuestro poblado?”, “Si el carnaval Vikingo no es hasta marzo."

-Pues bien que te liaste a hablar con aquella mujer, ¿recuerdas?, aquella rubia de largas trenzas que nos sirvió la comida el día que estábamos solos en la taberna.

-Sí, claro, se llamaba Katrine. Y hablé con ella por una sola razón.

-¿Cuál?

-¿Cuál va a ser? Pues que hablaba nuestro idioma. Resultó ser anglófila.

-Vaya, pues a mí no me habló en nuestra lengua en ningún momento. Mejor dicho, ni siquiera me habló.

-Porque te pasaste toda la maldita comida en el servicio o hablando con tu hermana por teléfono.

-Era gracioso. El único teléfono público del pueblo imitaba un enorme cuerno vikingo. ¿Por qué lo pondrían fuera de la taberna y no dentro?

-Porque son Vikingos, por qué va a ser. ¿Qué esperabas encontrar allí, una factoría de General Motors? Querida, esa gente no era como nosotros. Tenían unas costumbres muy rudimentarias. Nunca han visto un partido de los Dallas Cowboys, ni sabrán lo deliciosa que está una hamburguesa doble con chile. Válgame dios.

-Así que hablaste con ella en mi ausencia?

-No tuve más remedio.

-¿Y qué te dijo? Parecía tan seria la tal Katrine.

-Lo era. Fue como hablar con una barra de hielo de aquellas que nos traían a casa en los setenta desde la fábrica de los Mansfield.

-¿Me vas a decir qué te dijo?

-Tuve que emplearme a fondo para sacarle unas declaraciones. Me contó que era la única mujer soltera en aquel lugar. Ella procedía de otra aldea, no me preguntes el nombre porque no acerté a entenderlo. Había recalado allí huyendo de un pasado que la perseguía.

-¿Y a ti que diablos te importaba eso?

-Bueno, dijo que se encontraba sola. Que allí lo único que hacía era atender el bar la mayor parte del día.

-Cielo santo, Jim. ¿Y qué esperaba, que la consolaras?

-No lo sé. ¿Crees que no era una situación embarazosa para mí?

-Maldita sea, ¿te dejo un minuto para telefonear a Tejas y tu te lías con la primera fulana que se te cruza?

-No precisamente. Sólo trataba de ser amable con una dama. ¿Y qué quería tu hermana además de cuchichear?

-¿Una dama? ¡Ja! ¡Menuda pelandusca! Creo que me debes una explicación. Y la quiero ahora mismo. Mi hermana sólo quería saber cómo lo estábamos pasando.

-Es posible que te la deba, querida. Más bien sí.

-¿Y por qué no habías mencionado el asunto hasta hoy?

-No creí que te gustara lo que te iba a contar. Seguro que tu hermana disfrutaría si lo pasáramos mal.

-¿Así que te liaste con ella? ¿Es eso lo que hiciste señor McCulloch?

-¿Cómo diablos iba a liarme? Además, aunque hubiera querido, ¿dónde nos habríamos liado, sobre el piso mojado de la lonja de pescado, entre cajas de hielo y restos de escamas? Por todos los santos, si no me separé de ti en todo el tiempo que duró la maldita pesadilla escandinava.

-¿Qué es lo que no me iba a gustar, Jim? Me estás asustando.

-Oh nada.

-Dímelo ahora mismo, me está sentando mal el desayuno...

-Está bien, querida. Hay algo de esta historia que no te he contado.

-¿Y quieres contármelo?

-Si tú quieres, sí.

-Menuda mañana de domingo. Si va a causarme daño... tenemos un matrimonio, dos hijos y una reputación en Tejas.

-Verás. Ella me dijo que tenía algo que confesarme, algo que no le había dicho a nadie en aquel lugar. Y no me preguntes por qué -probablemente fue el efecto del alcohol- pero estuve de acuerdo en escucharla y... nos citamos al día siguiente.

-¿Te citaste con esa mujer a mis espaldas?

-¿Recuerdas que a la mañana siguiente cuando despertaste yo no estaba, y que cuando regresé te dije que había ido a dar un paseo?

-Sí. Oh, por Dios Jim...

-Ella me había citado en su casa, casi en la cima de la colina.

-Tal vez no deberías seguir con esta absurda historia. Me estoy poniendo mala.

-No había ascendido una cima tan pronunciada desde mis tiempos del club de exploradores, cuando realizamos aquella excursión al Pico de Guadalupe. El caso es que ya casi me faltaba el aliento, y ¡zas!. Allí estaba ella, sentada en un escalón de madera a la puerta de la casa. Una pequeña cabaña pintada de colores.

-¿Te sedujo? Dímelo de una maldita vez, James William Anthony McCulloch. No soporto esta angustia por más tiempo...

-No, no me sedujo. Fui tan casto con aquella joven como lo he sido contigo la última década. ¿Es eso lo que querías oír?

-Vaya. No era necesario que mencionaras eso. Al menos no para justificarte. Además, el sagrado matrimonio es mucho más que eso en lo que estás pensando.

-Sí, tal vez lo sea. Pero soy tejano. Y un tejano siempre debe mantener su reputación bien alta.

-Claro, querido. Había olvidado que estoy casada con David Crockett...

-Bueno… continuando con la historia,
aquella mujer albergaba un secreto y no sé por qué había decido confiármelo a mí. Aunque lo cierto es que su mirada fría y a veces extraña me imponía. Yo no sabía que decir. Prácticamente me limité a escucharla.

-¿Y piensas que me voy a creer que no se te insinuó? ¿O acaso no se dio cuenta de que eras todo un tejano?

-No se me insinuó, no lo hizo... Dijo que tuvo que irse del poblado donde vivía. La habían descubierto, así que huyó hasta ir a parar allí.

-¿Y qué habían descubierto? ¿Que era una cualquiera y una destroza matrimonios?

-No era eso. Habían descubierto que era especial.

-¿A qué te refieres con especial? Si era tan especial no la habrían echado de allí...

-Dijo que la habían declarado "bruja" y que a las brujas se las la expulsaba sin contemplaciones.

-¿Bruja? ¿Qué quieres decir?

-Pues bruja. Qué va a ser. Hechicera, mujer con poderes... ya sabes.

-No mucho, la verdad. Procuro no mezclarme con toda clase de gente.

-Había seducido a todos los hombres de aquella aldea, estuvieran casados o no.

-¡Cielo santo! Y eso, ¿por qué?

-Dijo ser la reencarnación de Freya, quien comandaba a las Valquirias. Una especie de vírgenes convertidas en diosas del amor vikingo.

-¿Una diosa del amor que es virgen? ¿Qué tontería es esa, Jim? ¿No sería más bien una loca?

-Verás, su abuela había sido la Valquiria Hlök. Su madre había sido la Valquiria Thruda.. Y ella, aun llamándose Katrine, tenía por nombre de guerra Freya...

-¡Menuda Valquiria! ¿Te sedujo, maldita sea?

-Ya te he dicho que no. Dijo que los forasteros no formaban parte del hechizo.

-¿Y los del poblado?

-Me confesó que ya los había seducido a todos. Aunque ella a eso lo llamaba "sanarlos". Sanarlos de los males sufridos en la batalla, se entiende.

-¡Madre mía! Y decía que se le iba la vida tranquila en la taberna sirviendo comida y bebida. Me los imagino en alta mar, pescando y contando los días que faltaban para regresar y subir a la cima.

-No todos iban a pescar, si bien eso es lo que decían a sus mujeres.

-Sí claro, unos navegando en alta mar y otros escalando a la montaña. ¡Menuda aldea de deportistas!... ¡Hombres! Todos sois iguales... ¿Y cuál era el temor de la pobrecita Valquiria?

-Que se enterasen las mujeres de la aldea y que le ocurriera algo malo a causa de ello. Algunos se habían ido de la lengua, traicionando la debida discreción.

-¿Y tú que le dijiste? Estarías estupefacto, digo yo, si es que no entraste en su juego...

-Hice algo por ella.

-¿Qué? ¿Qué cosa Jim?, ¿qué diablos hiciste por esa mujer?

-Le extendí un talón por un valor suficiente como para que se fuera de allí y cambiara de vida. Eso es todo lo que hice. Bueno, también le sugerí que los Estados Unidos era un buen lugar en el que refugiarse, el país de las oportunidades.

-No se te ocurriría mencionar Tejas, con esa frase que siempre tienes que soltar cuando alardeas...

-Sí, lo hice. Qué querías que hiciera. Le dije que "todo es a lo grande en Tejas". Después de todo es un sentimiento que me gusta expresar con orgullo.

-¿Y ella qué dijo?

-Me pidió nuestra dirección. Le gustaba la idea de cruzar el atlántico. Además, conocía el idioma.

-¿Y tú se la diste?

-Sí. Se la di.

-¡Por todos los santos!, ¿por qué hiciste eso, Jim? ¿Es que quieres que venga y acabe con todos lo matrimonios del Estado de Tejas?

-Cálmate cariño. No soy tan estúpido. El estado de Tejas se extiende a lo largo y ancho de 700.000 kilómetros cuadrados. Así que pensé que no hacía ningún mal si le daba mi antigua dirección de soltero de cuando vivía en Addison.

-¡Maldita sea, Jim! ¡Tejas!, ¡Tejas! ¡Es lo único que hay en tu cabeza aparte de paja! ¿Por qué tuviste que mencionar Tejas? ¡No se te pudo ocurrir darle unas señas de otro Estado para alejarla de nosotros!

-Querida: durante la conversación dijo cosas de nosotros que sólo alguien de nuestra familia conocería. Esa mujer poseía algún poder sobrenatural. Si le hubiera mentido, lo habría averiguado.

-¡Válgame Dios, Jim! ¡Planeo un viaje de descanso y tú lo conviertes en una pesadilla para nuestra familia! ¿Qué clase de hombre eres? ¿Cómo has podido meternos en un lío como este?

-Hay algo más, Laramy.

-¿Qué hay algo más? Creo que suspenderé la reunión de esta mañana. No podría presentarme allí con este disgusto. Llamaré a Mary Jane. En su lugar, tú y yo iremos a la Iglesia para contarle todo esto al reverendo Dixon...

-No sé como decirte esto, Laramy. Pero hace un mes recibí en la Corporación una carta de ella.

-¿Qué dices? ¿Te escribió a la Corporación? ¿Cómo averiguó las señas? ¿También se las habías dado?

-No. No se las había dado. En la carta decía que al fin estaba en los Estados Unidos... y no precisamente en Addison, ni por desgracia en Nueva York, ni siquiera en Las Vegas, querida.

-¿Y entonces dónde demonios estaba esa mujer, Jim?

-Oh, siento tener que decírtelo pero... el matasellos era de... de este Condado. Era el maldito matasellos de la oficina postal más próxima a nuestro rancho.

-¡Dios mío! Creo que me voy a desmayar...

-Oh, abrázame Laramy. ¡Que el señor nos asista!
©Ignatiusmismo 2006.

10 octubre, 2006

Que tengamos suerte


"Que tinguem sort" Letra y música de Lluìs Llach
cantada por Pedro Guerra y Lluìs Llach
Si em dius adeu Si me dices adiós; vull que el dia sigui net i clar quiero que el día sea limpio y claro; que cap ocell que ningún pájaro; trenqui l'harmonia del seu cant rompa la armonía de su canto; Que tinguis sort Que tengas suerte; i que trobis el que t'ha mancat y que encuentres lo que te ha faltado; en mí en mí; Si em dius "et vull" Si me dices "te quiero"; que el sol faci el dia molt més llarg que el sol haga el día mucho más largo; i així, robar y así robar; temps al temps d'un rellotge aturat tiempo al tiempo de un reloj parado; Que tinguem sort, Que tengamos suerte; que trobem tot el que ens va mancar que encontremos todo lo que nos faltó; ahir ayer. I així pren tot el fruit que et pugui donar Y así toma todo el fruto que te pueda dar; el camí que, a poc a poc, escrius per a demà. el camino que, poco a poco, escribes para mañana; Què demà mancarà el fruit de cada pas; Que mañana faltará el fruto de cada paso; per això, malgrat la boira, cal caminar por eso, a pesar de la niebla, debes caminar; Si véns amb mi Si vienes conmigo; no demanis un camí planer no pidas un camino llano; ni estels d'argent ni estrellas de plata; ni un demà ple de promeses, sols ni un mañana lleno de promesas, sólo; un poc de sort un poco de suerte; i que la vida ens doni un camí y que la vida nos dé un camino; ben llarg bien largo.

05 octubre, 2006

Nuestra última discusión

¿Recuerdas nuestra última discusión? ¿Aquella en que nos tiramos los trastos a la cabeza y descubrimos que no nos entendíamos? Sí, esa. Sé que dije cosas que no debía. Y que te arrinconé con aquellos argumentos que más podían dolerte. Fui un estupido y lo siento. Quería acercarte a mí y sólo conseguí que te fueras. No recuerdo cómo empezó todo. Hablábamos tranquilamente intentando entendernos y de repente todo se torció. Tú te defendías con esa fuerza que te sale cuando te sientes herida, y tal era la vehemencia de tu discurso que parecía que el mismísimo mundo estuviera en contra tuya. Me vi obligado a enviarte una palabra envenenada para poder volver a escena y pasaron varios reproches tuyos antes de que me dejases entrar. Unas veces me devolvías de revés el mismo dardo afilado que yo te había enviado; o bien ponías al descubierto mis debilidades básicas, esas que descubriste al poco de conocernos. El toma y daca duró una hora y media larga. Tiempo suficiente para que nos hiciéramos daño. Es curioso cómo en todos nuestros enfrentamientos hay unas fases bien definidas. Al ataque en tromba del uno le sigue la defensa encendida del otro, y luego cambian las tornas. Hubo silencios, que nos sirvieron para ordenar las pocas ideas frescas que nos quedaban a ambos o, según se mire, para rebuscar argumentos hirientes que lanzar en forma de carga de profundidad. Pero siempre me llama la atención ese momento perdido hacia la mitad de la contienda, en que una concatenación de frases afortunadas por ambas partes parece conducir casi a una reconciliación, que es intangible, que tal vez sólo uno de los dos percibe, y que se hace pedazos al poco tiempo por un dime mal formulado o un direte peor entendido. Y vuelta a empezar. Se agotaban ya las fuerzas, la saliva escaseaba y la voz se resentía, por no hablar de la agilidad mental para generar una defensa sin que ésta mostrase signos evidentes de flaqueza. Aún así seguimos dándole. Hasta que llegó mi momento crítico, ese en que quizás como consecuencia de una serie de asaltos consecutivos perdidos, creí que iba a perderlo todo. Y me entró ese miedo irracional que me deja helado y me sitúa en tierra de nadie, como si me hubieran arrebatado todo en un instante. Entonces sentí miedo a perderte y bajé la defensa queriéndote dar certeza de tu victoria, esperando también de tu generosidad, que no me concediste. Al contrario, pisaste el acelerador a fondo para vapulearme, consiguiendo alimentar mi ira y devolviéndome fuerzas para volver a hostigarte. Me prendiste la mecha y salí disparado, esta vez como un volador de feria defectuoso que hace zig zag sin una trayectoria definida. Creo que ni siquiera te hice daño o era que ya estabas inmunizada contra mis débiles estrategias. A esas alturas, el incidente languidecía sin remedio: eramos dos boxeadores sonados que se tambaleaban cada uno en su esquina del cuadrilátero. El cansancio y la falta de entendimiento se unieron para restar calidad a los argumentos, que ya no eran otra cosa que un puñado de lanzas y unos escasos escudos, completamente dispersos en el campo de batalla. Nuevo silencio. Éste más reflexivo, que sirvió para pensar si a lo mejor el otro llevaba razón en algo, o si uno se había extralimitado y si merecía la pena tanta bulla por algo que no sabíamos bien como había llegado hasta aquí. Atrás quedaba la bravuconería para dar paso a un mar de dudas. Recuerdo que me avergoncé en el mismo instante en que pasó por mi cabeza la película de mis barbaridades. No sé tú. Se te veía muy digna con la escopeta presumiblemente cargada. Ya nos nos mirábamos. Sólo esperábamos una señal de la otra parte -la que sea- que nunca llegó. Dejamos de hablar. Nos separamos. Cerramos puertas y rampas y reemprendimos el vuelo por separado. Sigo preguntándome hoy qué es lo que ocurrió. Aparentemente no fue nada. O fue todo.

03 octubre, 2006

En busca de Louis Kahn

Louis Kahn y Nathaniel Kahn en 1970

"El proyecto es un acto circunstancial (que depende de distintas posibilidades), la forma no puede estar supeditada a condiciones circunstanciales. En arquitectura la forma caracteriza una armonía de espacios apropiados para determinadas actividades humanas." -Louis Kahn


El maestro cuyas sólidas ideas influenciaron a toda una generación de arquitectos, fue hallado muerto a los 73 años el 26 de marzo de 1974 de un ataque cardíaco en los aseos de la estación Pennsylvania de Nueva York, cuando regresaba de un viaje de trabajo en India. En su pasaporte la dirección de su residencia estaba borrada y su cuerpo fue enviado a la morgue, donde transcurrieron tres días antes de que alguien se presentara a reclamarlo. Qué muerte más injusta y terrible para un artista de su talla, qué triste última página en la biografía de un gigante que marcó la historia de la arquitectura en la segunda mitad del siglo XX. Kahn era un tipo especial que había decidido vivir su vida de una manera especial. Queda su legado arquitectónico: un conjunto limitado de obras llenas de enseñanza.









The Salk Institute for Biological Studies La Jolla, California

Había nacido en Estonia en 1901 y ese mismo año sus padres habían emigrado a los Estados Unidos, instalándose en Filadelfia y adquiriendo la nacionalidad americana en 1914. Educado en una rigurosa tradición Beaux-Arts, Kahn estudió arquitectura en la Universidad de Pennsylvania y viajó por Europa hasta adquirir un estilo propio, reinterpretando el Estilo Internacional, destacando un enorme interés por la luz y los materiales y, sobre todo su capacidad para involucrarse en los proyectos como si en cada uno de ellos le fuera la vida.

Biblioteca de la Academia Phillips Exeter, New Hampshire
La obra de Louis Kahn no es precisamente extensa, sin embargo cada proyecto suyo ha ejercido una enorme influencia sobre arquitectos de todo el mundo. En palabras del arquitecto I. M. Pei: "Tres obras maestras significan mucho más que haber proyectado 50 o 60 edificios". Ese era Louis Kahn, un artista universal en busca de la excelencia, lo demás no le interesaba. A destacar: Instituto Salt (La Jolla, California 1959-65); Laboratorios Richards de Investigación Médica (Filadelfia, 1959-65); Asamblea Nacional de Dhaka (Bangladesh, 1962-74); Museo de Arte Kimbell (Texas, 1967-72); Centro de Arte Británico de Yale (Connecticut, 1969-74); Indian Institute of Management (Ahmedabad, India 1974).

Asamblea Nacional de Dhaka, Bangladesh
Su vida privada encierra tantos misterios como la genialidad de su obra. En su obituario dijeron que le sobrevivían su mujer Esther y su hija Sue-Ann. Sin embargo Kahn mantuvo durante su vida tres familias con tres mujeres diferentes. Así que había otras dos mujeres, y dos niños más, una niña, y Nathaniel, hijo de la arquitecto Harriet Patterson. Nathaniel tenía once años cuando su padre murió, así que sus recuerdos del maestro de la arquitectura se reducen a las visitas semanales que Kahn le hacía y cuando se lo llevaba de excursión en ocasiones. A finales de los noventa, Nathaniel decidió explorar la vida y obra de su padre, una suerte de viaje al corazón del hombre que le había dado la vida y del que desconocía casi todo. De su empeño personal de casi cinco años surge My Architect: a son's journey, una película documental hermosa y conmovedora, que nos acerca a Louis Kahn, el hombre y el mito, una producción brillante por la que Nathaniel Kahn fue nominado al Oscar en 2003. Vean este fragmento del film (el comienzo), en el que Phillip Johnson compara la grandeza de Kahn con la de Le Corbusier, Van der Rohe y LLoyd Wright, y juzguen ustedes mismos.


30 septiembre, 2006

La Conexión del Arco Iris

Los arco iris son tan asombrosos que logran mantenernos mirándolos fijamente. No hay dos arco iris iguales; cada cual ve el suyo propio. La última vez que vimos el arco iris tú estabas al otro lado del mundo. Separados por la distancia y por una cortina de lluvia atravesada por el sol. Pedí tu nombre escrito en el arco iris y me fue concedido; no sé si tu pediste el mío, ni si se te cumplió. Escuché unas voces que decían mi nombre; tal vez las mismas voces te clamaron a ti el mío. Durante unos instantes estuvimos unidos por la conexión del arco iris. Solías decir que los arco iris no eran más que visiones, ilusiones que se desvanecen. Yo te respondía que no; que los arco iris te permiten imaginar a alguien allá donde nace su fuente multicolor. Puedes creer en ellos o no, pero los arco iris no tienen nada que ocultar, son transparentes. Me pregunto por qué no estás hoy ; tal vez porque la conexión del arco iris entre nosotros murió. Espero algún día volver a ver un arco iris con tu nombre. Sigo escuchando esas voces; las he oído demasiadas veces como para ignorarlas. Sueño con sentir otra vez la conexión del arco iris, como anhelan encontarla los soñadores y los que aman.


26 septiembre, 2006

Regalo de aniversario



Susan lo tenía todo planeado. Aprovecharía la hora del almuerzo para darse un salto. La tienda estaba situada en Lexington Avenue, a cinco paradas de metro desde Union Square. Se habían conocido allí exactamente hacía un año. Ambos ojeaban objetos de regalo, se tropezaron, se pidieron disculpas, se sonrieron y habían terminado tomando café. Y lo que ocurrió luego perdura hasta hoy. Así que para Susan aquel lugar guardaba un significado especial, allí su vida había cambiado para siempre, al menos eso es lo que le gustaba pensar cuando los fantasmas del pasado acechaban su equilibrio emocional. Calculó minuciosamente cuánto tiempo le tomaría la travesía subterránea. Deseaba comprar allí el regalo de aniversario, sentía que haciéndolo así todo adquiría un carácter mágico. Estaba feliz y hacía un día que parecía hecho a su medida: el cielo despejado, la plenitud del sol, el aire limpio y el bullicio de las calles llenas de gente que iban y venían.

Primera parada: calle 23, y Susan pensaba en él. Lo imaginó trabajando en su bufete de abogados, ajeno al plan que ella había trazado, mediante el cual supuestamente habían quedado para ir al cine, sólo que al encontrarse ambos en la taquilla Susan le diría que se sentía un poco mareada y que la acompañara a algún sitio a sentarse y tomar un vaso de agua, con la sorpresa de que justo al lado del cine se encontraría el restaurante francés en el que ella misma había realizado una reserva para celebrar que llevaban un tiempo juntos: doce meses de citas amorosas, de escapadas improvisadas, de confidencias y de complicidad mutua.

Próxima parada: calle 28, y Susan recordaba como algo lejano aquella pesadilla en que se había convertido su vida anterior: el desánimo, el cielo a menudo gris, el llanto infinito, las malditas pastillas, elementos todos de una nube negra que gracias a él se había disipado. No le importó que el resto de pasajeros la observaran riéndose sola mientras decretaba que su vida se dividiría en antes de él y después de él. Del antes de él ya no quería saber nada, y del después de él quería pensar que duraría siempre porque sentía que estaba disfrutando plenamente. Sólo el ruidoso golpe de las puertas del vagón la ausentaba por instantes de su mundo de dos, haciendo que fijara su vista en la pegatina roja que advertía de lo peligroso de apoyarse allí con el tren en marcha.

Próxima parada: calle 33, y Susan decidió qué ropa se pondría esa noche: tal vez el vestido negro con aquel precioso broche dorado en el escote, o algo más sencillo -una falda y una camisa con la chaqueta a juego- aunque pensaba que quizás desentonaría con el elegante traje y corbata a juego que llevaría el guardián de sus sueños. Deseaba estar guapa para él, veía muy justo complacerle hasta en los detalles más insignificantes, hacía por entregarse totalmente al amor entre ambos. También recordó que había pedido hora en la peluquería, confiaba en que su estilista recordase cómo la había peinado justamente hacía un año, aquel día en que él se había fijado justamente en su cabello y le había dicho lo hermoso que lo tenía, y ella -acusando timidez y coquetería- había omitido darle explicaciones al respecto, acompañando su sonrojo con una sonrisa.

Próxima parada: Gran Central, y Susan soñó con que tal vez él le diría durante la velada eso que ella tanto ansiaba escuchar: le pediría que fuera su esposa y le confesaría que la amaba más que a nada en el mundo y que deseaba tener niños y criarlos junto a ella en una casita familiar a las afueras, quizás en New Jersey. Más de una vez en todo este tiempo había jugado a fantasear fabricándose una película muy ajustada de cómo sería su vida con él: la casa familiar, las travesuras de los niños, las vacaciones, y también la navidad, una fecha que últimamente sólo deseaba que pasara lo más pronto posible.

Fin de trayecto, y antes de poner un pie en la calle Susan se detuvo un instante justo al final de las escaleras de Lexington. Alzó la cabeza dejándose calentar por el sol que lucía entre los edificios de Manhattan, respiró profundamente y -sintiendo pasar la gente a su lado- cerró los ojos y se prometió a sí misma que nunca más renunciaría a la felicidad, ese estado de plenitud que tanto se había hecho esperar pero que al fin había alcanzado al conocerlo a él, ese ser maravilloso que le había devuelto las ganas de despertar cada mañana, que le había hecho perder el miedo cuando se aproximaba la noche, que le había devuelto las fuerzas para enfrentarse a la vida. Y Susan estaba orgullosa de haber seguido sus lecciones con dedicación. Tanta, que se había acostumbrado a esperar su llamada telefónica en el trabajo, y mientras se decían cosas bonitas ella sacaba del bolso un frasquito conteniendo el perfume tan masculino que usaba él -solía llevarlo a todas partes porque la hacía sentir segura-, lo destapaba, y se dejaba impregnar por su fragancia, sintiendo que estaba junto a él.

No había muchos clientes en la tienda a mediodía, así que no hubo problema en que la encargada -a quien Susan se tomó la molestia de contar la historia del feliz encuentro-, le fuera mostrando objetos que podían ser de su interés. A Susan le gustaba ojear con detenimiento, analizar las posibilidades de cada elección, hasta que dio con un lujoso estuche de complementos vinícolas que pensó que él adoraría, pues era un gran amante de la buena mesa y de los mejores vinos. La encargada puso su mejor sonrisa e hizo la previsible observación de que la elección había sido todo un acierto y luego le pidió que la acompañase al mostrador. Al salir del pasillo para dirigirse a la caja central Susan miró hacia la derecha por pura inercia, en uno de esos barridos visuales que uno hace cuando se dirige a un lugar determinado y de camino distrae la mirada unos instantes. Al fondo estaba la sección de joyería, justo el rincón de la tienda que ella tenía grabado en su memoria. Se detuvo un momento ensimismada, dándose tiempo a rememorar detalles del feliz encuentro. Mientras pensaba embobada no pudo evitar fijarse en una escena muy concreta: había una pareja de espaldas examinando bisutería. Contemplando aquella pareja Susan esbozó una sonrisa al trazar un paralelismo imaginario con su propia historia. Unos segundos después la pareja se dio la vuelta y Susan pudo ver sus caras. ¡No por Dios! —exclamó sobresaltada alzando la mano izquierda hasta su boca para atenuar el eco del grito. Se quedó paralizada unos cuatro, cinco segundos, no más. Su cuerpo parecía incapaz de moverse, como si sus extremidades desatendieran cualquier orden de su cerebro. Tenía el rostro desencajado. Se dio media vuelta y avanzó hacia la caja aparentando tener una entereza que acababa de perder de súbito. Le temblaban las piernas, la frente se le calentó y su cara se ruborizó por completo. Abonó el regalo sin mediar palabra, haciendo esfuerzos para no dirigir la mirada hacia el lugar señalado, debatiéndose entre la incredulidad y el deseo huir sin que nadie la abordara ni se dirigiera a ella. ¿Se encuentra bien? —preguntó la encargada al entregarle la bolsa de la compra. Susan no podía articular palabra. Se puso las gafas de sol con torpeza y salió corriendo sin recoger el cambio. Camino del metro sintió vértigo y le invadió un sudor frío, con un vacío inmenso en el estómago y un sentimiento de dolor como si le arrancaran las entrañas. Entonces un millón de lágrimas —compañeras de batalla esperando la ocasión de intervenir— se derramaron de sus ojos, precipitándose por toda la extensión sus mejillas. Siguió andando y entre sollozos se desprendió casi sin fuerzas de un "¿por qué…?" que le salió del alma.

Aún tuvo tiempo de depositar la bolsa conteniendo el regalo en una papelera -con ese gesto conmovido de quien deja unas flores sobre la tumba de un ser amado que se ha ido para siempre- antes de perderse por las escaleras del suburbano, como animal asustado que huye a refugiarse en su madriguera hasta que pase la tormenta.
©Ignatiusmismo 2006.

22 septiembre, 2006

Canción para un tipo solitario

Eres joven e intentas no ser distinto, intentas ser igual a los demás, hasta que te das cuenta de que estás hecho de otra manera. Intentas sobrevivir, así que el anonimato se convierte en un refugio. Un día te levantas y te has convertido en uno de los otros, has crecido; y te sientes cómodo en ese mundo mientras habitas en él en solitario. Y te preguntas si alguna vez alguien te reconocerá tal y como eres. Y te cuestionas si no es demasiado tarde para que alguien desee averiguarlo...


HERE WE GO música y letra de JON BRION de la película PUNCH-DRUNK LOVE dirigida por Paul Thomas Anderson


Tienes que esperar / que haya alguien para ti / tan extraño como tú / alguien que encaje / con las cosas que haces / sin que ello resulte dificil / porque sabes como distorsionar la verdad / hasta que encaja contigo mismo / esas cosas que mantienes / A tu alrededor / nunca sabes lo que te van a reportar / si tu vida va tirando pero sin ti / eso es el final de las cosas, sabes / aquí vamos / Tienes que saber / que hay más en este mundo / de lo que has visto / porque nosotros todos / tenemos una vision limitada / de lo que pueda suceder / cada vez que avanzamos / con nuestras cegueras encima / cada uno de nosotros un poco desamparado / sin poder entenderlo o explicarlo / cada uno de nosotros en un planeta distinto / en medio de todo, yendo hacia y viniendo desde / alguien puede decir hola / aquí vamos / sintiendo que alguien te toma en serio / bueno es algo a lo que nadie / pondría pegas / podría ocurrir hoy así que te sugiero / que abandones tu costumbre de marginarte / es el final de las cosas, sabes / aquí vamos / alguien puede decir hola / tú, viejo así y tal / aquí vamos.

11 septiembre, 2006

Elaine (September 11th, 2001 in memoriam)


Han transcurrido cinco años desde que te fuiste, Elaine, y ni un solo día he dejado de pensar en ti, me es imposible. Nuestro hogar, en el que tantos momento felices pasamos juntos, permanece rodeado de recuerdos tuyos que no he querido retirar, porque sé que en ellos habita la semilla de todo aquello bueno que tú sembraste: un matrimonio feliz, y unos niños maravillosos.
Conservo registrada en mi memoria tu llamada telefónica del 11 de septiembre de 2001, el día en que me dijiste adiós con un un hilo de voz que nunca antes te había oído. Guardo para mí cada una de las palabras que dijiste, cada golpe de aliento tuyo, cada recuerdo sonoro de aquella conversación, por amargo que fuera. Yo en aquel momento no conocía la gravedad de los hechos -más tarde lo supe-, y tú estabas asustada -tengo miedo, dijiste-, con la respiración alterada. Fuiste siempre una persona muy fuerte, de las que no se asustaban fácilmente. Quiero pensar que mis palabras de aliento te ayudaron a mantaner la calma mientras el final se aproximaba. Mantuve la esperanza de que pudieran llegar hasta donde estabas y te sacaran de allí sana y salva. Yo no estaba viendo las imágenes de televisión, hablaba contigo desconociendo completamente la magnitud de la catástrofe. Tal vez fue mejor así, de haber sabido más el pavor se habría apoderado de mí más que de ti y me habría venido abajo. Tuviste el arrojo de decirme que ibas a morir, y yo, ingenuo y esperanzado, te hice ver que todo saldría bien y que volveríamos a estar juntos con nuestros hijos. Pero tú, comprendiendo que sería la última vez que te dirigías a mí, quisiste decirme que me querías y que querías mucho a los niños, que no olvidara decírselo. Yo -quebrándoseme la voz- te dije que te amaba, y que no te preocuparas más que de ponerte a salvo. Cuando colgué el teléfono estaba muerto de miedo.
Solías salir a la calle a tomar café. Era una una obligación que te impusiste a ti misma cuando te ascendieron. No siempre pero en ocasiones, si no tenías reunión a primera hora telefoneabas a tu amiga, la publicista de la planta 66, y te reunías con ella en el Lobby. Os encantaba ese paseo de confidencias al aire libre, sobre todo cuando el sol brillaba con fuerza en el cielo del bajo Manhattan. Ese día no lo hiciste, amor, no sé por qué razón. Algún asunto de esos que se te daba tan bien solucionar te retendría a primera hora de la mañana en la torre sur del World Trade Center, en tu despacho de la planta 97, desde donde solías telefonearme a diario para desearme buen día o gastarme la broma de que alcanzabas a divisarme si mirabas hacia New Jersey. Desde allí pudiste observar un horror que al principio te era ajeno, y que más tarde te arrinconaría irremediablemente, con la lenta agonía de las malas noticias que se ven venir y que no tienen solución. Habría dado cualquier cosa por cambiarme por ti. Porque tú eras necesaria en la vida de nuestra familia más que yo. El destino ha dispuesto que no sea así. Qué injusto. Desconozco las circunstancias que te impulsaron a saltar al vacío mi amor, tal vez caíste porque te faltaba ya el aliento y te flaqueaban las fuerzas. Pero era muy propio de ti no haberte querido dejar atrapar por el horror y haber preferido escapar de él como un ave que huye espantada de su nido y se siente libre surcando el cielo en busca de otra guarida. Yo no habría tenido el valor para hacerlo pero tú, una vez más, fuiste fiel a ti misma. Afrontaste el peligro sin dejar que el espanto te arredrase. Eras fuerte frente a la adversidad y hacías que yo me sintiera seguro a tu lado. Dijeron que tu cuerpo yació en la acera unos minutos antes de ser sepultado bajo la nube de polvo, y que había rastro de otras desesperadas caídas en los alrededores. Tengo para mí, Elaine, que mientras tu alma se desprendía de ti súbitamente tuviste que sentirte felizmente liberada de toda aquella angustia. Sé con certeza que alcanzaste la paz por unos instantes antes de separarte de mí para siempre. Desde entonces, amor, tu ausencia llena cada día y cada minuto de nuestras vidas -la mía y la de nuestros hijos-, que nunca volverán a ser las mismas que eran antes. Lo mismo que Nueva York, que ya no es la ciudad que solía ser, porque la han cambiado para siempre.
©Ignatiusmismo, 2006.

09 septiembre, 2006

La chica de la habitación 714

La chica de la habitación 714 con vistas a la piscina aparentaba estar muy segura de sí misma mientras terminaba de quitarse el maquillaje. Luego de una ducha de agua tibia y un minucioso cepillado de dientes, se sentó en la cama con las piernas cruzadas disponiéndose a escribir algo en su diario. Encendió un cigarrillo que había extraído del primer cajón, cerró los ojos y se quedó inmóvil durante unos instantes fantaseando sobre su brillante porvenir. En su muñeca derecha, un precioso reloj de marca que ese mismo día le habían regalado señalaba casi la medianoche. La jornada había sido intensa: ensayos, entrevistas, pruebas de vestuario, desfiles, visitas protocolarias. Así cada día desde hacía una semana cuando había llegado a aquel exclusivo hotel situado en la costa. En el mueble aparador, junto al televisor, una carpeta negra con el anagrama del concurso grabado en blanco contenía la agenda que ponía en orden sus actividades. Abierta por el día Sábado, quedaba sólo una hoja por pasar, lo que significaba que faltaba una sola jornada por cumplir. Junto a la carpeta reposaba una tarjeta de visita con un teléfono anotado a mano. En la mesita de noche una preciosa lámpara de porcelana floral iluminaba un best seller de tapas duras recién empezado, según delataba un marcador insertado en las primeras páginas. Junto al libro, un elegante teléfono a juego con el resto de los elementos decorativos de la estancia, llevaba un rato esperando ser atendido.

—Hola mamá.

—¿Cómo te ha ido, querida?

—He tenido un día agotador

—Lo sé, cariño, piensa que mañana es el último.

—Sí mamá, mañana se sabrá si lo he hecho bien.

—Sabes de sobra que lo has hecho bien. Este era tu sueño y te has preparado para ello. Tu padre y yo estamos muy orgullosos de ti, y tus hermanos…

—Lo sé mamá, aunque no soy la única que se ha preparado bien. La competencia es atroz.

—Oh, no pienses en ello, cariño, sé tu misma. Ellos sabrán apreciar todos tus encantos…

—Eso espero, esto está siendo realmente duro para mí, pero es mi sueño y voy a hacer por conseguirlo.

—Seguro, cariño. Tengo que colgar. No olvides que te queremos…

—Gracias mamá. No lo olvido. Buenas noches.

Colgó el teléfono y permaneció estática por unos instantes, observando la imagen de su familia en un pequeño marco que siempre llevaba consigo. Pasó el dedo índice muy despacio sobre el cristal del marco, acariciando ensimismada la imagen de los suyos. Cuando llamaron a la puerta su rostro cambió por completo. Era el sonido claramente definido de unos nudillos golpeando a la altura de la mirilla. Antes de levantarse se detuvo a pensar un momento. Luego se humedeció los labios dando un trago al vaso de agua que había en la mesita. Se retocó frente al espejo y atenuó las luces antes de abrir la puerta…

Al día siguiente la voz impostada de un presentador de variedades, presuntamente embargado por la emoción, proclamó que ella había sido elegida la mujer más bella del país. Y en el momento de ser coronada, en medio de una salva de aplausos, una tímida lágrima -cuyo verdadero significado solo ella conocía-, se derramó por su preciosa mejilla.
©Ignatiusmismo, 2006.